Perdedor
Manuel Morales Zapata


Había estado toda la tarde de aquel domingo con los amigos en el bar de Tolo; habíamos comenzado con los cafés, luego unos chupitos y unos coñacs, las risas, el humo, las bromas… y la radio a tope escuchando Tablero Deportivo, los repasos de «minuto y resultado» por los distintos campos de primera y segunda, los sagaces e incisivos comentarios de los periodistas, los anuncios de bebidas alcohólicas que se confundían con las que nosotros degustábamos con avidez y exceso.

- ¡Tolo! Ponme otro orujo de hierbas.
- A mí un pacharán y un purito…

Entre los efluvios alcohólicos escuchaba atentamente los resultados de los partidos que formaban parte de la quiniela.

Cuando se terminaron todos los encuentros que habían comenzado a las cinco, revisé mi quiniela en silencio, sin que mis amigos se dieran cuenta, y observé que tenía trece, trece resultados acertados. El corazón me dio un vuelco y me puse un poco nervioso, intentando por todos los medios que mis compañeros de juegos, fatigas y borracheras no observaran en mí ningún comportamiento extraño.

Tenía trece y aún quedaba por jugarse el partido de Canal + que, además, casualmente se jugaba aquí, en mi ciudad. Pensé en ir hasta el campo, aún me daría tiempo, pero no, mejor me voy a casa y lo veo allí por el pay per view tranquilo y solo.

Pagué mis consumiciones y me despedí de Tolo y el resto de la peña; no les dije nada de mis aciertos; soy de la opinión de que si das la noticia de que algo bueno va a ocurrir, siempre se gafa y no sucede.

Me dirigí hacia mi casa, el pequeño apartamento de alquiler en el que vivo, soñando con que acertaría el resultado del partido que aún quedaba por jugar y al fin conseguiría una quiniela de catorce y con ello tal vez cambiaría mi suerte. Sí, algún día mi mala suerte se tendría que acabar.

Mientras caminaba, arrastrando mis treinta y cinco estropeados años, iba pensando... Pensaba en mi ex mujer, en cuando se marchó y me abandonó porque nunca pude colmar sus sueños y aspiraciones; pensaba en mi oscuro trabajo en la fábrica; pensaba en aquel accidente de tráfico que sesgó la vida de mi padre; pero sobre todo pensaba en mis primeros partidos como alevín en el equipo del pueblo y en los goles que metí aquel otro año con los juveniles, y recordé después cómo no todo había sido felicidad futbolística, pues por mi mente cruzó aquel penalti que fallé en la final interclubes de colegios y cómo barajé la posibilidad de colgar las botas tras aquel garrafal fallo (el balón casi sale por el banderín de corner) en aquella decisiva pena máxima; o cómo la entrada de aquel cafre me rompió los ligamentos cruzados y el lateral interno de la rodilla y con ello se truncó mi trayectoria cuando contaba la edad de veintiún años y ya comenzaba a despuntar en aquel equipo de tercera división… pensé que tal vez aquel domingo cambiaría mi suerte y, con ello, mi vida. Claro que sí, y todo gracias a esta quiniela que de trece pronto se convertiría en quiniela de catorce.

Se inició el partido, yo ya estaba recostado en el sillón de la salita, nervioso, como si yo, por fin, pudiera jugar un partido de primera división. El encuentro era aburrido, empate a cero, pero a mí no me importaba, yo tenía una X en la quiniela, sí, el partido tenía que acabar empatado, claro que sí.

Era el minuto 91 y el marcador continuaba inmóvil, hasta que aquel delantero en flagrante fuera de juego de más de dos metros encaró al guardameta con el balón pegado al tobillo y con un simple quiebro de cintura lo desbordó, disparando a puerta vacía y consiguiendo el gol que desnivelaba el partido y deshacía mi quiniela y mi mundo.

Me quedé blanco, mudo, las manos me temblaban… ¡No podía ser!, no… ¡otra vez no!..., no podía volver a perder, ya estaba harto de ser un perdedor. Me acerqué a la mesita de noche, abrí el cajón y, apartando los inútiles pañuelos y demás objetos que en él se encontraban, sustraje del fondo del mismo una pistola; la cargué y, tras colocarme la cazadora, la metí en uno de sus bolsillos.

Salí a la calle, la mirada perdida, anduve despacio y, consciente de que yo era el perdedor, me encaminé hacia el estadio de fútbol, en las afueras de la ciudad. Me aposté, con aspecto tranquilo, frente a la puerta por la que saldrían los colegiados. Tardaron en salir, no sé si una hora o doscientas. Cuando lo hicieron se carcajeaban y se hacían bromas, seguramente a mi costa. Me acerqué a ellos y rápidamente identifiqué al árbitro y linieres (a mi me gusta más ese nombre que el de árbitros asistentes), saqué la pistola y apunté al árbitro.

- ¿Por qué no señalaste el fuera de juego?
- ¿Qué? -Se sorprendió el colegiado.

Giré mi brazo y disparé a bocajarro sobre el pecho del linier que no había levantado el banderín en la jugada de fuera de juego. Al fin y a la postre fue él quien no invalidó la jugada del fuera de juego; además siempre pagan los menos importantes, en este caso el juez de línea. Los otros dos se quedaron petrificados, blancos como el mármol de un sepulcro, me miraron horrorizados, me di la vuelta despacio y me marché.

Efectivamente mi suerte no cambió aquella tarde-noche, pero sí cambió mi vida: a los acertantes de catorce les cayeron 1.247,83 euros (al fin y al cabo una miseria) y a mí, gracias a la labor de un buen abogado, me cayeron catorce años y un día de prisión por asesinato.