Acerca de “Fue mejor que la nada” (temas y variaciones), de Manuel Ortiz Pérez, por Juan Miguel Sánchez García
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He tenido el privilegio de leer este nuevo libro de poemas de Manuel Ortiz, poeta insomne de los misterios de la vida, allí donde se extienda. En su voz, llega una neblina de melancolía, una razón de la existencia que es vivida por esos personajes poéticos que se lanzan a hablar, con un sentido del mundo que traduce lo que no tiene nombre y lo que no debe ser nombrado, porque está mal nombrado -y es misión del poeta buscarle un lugar más adecuado en la luz de la palabras-. Renombrar, como misión del poeta, rehacer un lenguaje como código de un mundo vivido e interpretado. Gracias a la cercanía nunca rota, -valiéndome del favor del nepotismo-, pero sabiendo que me une a su espíritu más de lo que las circunstancias nos han deparado de proximidad física, he podido leer, en esta su edición personal, los versos de su médula, la esencia depurada de su alambique que expresa con aparente sencillez una infinitud de horas de reflexión y de sentimiento. El dice que es lento escribiendo poemas. La creación poética no tiene prisa (ni prosa), va con un ritmo propio, el apunte del poema no es la creación del poema, que probablemente ha estado barruntándose durante días o meses o años. Todavía releo “Habitar lo inhabitable” (su primer libro de poemas) y me resulta difícil hablar de él porque la buena poesía depara una verdad provisional en el lector, que siempre superará una lectura ulterior. Sin prisa su creación, y sin prisa su lectura placentera, porque es un libro que está hecho desde la honestidad y de ahí su autolimitación, su contención, su comedimiento, su voz sin estridencias ni desesperación, la impregnación clásica de sus versos, porque “Fue mejor que la nada” es un libro clásico y actual, no responde a una moda sino a la sinceridad del arte, a la creencia en el poema compacto donde lo que se dice resulta al leerlo una verdad que no cabe en otros términos (de ahí la traición de toda traducción, incluso crítica), que no pretende metas impropias de la poesía. El libro consta de diez partes, -como diez dedos, imprescindibles todos para arrancar al piano la melodía y el ritmo-. Transitan los versos por el tiempo, desde la niñez, la vida, el amor al fondo del escenario, nunca en la voz propia, el abandono de los que más amaba, la muerte como certeza y un incierto después. Pero también está la Vida, está la especie, que son los coetáneos que nos acompañan (los inmigrantes, los que sufren la violencia), la madre Tierra que se malgasta, el expolio de la vejez, la enfermedad del cáncer que vende la vida en un saldo, los mitos y los personajes y los escritores que fueron. Y al final, ¿qué queda al final?¿qué nos queda? ¿Dios? (“y ese frío silencio de nuestro arrendador”), ¿la inmortalidad? (“gozando en libertad, y para siempre/ las espigas azules del espliego”). Deseo e incertidumbre. Y siempre el contrapunto en todo. Si de la infancia rescata la magia del encuentro con las letras, a un tiempo aparece la amarga imagen del adusto educador (“taumaturgo irascible”); mas siempre el hombre bueno sabe resolver con la reconciliación y el perdón (“la carencia de amor en el maestro/(…)/no ha podido empañar la gratitud”), y ello nos llena de esperanza en un mundo necesitado de compromisos éticos, y que resuelve los agravios con la inmensidad del espíritu. Hay un cristiano original, un estoico de nuestro tiempo, sin fundamentalismo ni excentricidades, alguien que puede llegar a la ataraxia, un hombre “en el buen sentido de la palabra bueno”, no sólo como artista, porque hay maestría y humildad en el arte, y hay pensamiento y sentimiento puros en la materia poética, y también algún eco -diálogo con otros poetas-, cuando algún inmigrante “entona una canción/que el vino trae de lejos, de su tierra”. El vino, como la guitarra del mesón, arranca notas dormidas del que está lejos de su hogar. Porque en la vida hay sutiles metáforas que pueblan la realidad cotidiana, y el inmigrante es una de ellas, el expulsado del paraíso de su infancia, el que ha visto con tristeza convertir el paraíso en un infierno (los echaron a patadas/el hambre y la miseria), y trabaja en levantar un muro, un lugar seguro ya lejos de los suyos. ¿No es esa la imagen real de cada ser humano expulsado del paraíso de su infancia, transando cada día con la vida, soportando ver pasar el paisaje que nunca hace suyo mientras el barco inexorable se mueve hacia el puerto de destino? ¿No es una metáfora silente, que Manuel Ortiz despierta con cariño y respeto, el cromo del centro de oncología? He aplaudido también al oír esa campana de nuevo anunciando un alta nueva a alguien curado que no soy yo, porque una vez más la esperanza también está en los demás, en todos, aunque te venzan y acosen los propios “atrios del dolor”. En ese dolor están todos, los otros enfermos, los oráculos con sus palabras ambiguas, las ardientes visitas. Quien lo ve, según Manuel, piensa en una orquesta herida. Orquesta herida en dos sentidos, cada uno es una orquesta que, en su enfermedad –cada ser humano es una enfermedad- muestra la disonancia de sí mismo (“rebelado contra su propia música”), pero también cada uno como miembro herido de una orquesta social (“roto la concordia”). En este libro, hay logros y sueños abandonados (también cuando era joven/soñaba que estaban esperando/tesoros más allá del horizonte./Después me arrepentí de no buscarlos). Hay amor en cada acera, en cada playa, aunque ese tipo de amor sea pasajero, como todo en la vida, y los que le dan forma no saben que “vendrán, con la costumbre,/ el tedio y las discordias,/la inquietud, tan humana,/de alcanzar otra carne, nuevas tierras/con pájaros desconocidos”. Tal vez me precipité antes, al decir que el amor aparece al fondo, pero nunca en la voz propia. Y no es así, “Fue mejor que la nada” es un libro de esperanza, de amor y de gracias a la vida, eufónico, mas no eufórico, lleno de contrastes, de dulzura y comprensión por estos seres. La vida que muestra no es triste, es habitable, es la de los sentimientos maduros y la empatía, la de la solidaridad desde la profunda caverna del ser solitario; es, en definitiva, la vida, que como música, resuena en las paredes de esa espelunca cavada con los dientes de cada voraz minuto que ha pasado. Es un libro de paz y recogida, porque “a punto de ocultarse tras el último/ recodo del camino,/ mira la ciudadela y agradece esa dicha./ No importa si pagaste con usura./Fue mejor que la nada”. Este libro no sólo es mejor que nada sino mejor que mucho, y por eso merece ser conocido ampliamente. Mientras tanto, estoy seguro de que Manuel Ortiz, “también en la corta vigilia de los sentidos que nos quedan”, sabrá darnos nuevos frutos de su ejercicio magistral con la palabra. Su soledad ha sido un gran empleo, su quehacer poético nos debe más, de su valentía nuevas labores, aunque sean virutas de su taller, esquirlas que aún ve su alma, aunque la niebla empañe sus ojos. Gracias por estos versos, Manuel.
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