
Mi fútbol
Igor Cano de la Torre
Los nervios se sienten en el estómago, cuando deje de sentir ese cosquilleo sabré que es hora de dejar el fútbol. Preparo la bolsa con detalle para que no haya sorpresas al vestirme. Cuando llegamos al vestuario predominan las bromas, pero cada jugador ya piensa en el partido. Llega la charla pre-partido y es hora de analizar al equipo contrario. Todos los rivales tienen características especiales y siempre hay algún jugador especialmente desequilibrante por sus goles, sus paradas, sus disparos o sus marcajes.
La tensión tiene su cenit cuando se canta la alineación titular y escuchas tu nombre, sientes la obligación de cumplir por respeto a los compañeros que se quedan en el banquillo y, por lo menos, aunque no tengas tu día, te prometes a ti mismo que vas a trabajar por el equipo y que nadie te reprochará falta de actitud y un esfuerzo importante.
Empieza el calentamiento y, a la vez que te preparas
físicamente y rompes a sudar, empiezas a prepararte mentalmente para
hacer un buen partido. Sigo con los nervios en el estómago, es curioso
que esos nervios te hagan querer orinar en los momentos antes del partido pero
cuando vas al baño no puedas hacerlo.
Cada jugador tiene su cometido en el campo, y en mi caso se me supone perforar
la portería contraria. El delantero ha de marcar goles, si no lo hace,
mal asunto.
Con el pitido inicial el cosquilleo nervioso desaparece y te centras en el partido; da igual lo que te digan desde fuera porque ahí dentro no oyes nada, estás en una burbuja concentrado en tu misión. Tengo un objetivo claro entre ceja y ceja: marcar gol y ganar el partido. Todos los partidos son importantes y marcar gol me hace disfrutar más todavía de la pasión de jugar al fútbol. Son muchas sensaciones las que me acompañan en el campo, únicas como el olor de la hierba, peculiar y agradable, el sentir que las botas forman parte de ti mismo al apretarlas y el notar que se adaptan a tus pies desprendiendo olor a grasa, los cómplices cuchicheos con tus compañeros buscando algún movimiento desequilibrante, las tensas discusiones momentáneas con tus compañeros o con los rivales fruto de la tensión del encuentro, los golpes fuertes, los choques duros pero nobles, la desesperación por un pase claro que no te han dado, los lamentos por errores cometidos o ocasiones marradas.
Termina la primera parte y seguimos con tablas en el marcador. Es la hora de corregir errores y recibir reprimendas y felicitaciones por jugadas concretas.
Momentos de sentir unidad entre todo el equipo, ánimos por doquier se escuchan en la caseta, si no estamos juntos se nos escapa el partido, y llevamos una semana de trabajo para ganar y amarrar los tres puntos.
Comienza la segunda parte; los comentarios entre nosotros se han alargado demasiado y quizás reanudamos el juego un poco fríos, lo que aprovechan los rivales para hacernos un gol. En ese momento se agachan cabezas, se maldicen los fallos que han provocado que vayamos por detrás en el marcador y se siente frustración durante los segundos que tarda en llevarse el balón desde el fondo de las mallas de tu portería hasta el centro del campo, desde donde tengo que sacar para intentar la remontada. Pasan los minutos y no estamos bien, ellos no nos hacen ocasiones, pero nosotros tampoco y vamos perdiendo, los minutos pasan y la prisa te comienza a apretar, lo que provoca siempre precipitación en el juego. De repente un buen desmarque, siento que ahora sí hay que decidir, mi compañero me ha visto y me envía un pase precioso que no puedo desaprovechar. En estos momentos juegas por instinto, no piensas, lo que hagas te saldrá por naturaleza y es ahí donde ese instinto separa a los fuera de serie de los jugadores mediocres. Controlo el balón y encaro al portero rival, he visto hueco; convencido de mi pierna derecha me acomodo y me preparo a golpear el esférico, pero cuando voy a hacerlo siento un fuerte choque que me derriba y me impide continuar. Desde el suelo observo al árbitro señalar el punto de penalti. Se enfrenta la emoción por esta gran oportunidad de marcar y la frustración por sentir que me han impedido de manera brusca conseguir mi objetivo, que es el gol, frustración multiplicada cuando el trencilla no muestra tarjeta al infractor, lo que nos beneficiaría sobremanera porque dejaría al equipo contrario con un efectivo menos y juzgamos totalmente merecida.
Mi compañero se dispone a lanzar el penalti, y aunque tengo una fe ciega en él, me preparo para llegar al rechace. No hace falta; como todos esperamos marca y aunque nos abrazamos a él, la celebración no es completa porque queremos la victoria. Nos apresuramos a nuestro campo y en cuanto proceden al saque de centro nos abalanzamos a presionarle. Sentimos emoción y mucha moral, el partido lo podemos ganar y luchamos a tope cada balón para conseguirlo. El tiempo avanza y se nos acaba, el entrenador hace dos cambios simultáneos buscando frescura y profundidad, atacamos en tromba pero sin claridad de ideas, tenemos el empuje del corazón pero nos falta orden y disciplina. Quedan escasos cinco minutos, nuestro lateral derecho sube al ataque y logra llegar a la línea de fondo, saca un centro precioso que se enfila hacia mi cabeza, salto pugnando con mi marcador y logro golpear el esférico. Sigo la trayectoria mientras caigo al suelo y observo cómo el balón golpea con violencia en el larguero de la portería rival y a continuación es despejado por un defensa contrario. Nos llevamos las manos a la cabeza y la decepción se adueña de nosotros. Seguimos achuchando pero ellos se defienden con uñas y dientes y logran achicar todos los balones que acercamos a su área. Atacamos a la desesperada y llega un balón suelto en la frontal del área grande que consigo controlar; me dispongo a disparar y contemplo cómo dos contrarios me tapan el tiro deslizándose por la hierba; amago y recorto hacia la izquierda, levanto la cabeza y veo al meta rival; es un mano a mano entre él y yo, golpeo al balón lo más duro que puedo e intento cruzarlo al palo largo lejos de su alcance; nada más salir el balón veo claro que sí, que sí va entrar y mi alegría estalla cuando el balón besa la red, ¡gol! . Por instinto corro hacia el corner celebrándolo con los brazos en alto y gesto de rabia, me doy la vuelta y veo a todos mis compañeros que se acercan velozmente gritando eufóricos, nos fundimos en un multitudinario abrazo al que se unen los compañeros del banquillo y el entrenador, sentimos acariciar la victoria y yo personalmente siento que he cumplido. Sin embargo aún quedan un par de minutos en los que hay que defender el resultado. Ahora son ellos los que se apresuran a sacar y se acercan en tromba hacia nuestra portería, despejamos todos los balones con fuerza lejos de nuestra área; ya no hay nadie de nuestro equipo arriba, ahora somos todos defensas esperando el pitido final del árbitro. Ellos se acercan con peligro y logran forzar un saque de esquina, puede que sea la última jugada del partido y la tensión se palpa con agarrones, férreos marcajes y gritos pidiendo tensión a la hora de defender. Se saca el corner y nuestro portero despeja con los puños lejos de su portería, el rechace es mal controlado por un rival y el balón se acerca a mi pierna derecha con dócil movimiento; lo golpeo con todas las fuerza que me quedan y lo envío hasta la portería rival, donde lo atrapa el portero y se dispone presto a devolverlo a nuestra área, pero cuando el balón surca el cielo del medio campo oímos el pitido del final del partido y nuestras muestras de alegría se hacen patentes.
Los dos equipos nos saludamos deportivamente y nosotros salimos victoriosos y satisfechos. Me siento reconfortado con los aplausos de la gente.
Yo personalmente estoy feliz, una sensación de
bienestar invade mi cuerpo a pesar de las magulladuras del envite, disfruto
al máximo del momento y pienso, ya sentado en el vestuario entre las
felicitaciones de los compañeros, que vale la pena sentir el fútbol
como yo lo siento .