3 p.m.
Abner Flores
El sol brillaba más que sus ojos grises y hacía sentir la resequedad en la tierra árida, una ave atravesó furiosa el espacio y le recordó que faltaban dos horas de camino; miró a su abuela y ambos entendieron que debían continuar, tomaron sus cestos cargados de ropa y emprendieron su retorno a casa.
Habían salido a las cinco de la mañana hasta el río más cercano y ahora caminaban solamente acompañados del silencio y el hermoso sol del verano cuando el reloj marca las tres de la tarde.
Elegancia y sencillez
Alfonso Ramírez de Arellano Espadero
No, yo no me pongo colorada, ni sudo, ni sufro. Para mí el baño de sol es un placer. Me gusta tomarlo desnuda. Abandonarme somnolienta a sus caricias. Dejar que el tiempo transcurra al ritmo de las chicharras o de mi propio corazón demorado por efecto del calor y la relajación.
La gente no sabe qué pensar cuando me ve rendida al sol. Puede que les parezca bella, simple o ingenua. No comprenden que se trata de una cuestión vital. Sin sol no sé vivir, no puedo vivir. Podría alimentarme casi exclusivamente de sol, bueno, de sol y de algún que otro insecto como el que acabo de atrapar con mi bífida lengua. Las lagartijas somos así.
Cosquillas
Belén Ripoll Salas
Todavía le gusta acercarse a la orilla y recordar aquella sensación. Alicia cumplía 20 años aquel día. Aquella mañana de abril, cuando descubrió que el horizonte también podía ser azul.
Había oído hablar tanto de él, del rumor monótono de la orilla, de las cosquillas en los tobillos… Ese instante irrepetible quedó grabado como el mejor regalo de su vida.
Hoy ya no le da casi importancia. Lo ve cada mañana al abrir los ojos. Sus nietos han crecido junto a él, y no entienden cuánto significó para ella aquel momento.
Pero lo cierto es que, aunque ahora forme parte del paisaje de su vida, aún se le llenan los ojos de emoción. Como hoy, en esta cálida mañana, al encontrar con unos pequeños pasos esas primeras olas que van muriendo sobre sus pies.
Colores de Madrid
Carlos Escribano
La calle de la Montera está llena de putas. Se conoce que se han trasladado desde las vecinas calles del Barco y Hortaleza. Ahora han tomado el camino que lleva a la Puerta del Sol que siempre se está más cerca de los grandes almacenes y de las tiendas de sex shop. Cada cual se suministra como puede. Las putas de la Red de San Luis tienen la piel bronceada a medias por el sol, y a medias por la raza, que también broncea mucho, y llevan vestidos cortos de colores vivos que marcan la opulencia de sus curvas, todas pronunciadas, excesivas y de radio corto. A todo esto, los grandes palacios del Madrid de los Borbones lucen la piedra gris, clara y limpia. La sede de la Comunidad, que era la Policía pero ya no tiene calabozos sino inacabables archivos de legajos, pinta del color de la tierra de Siena, claro y suave, como de recuerdos mediterráneos; y las casas del antiguo ensanche muestran sus ladrillos desnudos de un rojo oscuro como debe ser la antesala del infierno, con sus tejados oscuros y sus cúpulas de pizarra casi negra. El cielo, no. El cielo es azul brillante como el reflejo de una piedra preciosa. Desde la Red de San Luis, según se mira hacia la Puerta del Sol, Madrid es un cuadro impresionista pintado con tintas de colores intensos.
El torreón del vino
José María Redondo
El torreón de granítica piedra se elevaba en medio de la muralla que rodeaba la ciudad, una pequeña puerta de madera daba acceso a una empinadísima escalera de gastados escalones. La bajada se nos hacía imposible, pues la cantidad de vodka que ya habíamos consumido nos pasaba factura y mermaba nuestros reflejos, por lo que tuvimos que amarrarnos a una maroma que a través de argollas recorría la pared.
El interior se dividía en infinitos recovecos, con mesas y bancos de madera, iluminados por velas. Unas blanquísimas y rubias camareras servían jarras y vasos de estaño que contenían un vino caliente de altísima graduación alcohólica.
Más tarde nos tocaría pensar cómo alcanzar con éxito la calle.
Libre para no querernos
Juan Carlos Labarta
Me paseé por la memoria de la espuma de sal contemplando los pies de la tarde,
encarnecida, leyendo tan sólo los cantos rodados de la orilla.
Y no me sentí solo.
Me sentí guiado por tu mismo viento, desnudo,
aunque apartaras tu mirada y me dijeras que ya no me quieres junto a ti.
Es verdad, yo tampoco me quiero junto a mí.
Verán/Verano
Liu Sai Yam
Un día habrá en que la verá
El día en que la verá, y hablará
Verán.
Un día habrá en que la verá
El día en que la hablará, y habrá
Verano.
Sol
Luis Villalba
El sol quema mi rostro como si sobre él colocaran una sartén.
Los olores y sabores que percibo son intensos y varios, coco, sal, tierra y ron.
Por un momento todos nos convertimos en girasoles, cambiando de posición según se mueve el sol.
Nuestros cuerpos se exhiben como si de una vidriera se tratase.
La variedad es infinita y todos nos sentimos orgullosos de lo que tenemos, ya sea por fuera como dentro.
Se abre la pasarela: niños, culturistas, viejas, metrosexuales, discapacitados, negros, parejas, deportistas, rubios, ricos y pobres, inteligentes y los que no lo son tanto.
Todos buscan lo mismo.
Que el sol caliente sus vidas
Y cargue de alimento su interior
Debajo de tus ojos
María Teresa Barros
Abrió mucho los ojos y no se quedaba nunca quieta. No era fácil encontrar lo que me pedía, que tenía algo en el ojo, que parecía le había entrado un grano de arena, que sentía una picazón como de pequeñas espinas y las lágrimas que no querían salir la impregnaban de sal. Me quedé en silencio mientras la contemplaba acariciando su rostro con mi mirada, ese rostro perfecto que me había hechizado y se parecía a las olas cuando las ilumina el sol. Me acerqué casi rozando su cuerpo, dio un respingo y se apartó de mi lado como el metal al lado de un imán. La playa en esos momentos estaba casi desierta si no hubiera sido por un vagabundo que recogía cualquier cosa que le sirviera. Sabía lo que le pasaba, era una excusa, la conocía perfectamente como para saber que en el interior de sus ojos lo que le molestaba no era precisamente un grano de arena, tenía en ellos el miedo a la primera vez, la vergüenza de contradecir sus enseñanzas, pero también yo sabía que ella me amaba. Entonces le hablé casi arrullándola con las palabras, pasé mis manos por su pelo y las fui bajando hasta su pecho. Sentí la tensión de su sangre y el palpitar de los deseos. Bajó su rostro y se quedó en silencio. Con mis dedos fui abriendo uno a uno los botones de su blusa, parecía una estatua sacada de un museo. El calor de su piel recorrió todo mi cuerpo, inhalé el aire salado para no apresurar mis movimientos y mis labios comenzaron a absorber la sal de sus pezones, rodeándolos, humedeciéndolos con mi lengua. Me apartó muy suavemente colocando su mano en mi torso y sus ojos, oh sus ojos, me miraron con una profundidad de océano mientras por sus mejillas se deslizaban silenciosas lágrimas.
El sol se había ocultado hacía unos minutos y la sentí estremecerse. Tomé la toalla y la puse sobre sus hombros, vamos, le dije, el verano recién comienza.
Un verano especial
Olivia Villoria
En la multitud de ojos oblicuos y cabellos lisos, mi piel de ébano y mis labios gruesos parecían una flor exótica. Bajo el fulgor del sol asiático, éramos en realidad un solo espíritu y una sola alma en el templo de la competencia deportiva y al amparo de la calidez de la solidaridad. Fue un verano de oro, de plata, de bronce y de lágrimas.
Sol y sombra
Roberto Bennett
El torero sudoroso pegó una “espantá” y se protegió detrás del burladero. Pidió agua para beber y le dieron vino. La plaza rugía. Salió nuevamente al ruedo y supo que iba a morir.
El toro también.
Ya llegó el verano
Rosa García Calleja
Otoño, invierno, primavera y por fin llegó el verano
El otro
Juan Carlos Vegas
El niño volteó hacia la pared más lejana de la escuela justo al instante en que una lágrima desconocida y de hiel se precipitaba por su rostro. Esa linda niña le había impostado su color de piel para exigirle que no la tocara... Y él, desarmado, sólo atinó al silencio doloroso de saberse distinto en esa tierra nueva y ajena, por primera vez.
Besos
Viviana Vivas
-¡Por favor no me beses! ¡No lo hagas, por favor!
Pero me besó. En la nariz, en los hombros, en las pantorrillas, en los brazos…y nada pude hacer, era demasiado fuerte para mí.
El resto del verano me escondí de él, no quería que volviera a suceder, y logré rehuirle aunque temía que, en un descuido, apareciera y me atacara otra vez.
Ahora, desde el otoño, miro atrás y no puedo olvidar aquél día en el que sus labios de fuego se posaron sobre mí.
El próximo verano le haré frente. Plantaré una sombrilla frente a su cara, y cubriré mi piel de crema celosamente.
SOLa estaré mejor.
Ventoleras playeras bajo mi sombrilla
Amelia Lora Cadenas
- "¡No serás capaz!". Dijo ella. Justo las palabras clave para envalentonarlo cuando ya no podía aguantar más. Así que hizo un hueco en la arena con el pie y sentado desde la hamaca de playa, apuntó en el centro con su manguera de serie.
- "¡Hace espumita!". Pudo articular ella entre risas.
- "Sí, lo mismo que tú antes en el agua hacías burbujitas".
Azul chillón del verano
Isabel García Rodríguez
Primera quincena de agosto para la familia “los As”: A y "A” con sus a1, a2, y a3 como cada verano llegan a la costa azul. Los As se encuentran, como cada año, con los Bes y con los Ces, dado que, b1 y c1 andan con a1 en la misma cuadrilla, en esta costa azul.
El alquiler resulta tan caro que se podría gritar de…. Los adolescentes son tan insolentes que se podría llorar de…Las señoras “B” y “C” son tan increiblemente esbeltas que se podría poner azul de … Y los señores B y C son tan amablemente correctos que se podría vomitar de… Y todo ello se podría… desde el primer día.
Encontrar de verdad tiempo para sí mismo...
Domingo Acoba
¡Qué rápido pasó el rato del descanso del bocadillo, y con qué pesadez avanzó después el reloj hasta llegar a las seis! Cuando por fin acabó el turno de noche se subieron al coche de ella, todavía vestidos con su ropa de trabajo, y tomaron la carretera rumbo a casa, dejando atrás las voces inofensivas pero contundentes que pegaba el encargado de turno, el ruido de las maquinas, las luces de la fabrica. Este año no iban a tener vacaciones. Necesitaban el dinero para la hipoteca. Por las ventanillas bajadas entró una agradable brisa fresca que solía soplar sobre estas horas suavemente desde lo alto de la sierra. A medio recorrido entre el polígono industrial y la ciudad se pararon, y aparcaron el coche en el camino forestal cubierto de gravilla que corría junto a la orilla del Guadalquivir. Se sentaron sobre la hierba, bajo un cielo hermosamente estrellado y la luna menguante de agosto. La noche era silenciosa, todavía Córdoba dormía. Él respiró hondo, tratando de calmar su agitada mente. En el este, entre las ramas de los grandes sauces, se asomaba ya la primera luz del nuevo día cuando de pronto Juana, aun incansable, se levantaba para bailar Sevillanas, ella sola, descalza y con el pelo suelto, escuchando una música que solo ella oía.
La teta y la luna
Nino Rippi
El, como cada noche llegada su hora, lloraba de impaciencia y apetito; la deseaba locamente.
Ella, esa noche estaba resplandeciente, blanca, luminosa, sobre la mar de satén.
Cuando le ofreció su seno seductor, lleno y prominente, él se abuzó como un sediento al agua fresca del pozo y tomó entre sus labios uno de sus tiernos pezones. Succionó con tanta fuerza, tan impetuosamente, que le hizo un insoportable daño con los dientes.
Entonces ella, con un respingo improbable en su maternal ternura y un ay callado y doliente, lo detestó tanto, que lo destetó.
El sintió, fulminante, el sabor agrio del despecho. Y volvió a llorar.
***
Tras la sorpresiva y desagradable decepción, reflexionó y se dijo: Sí, a mis cincuenta años, seguramente soy demasiado mayor para seguir mamando.
La frontera
Ana Mª Pérez Núñez
Como siempre que vuelvo a mi tierra me emociono.Al llegar por la carretera, y ver el Peñón de Gibraltar, estandarte de mi niñez y adolescencia, mis lágrimas salen solas.
¡Que misterio era entonces para mí!. Se levantaba majestuoso y permanecía allí aislado, fuera de mi alcance. La Línea de la Concepción por aquí y por allí y él en medio parecía reírse de mi curiosidad: “¡Rabia rabiña, aquí estoy, como siempre, pero tú no puedes pasar!”
Solía mirarle desde el instituto “Menéndez Tolosa” en el que estudiaba. “¿Qué habrá alli? ¿Cómo serán sus calles? ¿Y sus habitantes”. A veces, después de las clases, bajábamos a la playa y nos poníamos cerca de las alambradas retorcidas y llenas de pinchos, altas, que nos decían: “¡Alto! ¡Hasta aquí sólo!” y la curiosidad aumentaba más y más.
Tardé muchos años en comprender,- La poca información que tenía era confusa y a la vez censurada.
Cuando cumplí 15 años cerraron la frontera y mi padre se quedó sin trabajo: él trabajaba allí, en Gibraltar.
El gobierno le buscó un trabajo en Madrid, y aquí vinimos a parar todos: mis padres, mis hermanos y yo.
La primera vez que crucé la frontera, se desveló el enigma más grande de mi mida. Descubrí sus calles, la variedad de culturas, el cementerio con las lápidas escritas en inglés, el aeropuerto, los comercios de la calle Real, los monos, en fin como era de cerca aquella roca inmensa y cómo hacían casas en los sitios más insospechados para aprovechar el espacio. Pero lo que más me impresionó es que los “Llanitos” , los habitantes de Gibraltar, hablaban ingles y andaluz, si de repente te decían: “Goodmorning” y tú contestabas: “bueno día” se contagiaban de tu acento: “Bueno diaceñora, qué deceauztécomprá? Quiere ve argo enepeciá”
Como siempre que puedo, este año volví. Cuando le ví a lo lejos ya no me decía: “Rabia rabiña…” Entre mis lágrimas sentí que me daba la bienvenida y me estremecía más que otras veces, y es que, a pesar de todo, forma parte de mí, de mis raíces.Mi corazón no entiende de fronteras.
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