edición personal

 

 

 

 

¡Felicidades a todos los ganadores! Recordarles que recibirán como premio un pack de libros editados por edición personal y un original grabado.

 

La teta y la luna
Nino Rippi

El, como cada noche llegada su hora, lloraba de impaciencia y apetito; la deseaba locamente.
Ella, esa noche estaba resplandeciente, blanca, luminosa, sobre la mar de satén.
Cuando le ofreció su seno seductor, lleno y prominente, él se abuzó  como un sediento  al agua fresca del pozo y tomó entre sus labios uno de sus tiernos pezones. Succionó con tanta fuerza, tan impetuosamente, que le hizo un insoportable daño con los dientes.
Entonces ella, con un respingo improbable en su maternal ternura y un ay callado y doliente, lo detestó tanto, que lo destetó.
El sintió, fulminante, el sabor agrio del despecho. Y volvió a llorar.
***
Tras la sorpresiva y desagradable decepción, reflexionó y se dijo: Sí, a mis cincuenta años, seguramente soy demasiado mayor para seguir mamando.

 

Colores de Madrid
Carlos Escribano
La calle de la Montera está llena de putas. Se conoce que se han trasladado desde las vecinas calles del Barco y Hortaleza. Ahora han tomado el camino que lleva a la Puerta del Sol que siempre se está más cerca de los grandes almacenes y de las tiendas de sex shop. Cada cual se suministra como puede. Las putas de la Red de San Luis tienen la piel bronceada a medias por el sol, y a medias por la raza, que también broncea mucho, y llevan vestidos cortos de colores vivos que marcan la opulencia de sus curvas, todas pronunciadas, excesivas y de radio corto. A todo esto, los grandes palacios del Madrid de los Borbones lucen la piedra gris, clara y limpia. La sede de la Comunidad, que era la Policía pero ya no tiene calabozos sino inacabables archivos de legajos, pinta del color de la tierra de Siena, claro y suave, como de recuerdos mediterráneos; y las casas del antiguo ensanche muestran sus ladrillos desnudos de un rojo oscuro como debe ser la antesala del infierno, con sus tejados oscuros y sus cúpulas de pizarra casi negra. El cielo, no. El cielo es azul brillante como el reflejo de una piedra preciosa. Desde la Red de San Luis, según se mira hacia la Puerta del Sol, Madrid es un cuadro impresionista pintado con tintas de colores intensos.

 

Sol y sombra
Roberto Bennett
El torero sudoroso pegó una “espantá” y se protegió detrás del burladero. Pidió agua para beber y le dieron vino. La plaza rugía. Salió nuevamente al ruedo y supo que iba a morir.
El toro también.

 

Horario de verano
Ernesto Ortega
La culpa es del maldito horario de verano que me obliga a levantarme dos horas antes para llegar a la oficina. Me he olvidado de cerrar la ventana y el motor de un coche me ha desvelado. De noche los ruidos se oyen con mayor intensidad. Si me dejo la ventana abierta, siempre pasa algún coche tirando de acelerador y ya no puedo dormir. Lo más extraño es que luego no vuelvo a oír ninguno más. Por mi calle apenas hay tráfico, en verano menos. Quizás esos coches no pasen en realidad, quizás formen parte de un sueño, porque, cuando el ruido del motor se me mete en el cuerpo, es como si los viese cruzar por la habitación. Son coches antiguos, coches alargados de color rojo, con faros de metal que transitan por autopistas desiertas, autopistas que no llevan a ningún lugar. Cuando me despierto el ruido ha cesado. Si cierro la ventana, tampoco puedo dormir, porque el calor se hace insoportable y, al final, me tengo que levantar para que entre algo de aire. La culpa la tiene el horario de verano. Por las tardes estoy tan cansado que me quedo dormido en cualquier sitio y por las noches el mínimo ruido me desvela. Miro el despertador. ¿Las cuatro? Todavía faltan dos horas para coger el tren. Un tren vacío. En verano las oficinas y las ciudades y los vagones están vacíos. Tengo las sábanas pegadas. Las aparto y me levanto envuelto en sudor. Sobre la cama, las sábanas se quedan hechas una piña, parecen la camisa de una serpiente que ha mudado de piel. Voy al baño, meo y tiro de la cadena. Es una expresión echa porque los váteres ya no tienen cadena. Los coches tampoco tienen faros de metal. El rugido de la cisterna me parece la presa de un pantano. De noche los ruidos se multiplican. Pego la oreja a la pared y puedo escuchar la respiración de mis vecinos. Me pregunto si ellos tendrán el maldito horario de verano.

 

Elegancia y sencillez
Alfonso Ramírez de Arellano Espadero
No, yo no me pongo colorada, ni sudo, ni sufro. Para mí el baño de sol es un placer. Me gusta tomarlo desnuda. Abandonarme somnolienta a sus caricias. Dejar que el tiempo transcurra al ritmo de las chicharras o de mi propio corazón demorado por efecto del calor y la relajación.

La gente no sabe qué pensar cuando me ve rendida al sol. Puede que les parezca bella, simple o ingenua. No comprenden que se trata de una cuestión vital. Sin sol no sé vivir, no puedo vivir. Podría alimentarme casi exclusivamente de sol, bueno, de sol y de algún que otro insecto como el que acabo de atrapar con mi bífida lengua. Las lagartijas somos así.

 

Besos
Viviana Vivas

-¡Por favor no me beses! ¡No lo hagas, por favor!

Pero me besó. En la nariz, en los hombros, en las pantorrillas, en los brazos…y nada pude hacer, era demasiado fuerte para mí.

El resto del verano me escondí de él, no quería que volviera a suceder, y logré rehuirle aunque temía que, en un descuido, apareciera y me atacara otra vez.

Ahora, desde el otoño, miro atrás y no puedo olvidar aquél día en el que sus labios de fuego se posaron sobre mí.

El próximo verano le haré frente. Plantaré una sombrilla frente a su cara, y cubriré mi piel de crema celosamente.

SOLa estaré mejor.

 

Ya llegó el verano
Rosa García Calleja
Otoño,  invierno, primavera  y por fin llegó el  verano

 

Capitel nocuturno de avispero
Carmen Garrido Ortiz

Ya no recordaba el canto de los alcaravanes: sonido de parto de mujer antigua, primera madrugada en el sur. Soñé mis pasos para entretener la imaginación, desbordada, tras la vuelta a Córdoba aquella mañana de mediados de julio. El calor, que asolaba la calle Judíos, todavía permanecía en mis sienes; la textura laberíntica de los pendientes de filigrana, bamboleándose inquietos; el olor a guadamecí del taller árabe de la calleja de las Flores; y un  sabor cárdeno a agua de Sierra Morena, bebida en la plaza más pequeña del mundo, la del Pañuelo.

Sobre la mesilla de noche, surrealismos de Romancero; Edith Piaf y el canto del muecín reverberando; el gato de Rodolphe Salis, dormitando. La vie en rose se había parado entre las petunias de los patios de San Basilio. La alquimia sureña residía en el néctar de las cabezuelas de jazmín, las que había libado mi madre mientras cosía en la Singer, años cuarenta, mi padre rondándola con sus ojos verdes. Por palabra, el silencio. En la misma cama de hierro donde todas vinimos al mundo, Córdoba daba vueltas en mi cabeza, treinta grados a la sombra, diez años después de mi huida a París. Me deshice el moño para descansar la cabeza, aquél que aprendí a enredar de los cuadros de Romero de Torres. El galgo taciturno del pintor sigue buscando a su dueño por el barrio de Santa Marina, me contó el hacedor de lluvia, un viejo legionario –medio loco- que provoca tormentas cada 24 de octubre.
En el Palacio de los Orive, la dama de blanco también se apareció, su cadena de fantasma viejo tintineando, “por hacer algo por el turismo”, dijo, desdentada su calavera. No soporta a la adúltera de la Torre de la Malmuerta, eternamente culpable. Le suena a poesía de Góngora, pecadora barroca y lastimera. “Ahora los espectros somos más livianos, sin casas ni gentes a las que asustar, el estío y el viento del Sáhara adormecen los miedos”.

Seguía la canela de la cena sobre mis labios. Me los mordí muchas veces esa noche, para que anidaran en la sangre. Dejé el cuerpo desnudo y lo recorrieron las brisas de la sierra, conocidas como me eran. Fueron esos vientos mi primer pañal.

A eso de las cuatro me dormí, el calor derritiendo cualquier recuerdo de Montparnasse. El Sacre Coeur era ahora una Mezquita omeya, las palmeras bordeando el Louis Vuitton de los Campos Elíseos; los Piconeros, chanson de guitarra española.

Al amanecer, la cama se había teñido del color azul de las pavesas. Prohibido quemar rastrojos, decían, pero sobre mi pelo volaban restos de trigos de la campiña, agujereando la ceniza los paseos por Saint Sulpice; las lecturas en Miss Manon; el Café Deux Magots de las tardes invernales. Mi cabeza, capitel de avispero en taberna de plateros. De nuevo, Córdoba me hacía suya. Y en el Guadalquivir –el Sena del resto del verano- sonaron en plata las campanas del día.

 

Guisos de sal y sol
Mª Rosario Naranjo Fernández

La receta preferida de la abuela sólo podía elaborarse a orillas del mar, bajo un manto de estrellas durante las mágicas noches de verano. Una vez a la semana nos reuníamos en la playa al caer la tarde y daba comienzo el ritual. Llegábamos disfrazados de carnaval y haciendo el desfile: el tío Calixto presidiendo la marcha con un enorme cucharón de madera al hombro: un, dos, un dos…; mamá con la caldera, un cacharro de dimensiones exageradas del color de la sangre, la abuela con la caja secreta, y detrás todos nosotros, formando una fila perfecta, cada uno provisto de alguna herramienta necesaria: un cesto repleto de pétalos de dama de noche, una pata de cangrejo, un puñado de conchas, una caracola gigante o el esqueleto de un erizo.
La abuela se arremangaba el vestido y se adentraba en el mar hasta que el agua le cubría las rodillas, llenaba la caldera con el líquido salado y lo colocaba sobre unos troncos que anteriormente había dispuesto formando un esmerado círculo. Justo cuando se disponía a prenderle fuego para iniciar la fiesta hacía su aparición estelar Pepita la del gabacho. Le gustaba llegar dando voces, lo que a menudo arrancaba algún exabrupto a la concurrencia. ¡Qué escandalosa la condenada! Así resultaba imposible concentrarse.
Una vez restablecida la calma continuaba la ceremonia: cada uno iba depositando, por riguroso orden en la clasificación en el concurso de chistes, el ingrediente prodigioso que llevaba consigo. La última era siempre la abuela quien, rodeada de un halo misterioso y con el ceño fruncido por la determinación, avanzaba hacia el caldero sujetando la caja con aire devoto. Todos debíamos cerrar los ojos mientras ella vertía sus famosas lágrimas de sol, ya que sólo ella estaba autorizada por el universo para capturar y contemplar aquellos rayos dorados.
Cuando oíamos deslizarse la tapa nuevamente sobre la caja todos nos lanzábamos como posesos sobre el cucharón y no parábamos de remover la mezcla y de bailar alrededor de la olla hasta el amanecer, cuando el estruendo producido por una sucesión de fuegos artificiales saludaba el nuevo día. Para entonces ya estábamos embriagados de gozo y uno por uno nos íbamos dando un baño “revitalizante” en el guiso de la abuela.
Después, sólo nos quedaba dejar pasar la semana para volver a disfrutar de un nuevo sabroso plato de sal y de sol.

 

Río de la infancia
Adela Guerrero Collazos

Vacaciones.... ¿Dónde el rio de la infancia ? ¡Qué calor!