Una buena tarde
Salvador Pageo Vázquez

La tarde de domingo había llegado como tantas otras veces. Sin motivación, apática e indecisa.
- Bueno, ¿qué hacemos? - dijo Carlos estimulando o acaso intentando levantar el ánimo que los tenía a los dos un poco alicaídos.
- No sé, nos damos una vuelta por el foro, a ver si suena la flauta -contestó Juan, sugiriendo una alternativa a la vez que se ponía en pie abandonando el banco donde estaban sentados.

Aunque la idea no tenía nada de novedosa, era más alentadora que las aburridas perspectivas que se intuían en esa hermosa tarde de primavera. Instintivamente se pusieron en camino sin reparar en el motivo ni en el lugar a donde irían.
Se percataron de la excitación y el entusiasmo que rondaba en la ciudad cuando llegaron a las proximidades de la entrada al metro de Carabanchel. Por los alrededores se distinguían los atuendos clásicos de los aficionados de un equipo de fútbol: estandartes, bufandas, banderas e instrumentos casi musicales por ruidosos.
- Claro tío, hoy se juega la final de copa -le indicó Juan a Carlos, insinuándole la posibilidad de acercarse por el Calderón, que era donde se jugaba.
- Pues, vámonos para allá -sentenció Carlos con el beneplácito de su amigo.

Las caras de ilusión y alegría de los hinchas se veían reflejadas en las de los dos amigos, que ya tenían un plan y una determinación para esa tarde. Aunque eran aficionados de cada uno de los máximos rivales de la capital y el partido lo disputaba uno de ellos contra otro de una región cercana, se integraron con los seguidores madrileños, que cantaban mostrando su alegría y convencimiento en ganar el partido.

En el interior del suburbano y en cada parada que efectuaba el tren, aumentaba el bullicio, los cantos alegóricos de victoria tronaban en todos los andenes por donde pasaban, desbordándose la satisfacción que expresaban en la ilusión con la que se preparaba el enfrentamiento.

Riadas de personas ocupaban las calles adyacentes al estadio, el colorido del gentío simulaba la fiesta y las voces entronizaban al posible campeón.

Una vez llegados a las inmediaciones del campo, se propusieron únicamente disfrutar del ambiente, esperando una situación propicia que les hiciera ser partícipes del espectáculo.

Entre risas y algún que otro acercamiento a grupos de aficionados, dieron con el sitio donde se estaba fraguando una confabulación para eludir el pago de la entrada al estadio. Ante semejante ocasión y disponibilidad de los sujetos en cuestión, éstos se introdujeron en el grupo que estaba junto a la pared y, elevando a chavales hasta el poyete desde el cual se podía escalar, alcanzaron la cima del anfiteatro con un pequeño esfuerzo.

Tras una breve e impaciente espera, con la incertidumbre de ser un elegido en el camino hacia la gloria, el momento deseado llegó incluso con sobresalto, por lo imprevisto del suceso. Fueron cogidos sin aviso, sin preguntas, por estar allí. Cuantos más entraran, más grande sería la satisfacción de los levantadores de cuerpos.

La subida al primer escalón, por las numerosas manos que aupaban, fue fácil y vertiginosa. Luego debía continuar la ascensión con un sobreesfuerzo a pulso, que tras un intento rabioso, Carlos logró superar encaramándose en la valla, saltando dentro del recinto. Con gran satisfacción, se asomó para alentar a su amigo en la disputa que aún mantenía con sus fuerzas.

Los tensos músculos que se aferraban a la pared se distendieron soltando el cuerpo de Juan sobre los serviciales jóvenes que lo recogieron entre gritos de ánimo. Sin darle un respiro ni descanso, Juan se vio encaramado de nuevo en el mismo punto donde tuvo que dejar de insistir en el empeño de escalar la cúspide de su ilusión. Baldío intento, pues después de apretar los dientes y conjurarse para subir, bajó a plomo, siendo recogido de nuevo por unos brazos fuertes que auguraban una feliz resolución. Esta vez no hubo reingreso en la fila para otro posible intento. Hablaron para despedirse, gastándose bromas uno a otro, hasta que Carlos desapareció hacia la grada.

Desilusionado por lo acontecido, Juan se llenó de rabia. Estuvo tan cerca que podía haber sido un sueño.

El juego, por los síntomas que expresaba el coliseo deportivo, había comenzado, quedando ya poca gente por los alrededores. Sin nada que perder, se acercó a una puerta de entrada colocándose junto al portero. No albergaba ninguna posibilidad de ver el partido. Transcurrieron unos pocos minutos, llegando unos pocos rezagados que ofrecían su entrada al portero y enfilaban corriendo las escaleras desapareciendo tan velozmente como habían llegado.

Tal vez el portero tuvo un momento de lucidez espontánea cuando cogió del brazo a Juan y lo metió para dentro del campo diciéndole que corriera.

No se lo podía creer; después de lo pasado estaba entrando por el vomitorio que daba a las gradas al lado de un corner, viendo la final de copa. Sonriendo miró para arriba detrás de él por si acaso veía a Carlos, pero no lo vio.