Calendario de madera

Daniel López Fidalgo

En el armario, al fondo, como en una transición sucedánea: los atuendos del verano. Olor a naftalina, carne blanca, rozadura incandescente de zapato rencoroso que olvida su doma y vuelve a ser salvaje. Poca tela para la cobertura del generoso invierno. Tránsito espontáneo y cambio de guardia. Algún mordisco procaz de polilla postrera, como novedad y aviso, de que una vuelta más de rueda ya se ha dado y una menos queda por dar. Y el armario, impertérrito como calendario de madera.


Estación Mestizaje

Gonzalo Bartomeu

Subes y bajas. Te pierdes un poco. Tensión estética; orgullo en los contrastes. Muchas identidades juntas, muy marcadas. Olor a calle estrecha de geranios y camisetas tendidas. Sensualidad en los balcones y las aceras. Trapicheos de Babel. Te tomas unas cañas. Pinchitos, cocido, Kebabs, croquetas o un gazpacho. El Económico, el Automático, La Peluquería, el Chapata, el Barbieri, las terrazas de Ave María y Argumosa. Cruzas por Fe y apareces en su plaza: guitarras, un radiocassete con salsa, tambores, pies negros, manifestación, movida; pocos policías. Los ritmos y las caras se confunden en el metro -estación mestizaje-. El pan a última hora en el chino. La carne en la carnicería. Algún artista, unos guiris-neo-algo, niños jugando sin juguetes. Los abuelos y el rockero. Los místicos bien. La que te lee la mano. La vieja eterna de los collares a "veinte duritos". Ningún mendigo -aquí solo hay clases en la UNED-. Te paras y te preguntas: ¿de dónde ha salido esta gente tan distinta? Me atrae. algo extraño pasa aquí y no sé bien qué es. ¿Lo sabes tú?


Cristales de agosto

César de la Hoz Pérez

Una B oscura con patillas protege mis ojos de los rayos de sol que cada verano adornan las esquinas de mi ciudad. El amarillo deslumbrante de sus cristales torna bajo mis protectores gemelos de cristal pintado en un tono oscuro, cálido y lindo, más suave, que anima mi caminar calmado entre los humos que ahora parecen menos peligrosos teñidos del color que yo quiero. Y es que ayer añoraba ese delicioso sabor de verano con tu bañador y tu toalla al hombro. Por eso hoy he decidido dar una vuelta por la capital de forma distinta, ataviado con colores de bossa nova, con las señales del sentimiento caribeño y sin la incómoda corbata que me sumerge en el día a día del mundo moderno. Y me he ido de compras con mi estampado pantalón brasileiro, con mi camisa abierta hasta el tercer botón, mis sandalias de esparto, mi sombrero hawaiano y sin depilar. Y he caminado así entre multitud de caras serias sumergido en mi propio verano. Me he sentado en la terraza de cada día, en mi barrio de cada día a tomar mi café como cada día, y al quitarme las gafas he podido sentir el calor del estío como cada lunes de agosto, el olor gris de las papeleras de un verano cosmopolita y el incómodo reflejo del sol que cada mañana a 30 grados deslumbra mis ojos entreabiertos de aprensión. Pero instintivamente he vuelto a esconderme tras los metálicos cristales que decoran con albedrío mi pronunciada nariz para que todo cambie, y de nuevo he podido transformar el humo en alegre bruma transparente para disfrutar otra vez del sol que decora mi piel con tonos rojizos bajo la sombrilla de colores. Tomo así, entre algodones de fertilidad, mi zumo de naranja adornado como cada día por una pajita que ante los espejos de cristal que me guardan hoy, parece distinta. Y entonces disfruto de ese momento polarizado que me ha devuelto al día que quería celebrar en esta ciudad de otra manera, a mi manera, sin pensar en lo que a mi alrededor conforma un paisaje gris y sabiendo que todo puede cambiar bajo una mirada teñida del verano que yo quiero. Y con mis gafas de sol saludo zumo en alto a ese señor con bigote y sin camisa que se asoma a la ventana y desde una perspectiva inclinada ve como alguien colorido como yo pinta el paseo de prisas y estrépito con la lozana esencia de la felicidad a los pies de una mesa de madera y una sombrilla de paja, entre los opacos colores de la fachada que a todos ensombrece, excepto a mí.


Sangre en la boca

Jorge Consiglio

Estoy corriendo como un animal. A toda la velocidad que me dan las piernas. Voy bajando por Roca hacia el río. El desnivel de la calle me ayuda pero también les da ventaja a los tres imbéciles que vienen detrás de mí desde la esquina del Imperial.
Corro como un caballo desbocado y noto que me crece en el costado un dolor negro que me roba el poco aire que me queda. Me lleno de terror: sé que si aflojo se me acaba la vida. O, peor, empiezo con otra cosa que es más terrible que la muerte. Entonces, trato de olvidarme del puto dolor y me digo: corré, hermano, corré, corré que te tragan las fieras, no aflojes, corré, corré, carajo. Y, por un momento, aunque yo mismo no termino de creerlo, imagino al sucio de Molina, con su cara ovalada llena de granos, diciéndome que ninguna repetición dice lo mismo.
Cruzo Chilavert a todo lo que da y no me atropella un auto azul porque el tipo que lo maneja tiene reflejos y me esquiva. Así que sigo dándome con alma y vida y a mitad de cuadra alcanzo a ver, medio escondido por la gomería, el tronco quemado que usamos como punto de reunión.
En ese lugar, hace un par de veranos, conocí a Clavo.
Aquella vez me pareció más alto de lo que después comprobé que era. Tenía un águila tatuada en el hombro y un gesto de asco en la cara que no se le borraba ni con medio kilo del mejor grass. Llevaba dos argollas enormes colgando de las orejas. Decía que se las había regalado un gitano que adivinaba la suerte. No sé. Nunca se sabe. Clavo hacía poco que había llagado al barrio. Venía desde Trelew. Vivía en el cuarto piso del Alcorta con una gorda que se vestía de negro y que tenía un hermoso par de tetas bizcas que apuntaban al cielo. Le decían a Carola, a la gorda, digo. Y Clavo la maltrataba ni bien podía. Una madrugada, le rompió dos dientes con el pico de una cerveza.
La vez que lo conocí, Clavo fanfarroneaba con la plata que tenía en el bolsillo.
Me acuerdo que esa misma noche nos fuimos de caravana bancados por él. Éramos seis contando a la gorda y anduvimos de un boliche a otro hasta que se hizo de día. Nos tomamos hasta el agua de los floreros. A las ocho menos cuarto, cuando volvimos, apretó a Emilio contra la pared de la farmacia porque se le cantó hacerlo. Lo agarró del cuello y le dijo que los enemigos son la sal de la vida. Después, miró a la gorda que no paraba de reírse y le puso un buen pollo en la oreja.
Sigo corriendo con el dolor a cuestas. Llevo pegada al cuerpo la remera de Iron Maiden que me regaló Finito. Está manchada de sangre y un poco rota; pero no me importa, al contrario, de ahora en más va a ser mi remera de combate. Verdadera ropa heavy. Pienso esto porque tengo miedo. Estoy cagado de miedo. Soy así: me la aguanto mejor cuando imagino pavadas.
Ahora, veo al tintorero parado en la puerta del negocio. Se llama Kabuzaki o una mano parecida. Es un cagón hijo de puta. Me señala y le habla a un par de viejas que lo escuchan como si fuera sabio. Le debe estar contando de la vez que le rompimos la vidriera a piedrazos. Me acuerdo que el tipo corría de un lado a otro gritando pero no se acercaba. Clavo le dijo: La próxima te quemamos el boliche.. El tipo lloraba como una nena. Hay gente que se merece que le pinten la cara. Yo, a este Kabuzaki, le hubiese dibujado un paisaje de los almanaques que regala para fin de año.
Ya estoy en la cuadra de la plaza. Todo está como debe estar: los chicos en los juegos, los jubilados en los bancos, el prócer en la estatua. Voy atravesando una postal cotidiana. El dolor, ahora, parece que sube y es un caldo ácido que me llega a la boca. Escupo. En una fracción de segundo, distingo el árbol detrás del que se paraba Clavo a esperar a los distraídos de los que vivía. Una vez dijo que se había pasado un par de años en batán. Yo sé que mintió. El que estuvo preso habla para adentro, como sin ganas de que lo escuchen, como si le preocupara más recordar que decir.
Un tipo alto con cara de botón me sale al paso y trata de agarrarme. Yo vengo con un envión tremendo y el tipo termina desparramando en el piso. Que se cague, el infeliz. Veo el momento exacto en que una mujer se tapa la boca con una mano y con la otra agarra a su hijo. Soy una amenaza. Un relámpago. La voz del diablo, como diría Molina. Dentro de mi cabeza suena el reff de Doubleback. La guitarra de Gibbons me intoxica y casi me olvido que me persiguen tres muñecos mal pagos que, a esta altura, deben haber perdido la paciencia.
Doblo por la avenida y ya casi no tengo aire. Me faltan unos cien metros para llegar a la estación. Si llego me salvo. Un viejo que parece un buey, con una papada roja, me mira y hace un gesto con la mano. Yo tenía un gato que era tan blanco como el pelo de este maldito viejo. Era un bicho grande, de pelo largo. No le llamaba de ninguna manera. Los gatos no deben tener nombre. Va en contra de su naturaleza. Todas las tardes, el gato comía la carne que yo le dejaba en el fondo de la carpintería de Juanjo. Me conocía bien. Cuando me acercaba, se enredaba entre mis piernas. Me lamía las manos. El gato, ahora, está muerto. Lo mató Clavo ayer a la tarde. Dijo que quería probar la puntera de acero de sus boceguies. Me lo contó él mismo hace unos quince minutos. Yo sonreí, miré el suelo y sacudí la cabeza negando. Clavo me dio un palmazo en el hombro en señal de amistad. Dije. Está todo bien. Así dije: Está todo bien, hermano. Y antes de que él pestañeara, le perforé el pecho con el tramontina con que le cortaba la carne al gato.
A Clavo se le aflojaron las rodillas y se me vino encima. Yo lo calcé de las axilas y lo empujé despacio hacia atrás. Todavía debe estar tirado sobre el aserrín con los ojos bien abiertos mirando las chapas del techo.
Los gritos de la gorda me hicieron reaccionar y salí corriendo. Dije: si llego vivo a la estación, safó. Y ahora, sin aliento, con el dolor mordiéndome el costado, empapado en transpiración, siento debajo de mis zapatillas cómo el tren hace vibrar el terraplén.


Vacaciones terroríficas

Pilar Moreno Coronado

Un grito desgarrador.
Se van persiguiendo en una carrera desenfrenada.
Más gritos, forcejeos.
Se escuchan súplicas. El tumulto alcanza el clímax de violencia y desesperación.
- ¡Niñoooooooos!¿Os queréis estar quietos un ratito?
- ¡Jo, mamaaaaaaaaaaá! Que estamos de vacaciones.


Morir

Leonel Giacometto

Levanta el arma y me mira. Ahora, mi destino es más incierto. Debo hacerlo. Debe hacerlo. Él o cualquiera. Todos los objetos que observo a su alrededor son el arma con la cual me apunta. Él es mi asesino y el arma con la que me apunta es enormemente amenazante (con el tiempo pensaré lo contrario), increíblemente certera (veremos) y extrañamente atractiva (con el tiempo, también pensaré lo contrario). No me mira a los ojos, sino donde apunta. Tiemblo. Tiembla. Jadeo. Jadea. Siento el primer disparo, cierro automáticamente los ojos y me muerdo el labio inferior. Dolorosamente, sonrío. Después, sobre la sábana, la mítica sangre del fin de mi virginidad.


Otro verano

Pablo de la Rúa

Se escucha el picaporte. Alguien al otro lado de la puerta insiste y gira de nuevo el engranaje que le permitirá entrar. La puerta se abre como un bostezo. Mi madre aparece en el vestíbulo sosteniendo bajo la axila un bolso de mimbre. Atraviesa el vestíbulo y aparca el bolso en la repisa de mármol. Me pongo nervioso. Entonces su mirada y la mía se cruzan en el centro de la cocina. Tan sólo unos pocos segundos. Se acerca y mientras se aferra a mi cintura me susurra al oído unas palabras de sosiego. De soslayo veo cómo una de sus lágrimas se desliza hasta la comisura de su boca. Me despego de su abrazo y me encierro en mi habitación. La cama repleta de mi equipaje se estremece. Abro la ventana y a lo lejos contemplo los únicos retazos de mar que veré este año. Y también me parece que escucho las palabras de mi amigo Javier dirigiéndole a su padre la construcción de un castillo de arena.


(Sin título)

Julia Moreno
Rafael Duarte

Nunca pensé que el miedo, más profundo que cualquier afecto, que el mar, que todo, me haría sufrir en esta playa. Que el agua, finta de frío y sal, como dijera ella, recorrería la carne, toda la carne, con el afán de la succión, amante inerme y ciega, capaz de derribarte para siempre. El oleaje era igual que el oleaje de cualquier parte. ¿Qué más daba? Sólo el terror, la arena, la guardia civil, la pena de ser naúfrago y saberlo.


Sacarme dieciocho mil

Jose Manuel Moreno Pérez

Vienen a por mí. Me siguen. Quieren sus dieciocho mil y yo no los tengo. Se lo dije. Se lo he dicho mil veces. Los noto. Los percibo. Sudo. Corro. Me escondo. Salto de un agujero a otro. Maldigo por haber apostado. Maldigo por haber perdido. Maldigo por haber nacido. En la oscuridad observo las caras. Los rostros de este infernal barrio me miran, me señalan, dicen que debo dieciocho mil. Sudo y salto. Me oculto. Grito que no tengo nada. No puedo pagar. ¿No me creen? ¿Qué harán? Me matarán. Me torturarán pero no podrán sacar dieciocho mil. Sigo corriendo. Abro las puertas. Las cierro. Me oculto. Creo que me oculto. ¿Me romperán las piernas, la cara? Pero no los tengo. Ellos dicen que sí. No me creen. Piensan que miento. ¿Miento? Sigo corriendo. Los ojos que miran, las bocas que murmuran. No puedo confiar. Todos piensan que escondo dieciocho mil. Es una locura. ¿Cuántos habrá tras de mí? Jadeo. El cigarrillo tiembla en la mano. Miro, observo, escruto. Cruzo y corro. Oigo los ladridos. La jauría se acerca. No hay agujeros en este barrio. No lo suficientemente hondos. Escarbo. Gateo. Reviso mis bolsillos. Nada. No estoy loco. No tengo los dieciocho mil. Lo grito. ¡No los tengo! ¿Por qué estáis tan seguros? Soy la presa que tiembla y corre. Como toda la vida. Sin dinero, sin futuro. Estoy muerto. Siempre estuve muerto. Y esos hijos de puta quieren sacarle dieciocho mil a un muerto. ¿De dónde? ¿Cómo? No tengo nada. Nunca lo tuve. Jugué sin nada, aposté nada y gané... nada. Enjugo el sudor. La boca seca. Los veo. Ya están ahí. Ladran y husmean. Muestran los dientes. Preguntan. Amenazan. Me achico. Empequeñezco. Me reduzco al mínimo. No respiro. Quieto. Quieto. Me encuentran. Me sacan. Grito. ¡No los tengo! No me creen. ¡No los tengo! Sonríen. No me creen. Dicen que los llevo encima, que soy un mentiroso. Están locos. No entiendo. Me señalan. Las corneas, el corazón, los riñones, el hígado. Dieciocho mil en el mercado ilegal de órganos. Tenían razón. Les mentía.


Pasatiempos estivales

Guillermo García Rodríguez

Me veo a mí mismo en la playa con un autodefinido-reto sobre mis doradas rodillas. El bic azul de toda la vida en la mano levemente húmeda por los rigores de mi viejo amigo Lorenzo y las risas de los niños recorriendo los porosos corredores en los castillos de arena.

Tres letras vertical. Hogar. Y otra vez están aquí esas palabras con las que uno sólo puede cruzarse entre sopas de letras, bolígrafos callados por el calor y marcapáginas improvisados.

LAR. Le respondo yo impertinente. Y él me mira desde sus casillas blancas con una sonrisa pintada de BOCA (Por ella muere el pez), PECAS (Salpican los rostros rubios y pelirrojos) y DIENTES (Sufren las antiestéticas caries).

Miro al mar por encima del papel y vuelvo a encontrar las palabras perdidas (junto a los sueños perdidos) en la última página de un cuadernillo cualquiera de pasatiempos.


(Sin título)

Catalina

Entre rocas, huellas de charcas y arena. Allí donde las salamandras se tienden al sol...sobre piedras redondas y pan de rana. Allí mi toalla veraniega encontró un lugar. Territorio del estío como isla. Barrera de frágil resistencia para tijeretas y hormigas. La sobrevuelan esta tarde insectos que ni la atienden, que se pierden entre los juncos. ¡Hora de siesta! Las sombras de los chopos caen sobre mi isla.


Gérmenes

Rubén G.

Un beso transmite más de 250 gérmenes potencialmente patógenos. Lo he leído en la prensa, no creas que me lo he inventado. Un beso con lengua, se entiende. Al tío del estudio -porque el artículo iba sobre uno que le ha dado por hacer una tesis sobre el morreo-, al hombre ese había que darle unas hostias, porque ya me dirás con qué intención puede alguien afirmar tranquilamente algo semejante. Mala, está claro. ¿Qué pretende? ¿Será una conspiración para evitar el contacto físico? Que la gente se bese sin lengua no es aceptable. ¿Qué sería lo siguiente? Éste va a ser un talibán metido a científico, o peor, un yanqui puritano de los que bendicen la hamburguesa antes de meterla en el microondas. Seguro que no tarda en proponer el uso de un condón para lenguas asépticas que besan seguras. Además, no me parece tan grave. Yo te paso 250 gérmenes de los míos que son de confianza y tú me pasas 250 de los tuyos. ¿Dónde está el problema? Tal vez el tío no se quiera desprender de sus microbios. ¡Zoofilia, que es peor! Además el sexo, si no es sucio, ni mola ni es bueno de verdad. ¡Joder! Si los bocatas de sabor más exquisito, toda la vida, los han puesto en las tabernas con las moscas más grandes. Algo tendrá que ver. Yo creo que los gérmenes contribuyen al sabor.


Calor y humedad

Luis Mendéz

Al entrar en el café sintió inmediatamente el efecto de la humedad y la altísima temperatura. Durante varios minutos estuvo pataleando.
- ¡Ay! -suspiró mientras se hundía por última vez- ¡Qué difícil es la vida de una cucaracha!


Autostop

Rubén Salgado

No me suelo fijar demasiado en la gente con la que me cruzo cuando conduzco. Muchos me lo reprochan -el otro día pasaste a menos de dos metros de mí y ni te enteraste-, cierto. Cuando conduzco, e incluso cuando no lo hago, estoy en Babia. No es que vaya demasiado concentrado en el volante, ni siquiera en la carretera, simplemente no me fijo. A veces me sorprendo a mí mismo llegando a lugares sin ser capaz de recordar nada del viaje que me había llevado hasta ellos y entonces recuerdo uno de esos documentales americanos en los que una gorda subtitulada aseguraba haber sido elevada, una noche tenebrosa, con su enorme descapotable hortera y su caniche, por un haz luminoso hasta un platillo volante. La gorda aseguraba haber sido violada repetidamente por cientos de marcianos, muy educados, eso sí, antes de ser devuelta a la carretera unos pocos segundos después pero a cientos de kilómetros de distancia. Un misterio. Me acuerdo de la gorda y pienso si no habré sido abducido por una inteligencia superior a la altura del Km 12. Me tranquiliza comprobar que no tengo cruces tatuadas detrás de las orejas. El caso es que no me fijo demasiado cuando conduzco. Sin embargo, el otro día fue distinto. Algo captó mi atención. Fue como una revelación. Una patada en la memoria. Una maleta roja en la cuneta, unas gafas de sol y un pulgar adelantado bastaron. En aquel preciso momento, recuperé la memoria y me acordé de ti.


La maldición

Javier Pérez

Para Juan no pasa el tiempo, o al menos no pasa en balde. De su figura, antes admirada por las chicas de su promoción, sólo quedan las acumulaciones de grasa a que dan lugar los músculos protuberantes cuando dejan de cultivarse.
"Menos da una piedra", suele decirse, pero es mentira: una piedra da más, mucho más, sobre todo cuando se trata de comparar durezas y consistencias.
Porque Juan, no le demos más vueltas, está en lo alto del acantilado, contemplando la playa, listo para suicidarse después del enésimo gatillazo.
En un impulso romántico pensó que el mejor momento sería justo después del amanecer, pero como sabía que no le iba a ser fácil decidirse, llevaba allí desde las cuatro y pico de la mañana.
Entonces, cuando media docena de piedras habían ido ya acantilado abajo para mejor medir la altura (rencor a la piedra, en realidad), Juan observó en la playa, una docena de luces diminutas que se dirigían en procesión hacia un lugar donde se divisaba cierta luminiscencia.
Atento a las evoluciones de las luces, por si se trataba de un extraño ritual, Juan no se dio cuenta de que estaba amaneciendo y eso marcaba su hora. De hecho, agradeció que el sol acudiera en su auxilio para poder descifrar aquel misterio.
Pronto, en cosa de tres minutos, pudo ver que se trataba de once horribles espectros, con la ropa hecha jirones, portando una vela cada uno. Eran seis hombres, cuatro mujeres y un niño, y se dirigían hacia donde hacía años, como treinta, se había aupado (alzarse es mucho decir) un mugriento chiringuito de paellas y refrescos.
De hecho, para sorpresa de Juan, allí estaba el chiringuito, y de su irreal estructura procedía la luminiscencia que antes había observado.
Los espectros, lentamente, arrastraban sus pies por la arena, venciendo con sufrimiento infinito cada metro de terreno. Las olas, sin h de puro malcaradas y enemigas de cualquier saludo, alargaban sus fríos dedos hasta los pies de aquellos muertos, perpetuos condenados a paella en mal estado y salmonela lustrosa.
Cuando al fin llegaron al chiringuito, un camarero espectral, rascándose aún la inexistente entrepierna, les sirvió algo marrón en unos vasos y unas raciones de algo amarillo. Los tristes condenados trataron de llevarse todo aquello a sus bocas, pero eran incapaces de tragarlo. Peleaban con sus propias náuseas cuando el sol, liberador, asomó al fin su coronilla por el horizonte y la congregación entera, chiringuito incluido, se disolvió entre alaridos y remolinos de polvo.
-¡Esperadme, esperadme! -gritó Juan, que ante todo era hombre cumplidor y no le gustaba ir sólo a ninguna parte.
Una dentadura postiza rezagada salió entonces de la arena para invitar a Juan a unirse a los espíritus dolientes.
Juan se lanzó al vacío y aún antes de llegar al suelo supo que aquel gesto no era el final de su vida, sino el principio de algo nuevo.
Segundos después, con Juan tras ellos, los espectros se retiraron a sus guaridas en las latas podridas, las jeringuillas usadas y los restos de combustible procedentes de una desgracia marina o de una limpieza de tanques.
Y allí siguen, atrayendo con su influjo a otros que engrosen su espantable hueste. Por eso las playas que conocemos están siempre llenas de fantasmas, de muertos de hambre y de impotentes.
Hasta el final de los tiempos.


Fin de baile

Miguel Ángel Hurtado

Acaban de bajar las luces del salón de baile. La banda comienza a tocar la última canción: una balada. Siempre odié la música lenta, pero ésta significa "te quiero", y hay poco más que decir.
Nunca unos ojos me habían mirado así. Nunca había sentido mi cuerpo vibrar a cada nota, ni mis ojos mirar más fijos a algo. Estas notas que envenenan el aire me han henchido el pecho, hiriendo mi alma de muerte. Me noto temblar cuando nuestras manos se unen, y sus enormes ojos azules, se clavan como preciosas aristas de poliedros de amor en mi mente, en mi corazón, en mi recuerdo.
Mientras, suavemente, el cantante me demuestra que todo lo que ocurre es real, y por ello, estrecho mi lazo, atenazando mis brazos su espalda, acercando su pecho al mío. Noto su respirar entrecortado en mi entrecortado respirar, y entre medias nuestros pechos, golpeados por nuestro revolucionado corazón. Sólo quiero que el pianista lea mi mente, y toque para siempre esta melodía, mientras hago de mis labios una extensión de sus labios. Cierro los ojos para soñar que este momento es una poesía en nuestros oídos o el sabor del azúcar glasé del dulce más lindo del mundo.
Cuando abro los ojos veo los suyos mirándome, pero tienen veinte años más. No existe el salón de baile, sólo queda en nuestro recuerdo. Y la canción suena en nuestras cabezas, recordándonos cada día cuánto nos queremos, y que lo que una vez fue sueño permanece siendo realidad.


Bajo el sol

Domingo Aragón Oliva

Murumullo de olas...
Murmullo de gentes...
La playa cubierta de bañistas...
el mar repleto de peces.


El único verano de mi vida

Yvonne López

Es el verano para mí una época triste. A pesar de encontrarme en la edad provecta vuelvo a recordar una y otra vez aquel corto espacio de tiempo en el que fuí feliz. Nunca he sido una mujer fuerte y valiente, cualidades que admiro en otras. Puede que no haya sido jamás lo que de verdad mi alma me pedía a gritos. Pero aún así he tenido que soportar en la vida mucho más de lo que me merecía... Ahora cuento con ochenta y siete años, ochenta y siete veranos pero ninguno como aquél. Era por aquel entonces costumbre de mis padres ir a pasar los veranos a una antigua casona que habían heredado de los abuelos. La casa en sí denotaba la majestuosidad perdida mucho tiempo atrás, pero a mi familia eso no le importaba. Llegaban al pueblo con grandes ínfulas, como si cada vez que ellos pasaran por allí fuera una fiesta. Yo, desde niña, había observado y aprendido aquel comportamiento y lo tomaba como algo natural, como si de verdad fuésemos importantes personalidades, en otro nivel más elevado. Quizás eso había sido así en vida de mis abuelos, pero no era el caso. La finca estaba rodeada por un gran muro de piedra y dentro, nuestra casa con su capilla, las cuadras y la casita de los guardeses. Mi madre había permitido vivir allí a una señora viuda con su único hijo a cambio de que estos se encargaran del mantenimiento de nuestra propiedad. Recuerdo que cuando era muy pequeña, solía pasarme horas jugando en su casa. Pero de pronto, cuando cumplí los catorce años, todo cambió. Comencé a comportarme altivamente, de un modo estúpido e inusitado con ellos. Ya no quería tener el más mínimo roce ni familiaridad con ellos y así lo hice. Cada vez que Juan, el hijo de la guardesa, venía a buscarme para ir al estanque o simplemente charlar pedía a mi madre que le echara. Esa situación duró desde finales de junio hasta mediados de agosto, cuando mi progenitora decidió que sería yo misma quien le echase. La vez siguiente que Juan se presentó me asomé al balcón y desde allí le insulté. Él no dijo nada, simplemente se quedó mirándome estático. Fue en aquel preciso instante cuando me dí cuenta de que acababa de romperle el corazón. Cuando llegó el momento de regresar a nuestra vida cotidiana el remordimiento me mataba. Aquella sensación me sorprendió como algo agridulce. Interiormente me alegraba de que Juan albergara tal sentimiento por mí ya que yo, en el fondo, siempre había sentido lo mismo. Aguardé impaciente todo el invierno, no podía esperar, tenía que ir al pueblo a verle y disculparme por mi actitud. Los días parecían siglos. Desde la ventana de mi colegio se elevaban unos preciosos castaños donde yo dibujaba a Juan una y otra vez, sin prestar ninguna atención a lo que la monja nos decía. Y por fin llegó el verano. Y por fin llegué a la casa. Nerviosa, buscaba con la mirada la imagen anhelada. No le vi aquel día, ni al siguiente...pero una tarde, mientras todos dormían la siesta, me fui al estanque y le encontré. Estaba sentado en el tronco de siempre. Me sonrió dulcemente, como si nada hubiera pasado y nos juramos amor eterno, porque cuando se tienen quince años siempre es amor eterno a pesar de lo que la vida nos depare. Un sólo momento, efímero, infantil y cándido que atesoro en mi corazón acompañado de los aromas cálidos de la hierba seca en verano. Aquel fue el último día que le vi. Juan murió a la mañana siguiente y jamás lo superaré. Me contaron que mientras trabajaba en el campo se encontró un proyectil perdido de la guerra civil que le destrozó el cráneo. Siempre me he preguntado qué hubiera pasado de no haber ocurrido el fatal accidente. No soporto el verano, huele a hierba seca, al heno dorado que brillaba emanando su esencia junto al estanque en aquella tarde irrepetible de 1940.


La estatua

Iván Humanes Bespín

Era un hipnotizador que me miraba sin parar.
Sus ojos curiosos atravesaban los pensamientos, hasta la nuca. Había conseguido que el pueblo, que se apiñaba en la plaza formando un círculo perfecto a mi alrededor, dejara sus ocupaciones de verano y le prestara atención. Ordené que parara el juego, imposible. El hipnotizador seguía dando golpecitos con su dedo mágico en mi frente de general. Mis soldados, atiborrados de alcohol, dormían en algún lugar. Los ciudadanos más obedientes, pobres y escarmentados por mis castigos, escondían su vista en el suelo. Los más rebeldes, ogros fichados por nuestro servicio secreto, estaban expectantes, gozando de la magia y de la hipnosis.
¡Cómo me levanté de la silla! Una ola de carcajadas agrietó los muros de la plaza. El hipnotizador me hizo volar. Con los brazos extendidos simulaba ser un planeador. Un ala tocada por una bala pesada y caía, caía, caía... El respeto de los habitantes de la ciudad, mulos de carga espabilados por mis soldados, se lo llevó el aire esa tarde, reían y reían. Tras el avión, hice la gallina, la bruja malvada y el general desnudo. Allí quemaron mis ropas, mis medallas, la pistola y la gorra. En otro de sus juegos, el hipnotizador tocó mi garganta y me ordenó avisar a los soldados. Escuché un gorjeo, un pájaro borracho cantaba desde alguna parte de mi alma. Mi voz era fina y delicada, como de seda a punto de romperse, las palabras nacían en un filo agudo. Y centenares de bocas desdentadas rieron al aire la proeza. Y así el hipnotizador me hizo pasear durante semanas. De la iglesia al mercado, de allí al cementerio, a divertir a los muertos, hasta que la conmiseración se apoderó de los pueblerinos.
La mañana de la liberación bostezó en tonos ocres, olía a verano cargado de sol. Vi cómo al hipnotizador mis enemigos le pagaban el trabajo. Arrepentidos optaron por liberarme antes de que mi venganza fuera aún más sangrienta. Tenían que hacerme regresar al estado anterior. La plaza estaba a rebosar de pueblo. Los ojos del hipnotizador caían sobre mí. Borrar lo vivido y reconstruir el pasado, renacer: los castigos, la Ley, el Orden. El círculo no se cerró...
Una bala, una bala pesada atravesó en ele el cuello del hipnotizador cuando estaba entonando la cuenta atrás (fue entre el número tres y el dos). Entró por el Este, por la Calle Armando Arjé, tocó cuello y salió por el Norte, destrozando el cristal de la carnicería. El hipnotizador cayó muerto. Yo sólo pude mirar su dedo, y me fijé en el sol, en el calor ocre, en las bocas sorprendidas, y de nuevo miré su dedo apuntar al cielo. Dedo divino que hoy, rodeado por mis afligidos soldados, de piedra, sin poder mover un solo músculo, y con la vista perdida, recuerdo con pavor en el centro de esta plaza muerta.


Una gran promesa

Lander Bergés

Cuando haces deporte hay un momento en tu vida en el que lo demás se difumina. Estudias en el centro de alto rendimiento y una diana, los cien puntos, se convierten en tu vigilia.
Voy camino de convertirme en un gran campeón. Todavía estoy en el escalón de la gran promesa, ha habido grandes promesas que se han quedado en humo pero todos coinciden en que yo voy a llegar lejos.
Tengo diecisiete años, no hay círculo blanco que se me resista. Hace sólo dieciséis meses que estoy dentro de la academia pero mis progresos son visibles. Mis compañeros me miran con envidia. Srdan, el actual campeón de tiro de mi categoría, ha encontrado en mí a un fuerte rival. Se está dando cuenta de que va a dejar su puesto. Para mí esta ascensión está siendo placentera pero me pongo en su lugar porque cualquier día puedo sustituirle en el fracaso, y sufro. No es fácil tener que admitir que en aquello en lo que has luchado desde que recuerdas, en lo que siempre habías soñado, te superen. Y además que lo haga un desgraciado que nunca en la vida se había planteado dedicarse al deporte. Pero la vida es injusta. Hay ocasiones, y no pocas, en las que por mucho que luches serás superado. Existen personas que son capaces de estudiar sin abrir un libro, también de ponerse frente a un público y hablarles como si sólo tuviera delante a un par de amigos de confianza, otras en cambio ven una diana y por arte de magia el mundo se diluye y un círculo que de lejos se ve pequeño va agrandándose en tu mente hasta que lo ves tan grande que sabes que no vas a fallar, sólo apretar el gatillo y te dan la máxima puntuación.
Tengo pesadillas cuando duermo, tampoco fallo en sueños, la diana se mueve y yo acierto.
Casi desde que tengo recuerdos una escopeta me ha acompañado. Era como la barbie de los yanquis.
Jugando con mis amigos era el mejor. Ahora jugando a lo mismo parece que me voy a quedar sin amigos. Bueno esto no es cierto del todo. Haces conocidos, te diviertes con ellos, también te acuestas en la misma cama y si hay suerte pues la metes en algún sitio. Biljana me dejó meterla. Nunca una diana había sido tan desconcertante y excitante.
Pero todo pasa. Todo menos las pesadillas. Los gritos me despiertan.
Estudiar me ha venido bien. Soy huérfano. Siempre me recuerdo solo. La compañía ha hecho que encuentre la ambición. Aunque Srdan me odie, intentar superarle y superarme a mí mismo es lo que me despierta por la mañana. Lo que Srdan no sabe es que me he entrenado muy bien durante años antes de que un ojeador me viera. Todos los días entrenaba horas. No estudiaba y tenía tiempo. Los comienzos eran duros, no conseguías lo que querías y los de tu alrededor te gritaban y te hacían saber que podían prescindir de ti. Jamás he sido imprescindible hasta hoy.
Poco a poco mi mente se hacía al día a día, en unos meses me convertí en el mejor tirador del grupo. Ningún blanco se me escapaba. Los estáticos eran como un juego de niños. Disfrutabas mientras por la mirilla observabas el trayecto que la bala iba a hacer hasta impactar contra el objetivo. Te regodeabas en la falta de conciencia que tenía tu blanco. En el desconocimiento de que iba a ser agujereado.
Los blancos móviles me divertían más. Las dianas se movían por los árboles. A veces tenían forma de persona y una cuerdas tiraban de los puntos a disparar para que se movieran; enseguida estuvieron dominados.
Después me trasladaron y cambié de equipo. Un nuevo escenario. Dianas más difíciles. Pero se aprende a disfrutar.
Llevo tirando seis años. Con horario intensivo. El nuevo lugar me desagradaba. Al principio no quería tirar. Pero me enseñaron la nueva filosofía que debía adoptar y me convencieron. Acabé disfrutando de mi nuevo trabajo. Sí, entonces empezaron a pagarme. La inconsciencia de los blancos estáticos era la misma salvo que ahora en vez de paja lo que saltaba era sangre y trozos de alguna víscera. No me importaba acabar con los serbios que querían acabar con nuestro pueblo. Hasta los quince me pasé entrenando con cuerpos y más cuerpos.
Pero la guerra se acabó.
Todos se creen que la normalidad ha llegado. Fue entonces cuando un observador me fichó para el equipo nacional. Entré en el centro de alto rendimiento. Ahora los blancos apenas se mueven y no hay que volverles a disparar para saber si has dado en la diana o tienes que rematarlos.
Cuando paseo por la calle me cruzo con vecinos que podían haberme servido de entrenamiento.
Pero las pesadillas no terminan y los gritos de las bombas hacen que dé gracias al cielo por haberme hecho un estudiante, un campeón, muchos gritos, mucha sangre, mucha locura vertida sobre la mente mal instruida de un niño que empezó a los diez años a disparar y que a los catorce mató a los padres de Srdan. Dos individuos que, según me dijeron, eran los culpables de mi orfandad. A Srdan no le guardo rencor. Él no sabe que es huérfano por mi culpa. Ahora voy a volver a arruinarle, va a quedarse huérfano de triunfo. Dicen que soy una gran promesa.


¿Rojo o azul?

Jose Manuel Moreno Pérez

Era el mejor, sin duda lo era. Max era el mejor artificiero del cuerpo. El mejor del país. Uno de los mejores del mundo. Era producto de la mejor formación y de un instinto y unas dotes innatas. Decenas de cursos, miles de horas de entrenamiento, un conocimiento exhaustivo de los explosivos, de los terroristas. Sus estilos, sus marcas, sus señas de identidad. Los nuevos materiales explosivos, la tecnología más avanzada, los nuevos métodos. Max estaba al día en todo eso. Vivía para su trabajo. "No podía ser de otro modo", decía continuamente. Lo tenía claro. Siempre lo repetía. "Este trabajo no permite errores". Y no era sólo eso lo que decía en sus numerosas charlas y cursos de formación, incluso en el ámbito internacional, Max recalcaba no sin modestia que al final todo se resumía en cortar el cable rojo o el azul. Todos los años de formación, toda su antigüedad, todos los estudios, los conocimientos, los explosivos vistos y desactivados, daba igual, al final, todo se sintetizaba en una simple elección. ¿El cable rojo o el azul? La gente siempre se reía pero aquella afirmación no carecía de autenticidad. El conocimiento adquirido lo único para lo que servía era para poder llegar a conocer cuál de los dos cables era el que te mataría y cuál el que te haría un héroe. ¿Rojo o azul? Siempre igual. Simple y a la vez complicadísimo. Por eso Max era el mejor, porque trocaba lo complicado en sencillo. Cuarenta explosivos desactivados. Veintidós cortando el azul y dieciocho el rojo. "Gana el azul", bromeaba.
Quizás por todo esto resultó una conmoción para el cuerpo que le estallase en las manos aquella bomba en el centro comercial y muriese en acto de servicio. Nadie lograba entenderlo. No era un explosivo excesivamente complicado. Max había desactivado docenas del estilo. El material era relativamente básico y no había ninguna trampa ni complicación extraordinaria que pudiera haberle sorprendido. Un novato podría haberla desactivado sin problemas en un par de minutos. ¿Qué pasó? ¿Qué ocurrió?
Después de una exhaustiva investigación la conclusión final apuntó a un error humano como causa de la tragedia. De algún modo, de alguna manera inexplicable, aquel simple artefacto había estallado porque el más laureado, condecorado y respetado agente del cuerpo de artificieros había cometido un error. Era como decir que se había confundido a la hora de elegir entre el azul o el rojo. Nadie lograba entenderlo. Resultaba inconcebible pero no había otra explicación.
Y era cierto. La realidad era esa. Aquella bomba, aquel explosivo frente al que se plantó Max aquel diecisiete de junio era exactamente igual a docenas frente a los que se había plantado antes. Igual salvo en un insignificante detalle. Algo sin la menor importancia. Una ridiculez que en nada podría afectar a un experto conocedor de los variados tipos de materiales explosivos y de los diferentes métodos de elaborarlos. Algo tan irrisorio que causaría hilaridad. La gran novedad consistía en que en esta ocasión el terrorista había sustituido el cable rojo por el verde. Quizás no tuviera cable de ese color, quizás se le había acabado, quizás no le gustase, quién sabe. Una estupidez. Una tontería. Algo tan nimio que nadie podría considerarlo más allá de una simple casualidad. Un color sustituía a otro. ¿Y qué? Todo se reducía a una nueva y simple pregunta. Esta vez la cuestión era azul o verde. Sin más. Una nimiedad, una trivialidad, un detalle insignificante que en nada podía alterar la decisión de un experimentado artificiero, un detalle insignificante para cualquiera pero no para Max. No cuando se es daltónico.


Lo que el agua me dio

David

No había nadie a la vista (seguramente la lluvia tenía algo que ver con esta repentina desertización de la playa).
Las olas bañaban mis pies desnudos, los cuales apenas sentían ya ni el frío, cuando de repente y sin saber por qué quitándome camisa y pantalones salté al agua y comencé a nadar... siempre en línea recta, siempre hacia dentro y cuando por fin me detuve para dejar a mi corazón recuperar algún latido, estaba ya a, por lo menos, quinientos metros de la orilla (tal vez demasiado para mí). Los brazos ya no me respondían, la cabeza se me iba de puro miedo, como si quisiese alejarse de ese cuerpo que había perdido su partida con el mar a los cinco minutos de empezar la lucha. Y yo, de repente, solo quería vivir.
Fue la corriente la que me sacó: la culpable de tantos ahogamientos y protagonista de infinitas advertencias, me salvó la vida. Ahora me pregunto por qué me metí al agua... quizá fue el deseo de romper el tedio de mis larguísimas vacaciones de estudiante, tal vez se debió a ese rechazo del amor de turno que siempre nos parece irrecuperable, lo cierto es que no lo sé, pero ese día recuperé la ilusión perdida por aquello que me habia dado tantos buenos ratos en mi infancia: el agua.


Las notas

Manu R.

Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue ir a la cocina para ver qué había de cena. Una nota de mi mujer me indicaba que tenía preparada una paella y que sólo tenía que calentarla. Coloqué el plato en el microondas, programé cinco minutos y me fui al dormitorio a cambiarme de ropa. En el armario otra nota me advertía de que al día siguiente debía recoger el traje azul de la tintorería. Me puse unos vaqueros viejos, una camisa de cuadros y me fui a recoger el plato de paella.

Cené mientras veía distraídamente la televisión. Después, me apeteció ir al baño, y allí encontré una tercera nota en el espejo. Ésta me instaba a llamar a un fontanero para arreglar el grifo de la bañera. Me entró sueño y me fui a la cama. Mientras me dormía, me sentí tentado una vez más de usar una de aquellas notas para pedir el divorcio.


Himno al tiempo

Roberto Pineda

Mientras papá colocaba las maletas en el Ford, mamá contemplaba la neblinosa luz del mediodía que se colaba por las ventanillas laterales del automóvil. En el asiento de atrás el pequeño Óscar examinaba su álbum de estampas deteniéndose principalmente en las dos últimas páginas (allí se encontraban los cromos más difíciles de conseguir). Yo jugueteaba distraída con mi pulsera. Nunca, ni con mis previsiones más nefastas, pensé que el viaje hacia la costa pudiera ser tan tedioso, con Óscar dormido sobre mis rodillas.
Habíamos llegado después de dos horas. Con un codazo me liberé del peso sudoroso de mi hermano. Óscar dio un respingo y me arañó la pierna izquierda. Era falso que Óscar fuese un niño travieso y maleducado, sus hábitos coincidían con los de un crío de su edad. Sin embargo, no se puede negar su inquietud y su arraigado espíritu destructivo.

Bajo el arco de la entrada, el abuelo, con el sombrero de paja y sus pantalones grises gastados. Su rostro impaciente reflejaba la desesperación del que lleva tiempo esperando. Saludaba a cierta distancia e iba acercándose con paso inseguro.

Entramos. Óscar, ya despierto, inspeccionaba la casa por su cuenta y parecía recordar vagamente aquellas habitaciones tristes y semivacías por las que se movía:
el vetusto reloj de pared, el arcón de mimbre del desván, las amarillentas láminas modernistas que poblaban los pasillos blanqueados... Después de su ronda almacenaba chismes inservibles en su cuarto que, por desgracia, también era el mío.

Por lo que se refiere a mis padres, podríamos decir que nos dejaban en manos del abuelo. Durante las sofocantes mañanas ellos volvían a trabajar a la fábrica y regresaban un poco después del almuerzo.

Aquella calurosa tarde Óscar y el abuelo salieron a dar una vuelta. Subieron por una callecilla empinada hacia la parte alta del pueblo. Paseaban distraídos mirando a un lado y a otro cuando de repente la vieron. Era preciosa, quizás la más bonita que habían visto jamás. Los ojos de Óscar parpadearon perplejos. El abuelo se rascó la cabeza pensativo y le dijo al pequeño pelirrojo que iban a hacer un trato: "Ahora vamos a ir al espigón y te voy a enseñar algo. A cincuenta metros de la orilla flota una mohosa boya de color amarillo, cuando consigas golpearla con una de tus piedras yo te compraré eso que hay detrás del escaparate y que tanto te gusta. Óscar estrechó la mano de su abuelo y le dijo que trato hecho. Al poco, bajaban los dos hacia el paseo del parque discutiendo sobre temas banales.

Mediados de julio. Ya hacía una semana que habíamos llegado a "Villa Luisa", la finca que llevaba el nombre de mi difunta abuela. Óscar tenía un propósito muy claro. Desaparecía todas las tardes durante la hora de la siesta e intentaba, sin demasiada fortuna, dar en aquel blanco móvil.

El 17 de julio descansaba Óscar tumbado sobre la arena -el abuelo y yo nos habíamos lanzado al agua- y al dar la vuelta se clavó algo en la espalda. ¡Era imposible!, ¡aquella era la piedra que necesitaba! Se levantó de un salto, arqueó la espalda y lanzó el objeto esférico con todas sus fuerzas. La parábola que describió fue perfecta: ¡Cling!
-¡Le di!, ¡Le di, abuelo! Mira cómo se mueve -proclamaba Óscar orgulloso.

Aquel mismo día se pudo por fin ver a Óscar a lomos de su flamante bicicleta color plata desgranando las últimas tardes del verano.


Instinto

Rubén Arribas Espí

Esa palabra no lo expresa todo adecuadamente y el miedo es quedarse corto. El porqué no lo sé y el hasta cuándo tampoco. Miro a la gente de mi alrededor. Sobre la arena una marabunta. De puntillas voy tocando. El agua me llega al cuello y noto su sal. Más al fondo algunos nadan, en la orilla están los que juegan y en el medio yo. Los miro y no me veo a mí. Luego aguanto la respiración y me zambullo. La nada me envuelve y poco a poco empiezo a ponerme nervioso. Bajo el agua la visión no existe y el sonido es inquietante, tan sólo el latir de un corazón abruptamente, acelerándose cada vez más a un ritmo vertiginoso. Esos pocos segundos se hacen eternos, se dilatan.
-Tranquilo, un poco más, ¡no aflojes! - oigo para mis adentros -. El miedo cobra vida hasta el punto de llegar a esa palabra que no deseo describir. El impulso de mis pensamientos me pide volver a la superficie pero al mismo tiempo no quiero cejar en el empeño. Pienso en el mar, en las cosas maravillosas que esconde, en la paz, en la tranquilidad, en el amor… pero sólo consigo ponerme más nervioso. Puedo notar hasta el propio sudor de mi frente o quizá sean las burbujas. En las venas de mi cabeza se apelotona la sangre y mi mente se empieza a nublar. Y es ahí donde mis pulmones piden a gritos nacer pero no los oigo, no quiero oírlos. No soltaré mi presa. No sucumbiré. Es la lucha entre la muerte y la fuga de los deseos. El honor esta en juego.
-¡No puedo! ¡No! ¡Nooo! ¡Ahh! - grito bajo el agua -. Los ojos desquiciados. De repente una sacudida me devuelve a la superficie. Era mi chica. Ella había estado ahí abajo conmigo, entre mis brazos. Estábamos a punto de caramelo cuando nos zambullimos. La cosa se hizo mas larga de lo previsto. Los dos nos habíamos corrido y por poco nos ahogamos.
- ¡Ha sido el polvo del siglo! - dijo ella casi sin respiración sonriendo al salir a flote -. El juego está servido.


Holguras

María de Miguel y Gallo

También en la arena hay dos maneras de ver la vida: unos se mojan y otros llevamos calzones holgados. Por eso me gusta venir aquí, a Ondarreta; es una playa fina en cuanto a arena y recato. No abundan tarteras ni bañadores reventones, de esos que van asustando por la orilla. Cuatro filas de casetas blanquiazules conforman la zona de toldos, claramente separada de la playa -por así decirlo- de a pie. Suponen los toldos una parcela de sombra y un toque de distinción. Dicen que por alguno de ellos han llegado a desfilar hasta cinco generaciones, desde los tiempos de la Belle Époque. Familias como los Arruabarrena o los Pittilingorri llevamos años haciendo historia, observando una playa en permanente humedad. Cuando la marea baja, porque acaba de bajar. Cuando la marea sube, porque se la ve venir. El punto álgido de la pleamar lo marca la desaparición del «Pico del loro», el brazo de roca que separa Ondarreta de La Concha. La playa se va reduciendo a una escueta franja, las caracolas se alinean en la rompiente y tocan a retirada. Es entonces cuando veo plegarse sombrillas, superponerse colchonetas, cada vez un poco más arriba. Entre mordiscos de agua, los veraneantes se cambian el bañador haciendo equilibrios con una toalla mal anudada. Es posible que alguna ráfaga los deje con sus vergüenzas al aire, pero se perdona porque no es intencionado.

La maldición de Newton

Rubén Salgado

Isaac Newton, sentado bajo un manzano, meditaba sobre la fuerza que mueve a los astros cuando vio caer una manzana al suelo. ¡Estúpida leyenda de la manzana¡ No es por contradecir a Newton pero no creo que la gravedad sea una magnitud constante ni tan siquiera universal ni que todos los objetos sean atraídos por la tierra con la misma intensidad. No. Lo sé porque últimamente, yo mismo he experimentado un anormal incremento de G respecto a mi propia masa corporal. Estoy secuestrado por una fuerza atractiva que me inmoviliza y me aplana contra el suelo. Ignoro por qué la gravedad se haya fijado justamente en mí, pero mientras el resto de personas desplazan sus masas venciendo una atracción de 1G, yo, por el contrario, noto como esa atracción hacia mí crece y crece de uno a dos e incluso a 3G. Vivo, prisionero de mi peso, ralentizado por capricho de la gravedad. Lo verdaderamente preocupante es que la tendencia pueda invertirse y que la fuerza atractiva baje de 1G a 0G y de ahí a -1G, -2G... Volaría hasta que ingravidez y fuerza centrífuga de rotación terrestre me expulsaran de una patada al espacio. Tengo que evitarlo de algún modo.
- ¿Va a querer postre el señor?


Escribir con luz

Javier

Caminando por las calles de Vientiane, la capital de Laos, no puedo evitar el estar al acecho de una foto. La cámara, sujeta por una correa que llevo colgada al hombro, me delata. Decimos foto, porque es más corto que fotografía. Si buscas la etimología de fotografía, verás que es algo así como la escritura de la luz. Así es como me gusta verlo porque es lo que creo que hago, escribir a mi manera, como mejor sé, con la luz. Primero busco esa luz, que se muestra con sus claros, con sus sombras, y a través de colores igual que el que escribe con letras y palabras busca una historia. Después me muevo buscando el ángulo y la posición adecuada con mi cámara, y pruebo aquí y pruebo allí... como escribiendo ya esa historia. Y finalmente la corrijo y la pulo; siempre he oído que para la corrección hay que dejar aparte el corazón y emplear la cabeza; y eso es lo que hago yo en la sesión de revelado.
Y así estoy yo ahora, buscando una foto que pudiera ser la foto, buscando mi historia para escribirla con luz. Hago algunas fotos, a sabiendas de que no son la foto, a unos restos de lo que esta mañana podía haber sido un mercado callejero. Cruzo una pequeña vía en medio de una minúscula plaza, salgo a una calle más principal... y le oigo primero y le veo después.
Sí; ahí estaba ese niño, chapoteando en el agua como me decía mi oído, y metido en un bote como me dicen mis ojos. Un bote de emulsión, o sea que podía haber sido de casi cualquier cosa, pero que ahora está lleno de agua y de niño. El niño sostiene un pequeño cuenco, en el que, imagino, meterá el agua del bote en justa reciprocidad a estar él metido en esa misma agua.
Tengo la historia, y me preparo a escribir sobre ella. Busco el ángulo, la luz, el contraluz... abro un poco más el objetivo, lo acerco, lo alejo y empiezo a tirar fotos, porque sé que dentro de esas fotos, cuando las corrija, cuando las revele, estará la foto, la que siempre busco.
Durante el proceso pude ver a alguien que podía ser la abuela del niño. Traía una pequeña toalla y, supongo que antes de ir a buscarla, ocuparía la silla frente al bote. De repente siento que puedo intervenir en esta historia, que estaba escribiendo con luz; sí, eso mejoraría las cosas respecto de un escritor convencional; me daba a mí un poder del que aquél carecía: el de intervenir en las historias; interactuar, no en mi mente, sino en la misma vida antes de pasar a ser historia; intervenir con todos mis sentidos, además de con la imaginación, con la que se siente más que con los mismos sentidos, porque rara vez se atrofia. Le hago un gesto a la señora con la mano, acompañado de otro con las cejas, y me los devuelve con una sonrisa.
Me voy hasta la silla y juego con el niño; juego con mi historia, con mi foto, con mi luz; restos de jabón en el bote me hacen pensar que ya lo han bañado, así que me limito a echarle agua por la cabeza, con su pequeño cuenco, para después chapotear con él en su agua, porque el agua es suya, como el bote, al menos eso es lo que me dice con el sí más categórico que hay, que es el que se hace con la cabeza, cuando le pregunto, no en laosiano ni en español, sino con gestos, que son los que más nos acercan a los niños.
La que podría ser su abuela no deja de sonreír mientras me da la pequeña toalla que trae entre sus manos. Saco al niño de su bote y lo seco con la toalla en mi regazo.
La historia había continuado escribiéndose aunque yo hubiera guardado ya la cámara. Y cuando la terminase de corregir, de revelar, estaría ahí para poder verla y leerla siempre que quisiera. Es lo que tiene escribir con luz.


El verano

Jesus A. García Pérez

El verano es siempre materia de recuerdo. Los veranos se acumulan en la memoria como marca-páginas de los años transcurridos, guardado cada uno en un sobre cerrado con lacre sobre el que figura una fecha que, con el tiempo, se va volviendo poco a poco ilegible. Vivir un verano es vivirlos todos: cada uno es un holograma que contiene a los demás. Y el tiempo de ocio nos lleva a abrir esporádicamente alguno de los sobres que coleccionamos: el lacre, frágil, se rompe y deja escapar aromas, sabores, imágenes y sonidos de otros veranos.
El verano es un río que fluye incesantemente arrastrando nuestra niñez cada vez más lejos. Es la voz de los mayores, ausentes, la de los que constituían la verdadera sombra bajo la que cobijarnos. Es la indolencia del tiempo remansado en unos pies descalzos que producen ondas en la misma corriente que los balancea. Es la piel cálida, abandonada, ausente de voluntad, traspasada por un tiempo que traicioneramente va desgastándola. Es un cabello revuelto, que se desmadeja acompañado del contacto de unos labios con sabor a sal que pronunciaron palabras hoy ininteligibles. El verano es la pérdida de una sandalia o de un gran amor. Representa el extravío del resto del año, semienterrado bajo capas de cotidianidad. El verano discurre sobre dos ruedas examinando los rincones de una vida que parece ilusoriamente nueva. Y cada uno de ellos se reproduce a sí mismo absorbiendo todos los anteriores y preconfigurando una imagen del siguiente.
Depositamos el verano cuidadosamente como sábana que amortajara un presente definitivamente caduco del que quedan retazos que dan sentido y moldean los veranos que aún nos quedan por vivir, que indefectiblemente estarán amputados de parte de su esencia, de la esencia provista por el tiempo pasado y la niñez irrecuperable.


Chicharras y grillos

Francisca Pérez Álamo

Tanto si el mar se revuelve y parece agitado como si se adormece con su propio movimiento ondulado y constante, cuando el sol nos castiga quemando nuestra curiosidad de turistas inquietos que a las tres de la tarde recorren montañas, caminos y calas, cuando un calor inmisericorde nos hace sudar como la mejor de las tablas de gimnasia y nos retiene y retrasa el paso mientras intentamos recuperar el resuello y apartamos el sudor de nuestras frentes, parando en cada pino, en cada flor, en cada arbusto, en cada lagartija, en cada sombra, en cada trozo de mar enmarcado por rocas y verde que es atrapado por nuestras ávidas retinas, mientras seguimos con la mirada blancas estelas de espuma que dejan lanchas y barcos sobre un mar azul o verde, tranquilo o inquieto, lleno de olas o de ondas, oscuro o claro, pero siempre inmenso, mágico, infinito, misterioso, habitado, omnipresente y cambiante como el paisaje; siempre está presente la misma banda sonora, fija, inamovible, constante, susurrante que invade nuestros oídos relajándolos (esos oídos cansados de ciudades con motores en marcha, frenazos, bocinas, taconeo en aceras y adoquines, voces, gritos y ruido, siempre ruido que intentamos frenar cerrando las ventanas y a golpe de CD´s). A veces, esa banda sonora estalla en una explosión inquietante y turbadora que parece mostrar un enfado ancestral, enfado quizás provocado por nuestra presencia. El director de esta improvisada orquesta sabe ir acoplando a lo largo del día a estos miles de músicos espontáneos que a pesar de no percibir un sueldo por ello nos ofrecen un eterno concierto inigualable que yo disfruto agradecida por parecerme, sin lugar a dudas, la mejor canción del verano.


Bajamar

Juan Carlos Márquez

El niño está muy delgado, tan delgado que de lejos parece un signo de admiración. Corre desnudo hacia la orilla y hunde los pies en la arena mojada. Luego se queda mirando con los ojos muy abiertos la ola que crece y se acerca. Y sonríe. Es una sonrisa que chisporrotea, casi un sorbete de champán, una de esas sonrisas hechas de inocencia que se regeneran y refulgen como destellos sobre el mar. Una lengua de espuma lame sus dedos y el niño retrocede algunos pasos y se esconde tras las piernas de su madre. Ella se gira con la intención de ponerle la visera, pero el niño se cuela entre sus piernas y echa a correr de nuevo hacia la orilla. Busca sus huellas en la arena, hasta se agacha como un detective, pero no las encuentra. Entonces se vuelve hacia su madre y se encoge de hombros. Una señora mayor con un bebé sonrosado en brazos cruza por delante y el niño se la queda mirando. La señora hace carantoñas al bebé y le dice que tiene la misma naricita que su mamá. El niño se queda un momento pensativo, corre hacia su madre y le tira una y otra vez del bañador.
-Mamá, mamá ¿y yo a quién me parezco?
La madre no contesta. Lo aupa en brazos, lo aprieta contra su pecho y aprovecha para ponerle la visera.