
El portero
Alberto J. Almazán San Martín
Organizaba la defensa, si la había, a los medios, cuando los había,
no paraba de gritar durante todo el partido. Aquellos domingos la glorieta se
convertía en el mejor campo de fútbol de Madrid. Siete contra
siete, ocho contra ocho, nos juntábamos medio barrio después de
comer para jugar el gran partido de la semana. Yo (portero y capitán),
echaba a pies con Rafa (el mejor delantero de López de Hoyos) y elegíamos
a nuestros equipos, todavía huelo a sudor cuando lo recuerdo, ropa de
calle, perfectamente equipados.
A las cinco menos cinco daba por finalizado el encuentro
y salía corriendo hacia casa, subía las escaleras y me metía
en el chiscón, junto a mi padre y el brasero, en el taburete, sentado
frente a la radio, no había palabras. A las cinco en punto empezaba el
partido, nos mirábamos sonriendo. Él, uniforme azul de botones
dorados; yo, pantalón corto, calcetines largos, zapatos gorila y sudor.
Silencio absoluto, narra Matías Prats. Llegaba el descanso, mi padre
comentaba alguna jugada, sin pasión, mientras sacaba del bolsillo una
navaja para cortar pedacitos de una pieza de fruta, casi siempre pera, me daba
un trozo y comía otro, le miraba atentamente, otra pera y las seis.
Empieza la segunda parte, silencio, apoyaba la cabeza en su pierna y escuchaba.
Siete menos cuarto.
- Bájate, hijo, creo que tu madre quiere que hagas algo.
- Adiós Papá.
Antes de ir a casa subía al primero, a casa de Luisito.
- Hola, ¿puedo ver a Luisito?
- Pasa - decía su madre sin mirarme.
Cruzaba el pasillo casi corriendo y entraba en la habitación de mi amigo,
en el fondo.
- Hola. Ha sido genial, hemos ganado ocho a uno y el Madrid, el Madrid cuatro
a uno.
Me miraba desde la cama, ya no hablaba, pero sonreía.
Me quedaba un rato con él contándole los pormenores del partido
y mi gran actuación de la tarde.
- Ya está bien -entraba su madre sin hacer ruido-, márchate, Luisito
debe descansar.
- Hasta mañana, hasta mañana señora.
Cruzaba el pasillo con la misma velocidad al salir que cuando había entrado.
Bajaba las escaleras corriendo hasta el semisótano, hasta mi casa.
- ¿No te ha dicho tu padre que vinieras corriendo?
- Sí, pero es que he subido al primero.
- Venga, a la bañera - decía mi madre apuntando con el dedo el
cuarto de baño - , a cenar y a dormir, que mañana hay colegio.
Cuando veo niños jugando en la calle recuerdo aquellos domingos y me
vuelve el olor a fútbol en estado puro. Pero no quiero despedirme sin
presentarme, no sería cortés. Soy Alberto, el Portero, el hijo
del Portero, el mejor portero de Chamartín, el niño que tuvo la
infancia más feliz del mundo.