Mi balón de badana
Gredoma

 

«Se quiere más lo que se ha conquistado con más fatiga» (Aristóteles)


Cuando vuelvo con la memoria a mi más tierna infancia veo un juguete que jamás he podido olvidar: mi pelota de badana. Recuerdo la tarde en que mi padre me llevó por primera vez a presenciar un partido de fútbol; cuando los dos equipos salían del vestuario vi un objeto redondo, de cuero.

-¿Qué es eso redondo, papá? -pregunté con todo el entusiasmo de mis escasos siete u ocho años. Mi padre alzó la cabeza para mirar hacia el polvoriento campo de tierra.
-¡Es un auténtico balón de fútbol, de cuero, oficial, para jugar encuentros federados! -exclamó.

Aquélla era una palabra nueva y mágica para mí. Comenzó el partido; once contra once, los dos equipos uniformados y de diferentes colores; en medio del terreno de juego un señor vestido de negro al que todos llamaban árbitro y al cual le decían muchos improperios e insultos y, a nuestro alrededor, varias decenas de aficionados que gesticulaban muy emocionados con cánticos y gritos de aliento a sus colores, a su equipo.

Aquel balón de cuero tenía un marco construido con hilo bien armado. Por cada costado estaba pintado, un lado de color blanco y otro negro. El balón, en aquel mi primer partido, fue el centro de la atención de todos, no sólo de los dos equipos que se lo disputaban como si fuera un auténtico tesoro, sino también del árbitro, que lo miraba un tanto receloso, como con miedo a que le hiciera daño, por lo que lo perseguía corriendo constantemente sin apartar la mirada de él y, de la misma forma, de todos los aficionados que giraban la cabeza en continuo zigzag según la situación del balón en el terreno de juego.

Comenzó el partido y el balón iba de un lado a otro del campo; cuando llegaba a la red o dentro de alguna de las porterías, una parte del público vociferaba «¡Gol... gol... gol!». Al finalizar el partido unos salieron del campo muy contentos, eufóricos y otros tristes, cabizbajos y totalmente decepcionados. Comprendí luego que esa manera de terminar un partido era la ley del fútbol y muchas veces de la propia vida: ganar o perder. Fue aquel partido mi primera experiencia deportiva a mis sólo siete años. Por supuesto, no me acuerdo ni del nombre del árbitro al que tanto nombraban e insultaban desde las gradas, ni mucho menos de los dos equipos que con tanto ardor luchaban por conquistar mi, desde aquel día, juguete preferido. A mí lo que más me impresionó fue el objeto redondo, duro y de cuero al que todos miraban y al que los jugadores luchaban por parar y mandar su loca carrera. Quién sabe cómo, el maravilloso juguete pasó a manos de mi padre. Y durante una temporada y siempre que el tiempo y sus ocupaciones y obligaciones lo permitían, me llevaba al campo para jugar con él y lanzarlo al aire para emular a aquellos mis primeros jugadores que tanto corrían por dirigirlo hacia la portería enemiga. Recuerdo que mi padre ponía el balón en mis manos para que yo lo controlara mientras me decía:
-Sujétalo bien. ¡Este balón se convertirá en tu mejor amigo! Será tu juguete preferido, pero se irá para siempre si lo maltratas con los pies.

Al oír todo esto, aferraba mis manos con tanta fuerza sobre su esfera que podía sentir las vibraciones que emitía desde dentro. ¡El buen balón de cuero cobraba vida a ras de suelo y por el aire, en el cielo! Me gustó tanto este juguete que, con el tiempo y después de darle tantas patadas, se fue deteriorando y al final terminó desinflado, maltrecho, roto y dentro del cubo de la basura. No obstante, ya tenía la noción de lo que era un balón de fútbol y decidí diseñar y construir uno nuevo, no de cuero, sino de badana, que resultaba muchísimo más económico. Sin embargo, mi primer balón de badana fue un fracaso y no se sostuvo ni en el aire ni en el suelo. Se estrelló contra la pared en cuanto le comenzamos a dar las primeras patadas. Una y otra vez lo volví a intentar y le hice pequeños ajustes; tenía que ganar mi primera batalla en la vida y comencé a trabajar con mucha ilusión. Finalmente, até de nuevo el marco rellenándolo de mucho papel y de viejos periódicos. Con el nuevo balón de badana recién terminado, al atardecer salí a encontrarme con los amigos que esperaban para ver mi nuevo artilugio. Hicimos dos equipos sobre aquel espacio seco y pedroso del barranco del barrio. Como éramos ocho, lo dividimos: cuatro a un lado y los otros en el otro lado del campo. No teníamos aficionados que nos animaran, sólo alguna madre que nos vigilaba desde lo alto de la casa o del propio balcón de la misma; sin embargo, a pocos metros, había un par de cabras y, entre las piedras del fuerte calor reinante, algún lagarto que se convertían en los únicos interesados en nuestro simulacro del partido.

Mi balón de badana fue el centro de interés de todos y aquello me hizo sentirme importante y muy orgulloso. Le pedí a uno de mis amigos que lo lanzara y el partido dio comienzo. En el maltrecho campo el balón de badana rodaba a sus anchas y todos disfrutábamos de nuestro juego de niños. No llevábamos mucho tiempo jugando cuando llegaron otros niños que quisieron apuntarse al partido. Uno de ellos se convirtió en el narrador del encuentro y comenzó su «trabajo» anunciando las alineaciones: por los de la Calle Nueva, que era como se llamaba el equipo rival, jugaban el Buque en la puerta y en la defensa Mongo, Tato y Lelo, y en el nuestro, que se denominaba el Casamata C.F., lo hacía el Manco de portero y en defensa el Alpispa, Apache y el más rápido de todos, el Avioneta.

Fue fantástico y a partir de ese día organizamos nuestros campeonatos, nuestros propios torneos, nuestros mundiales. Cada tarde, cada fin de semana, nuestra cita estaba en aquel lugar, estrecho campo de tierra y piedras, y siempre con mi balón. Y aquellos momentos luego sirvieron para que muchos de nosotros perdiéramos nuestra timidez; nos hicieron más sociables y, lo más importante, forjaron la amistad que compartimos y que aún muchos mantenemos a lo largo de tantos años, sobre todo con mi balón de badana con el que tanto disfruté. En cada período de descanso se hablaba de todo, aunque los temas fundamentales siempre giraban alrededor del juego y el colegio, pero sin olvidar otros que nos llamaban ya poderosamente la atención. Ese balón nos hizo saber ganar y perder, algo muy importante en la vida y en el deporte; el respeto y el amor; el cariño que mantuvimos y, sobre todo, nos enseñó a amar las cosas más insignificantes por muy pequeñas que sean. Me gustaba describir con mis amigos de infancia la placidez del juego y del balón. Me gustaba su cara, su voz, su risa, su forma de hacernos tan felices, porque mi balón, aunque les parezca mentira, reunía características casi humanas. Fue como un ser vivo a través del que giró toda nuestra infancia: rodaba, saltaba, volaba, hacía piruetas. Constituyó el pilar para que los amigos jugaran, los curiosos miraran. Hoy en día no tendría cabida mi pequeño artilugio. Hoy ocupan las habitaciones de los más pequeños otros aparatos más sofisticados; sin embargo, todo eso no lo cambiaría por nada y menos por mi balón de badana que me hizo disfrutar como a un enano y, a larga, enriquecerme de tantos valores. Por eso comprendo esa frase de Aristóteles que dice que se quiere mucho más lo que se ha creado con fatiga que lo comprado. ¿O no?

(Nota aclaratoria) ** Badana es la hoja del plantón del plátano que, cuando está seca, se usa para muchos menesteres, entre otros, para fabricar los balones de badana de nuestra infancia.