El último minuto
Mónica Visiedo

Supliqué, imploré, lloré y al ver que no surtía ningún efecto sobre aquel cretino, recé cuanto supe. Tampoco dio el resultado esperado.

Aquel tarado estaba dispuesto a acabar con mi vida si perdía el equipo y, puesto que el partido no había comenzado, aún me quedaban noventa minutos de posibilidades junto con un plus de prórroga que, según mi pronóstico, podría ser larga.

Me sentía el ser más desgraciado del mundo. Aquel hombre juraba acabar con mi vida y era incapaz de encontrar un plan de condiciones para salir de aquella absurda situación, pero... ¿cómo era posible que hubiese llegado hasta ese límite?

Aquello no era algo casual. Lo había estado meditando durante algún tiempo y ahora el peligro era inminente. ¡Iba a aniquilarme! ¿Qué podía hacer yo? Cada vez que uno de sus amigos se levantaba a coger una cerveza de la nevera, me miraba y se sonreía, o hacía comentarios del tipo: «Ya te queda menos, muchacho».

¡Dios! ¿Es que nadie iba a echarme una mano? Pero... ¿en qué se habían convertido?

No podía gritar, creo que desde el momento que decidió acabar conmigo las palabras se ahogaron en un llano silencioso. Hacía veinte minutos que el maldito partido había comenzado. Mi castigo era presenciarlo de principio a fin y la tortura escuchar sus insultos e improperios cada vez que su equipo fallaba un gol en la portería contraria.

La tarde pasaba lenta, angustiosa, todo presagiaba un final horrendo para mi existencia y de pronto...

-¡Gol! Joder, estás acabado, imbécil, de hoy no pasas, este equipo de los coj...

Tal vez dijo algún improperio más en el transcurso de los siguientes minutos, pero no los oí, entré en una especie de shock que me mantuvo fuera de juego durante la primera parte.

Su equipo perdía.

Estaba perdido.

Cuando llegó el descanso decidieron salir afuera a estirar las piernas y establecer un plan para acabar con mi vida de la forma más rápida y silenciosa. Tal vez ése fue el rato más feliz de aquel día. Por unos minutos pude disfrutar de la soledad y el malestar sin que me amenazaran con cada patada.

Y entonces lo vi todo claro. Jamás había sido su amigo. Me había utilizado para ir los domingos al estadio y ahora que su equipo había dejado de ganar, había perdido el interés y dejé de serle útil. Todo comenzaba a tener sentido.

Su equipo empataba y apenas quedaban dos minutos para el final de la prórroga y el final de mi existencia aunque...

Si empataban... bueno, sólo iba a matarme si perdían, no había dicho nada de un empate, pero... en el último minuto...

-¡Gooooooooooooooool!

Todos los ojos de aquella habitación me miraron fijamente.

Supliqué, imploré, lloré y al ver que no surtía efecto, esperé a que me destrozara lentamente.

Primero me insultó, luego me zarandeó y, por último,... oscuridad.

Entre toda aquella basura fui consciente de lo ocurrido. Él había cambiado de camiseta y yo había dejado de ser el carné número ocho mil quinientos veinte de aquel equipo perdedor.