
El futbolista
Juan Carlos de la Calle Martín
Tengo 35 años y he dedicado toda mi vida a correr detrás de un balón, como ahora. No me importa reconocer que soy un futbolista mediocre, aunque a veces tengo algún que otro destello, pero ninguno de los que estáis a mi alrededor podéis decir que no lucho con toda mi alma cuando estoy en el campo. Sí, ya sé. Es cierto que apenas me conocéis porque nunca logré jugar en un equipo de Primera División y que hasta hace un mes era un desconocido. Nunca tuve suerte, nadie me dio la oportunidad de jugar en Primera con los mejores. Además, puede que no sea una gran figura, pero hay decenas de tipos como yo en la división de honor, sólo que ellos están allí y yo no...
Ésta es mi gran oportunidad y no podéis negármela. El fútbol ha supuesto para mí una forma de vivir, de manifestarme. El fútbol es mi vida y necesito hacer algo grande, algo que recordéis para siempre. Sigo avanzando en línea recta por el centro del campo con el balón pegado a mi pie y veo al portero que me espera con los músculos en tensión. Hasta soy capaz de imaginar la duda en su rostro. Todavía me quedan cuarenta o cincuenta metros para llegar a la portería contraria. Un largo y tortuoso camino si fallo, un camino de gloria si marco gol. El estadio enmudece y una vez más estoy a solas conmigo mismo...
¿Por qué sonrío? Es absurdo tener estos pensamientos corriendo detrás de una pelota, pero también lo es que esos energúmenos de ahí arriba -y los que me vean por televisión- hayan cerrado la boca y abierto los ojos como platos. Si culmino la jugada se arrastrarán hasta mí para colmarme de elogios, si cometo una torpeza me despellejarán vivo. Gano diez metros más. Mi corazón parece que va a estallar y me falta el aire...
Sólo oigo mi resuello y el sonido del contacto entre bota y balón, pero lo verdaderamente importante es que estoy hoy aquí. A pesar de que muchos se llevaran las manos a la cabeza cuando el seleccionador nacional me convocó sin tener en cuenta mi edad. A pesar de que la prensa deportiva me criticase por ser un jugador de Segunda División. ¡Buitres! ¡Decir que no soy digno de vestir la camiseta nacional en una ocasión de tanta trascendencia ...!
Al cuerno con todos ellos. Ya sé que hay que correr con rapidez, chutar bien con los dos pies, controlar el esférico, centrar, cabecear, fintar, regatear y cargar. Ya sé que el cuero puede golpearse con el empeine, con la puntera, con el tacón, con la planta y con el interior o exterior del pie y que, llegado el caso, también sirven los parietales, el frontal o el occipital. Aún recuerdo que es importante saber interceptar al jugador o al balón -¿no soy acaso un defensa central?- como hice antes, cuando corté un pase cerca del centro del campo y emprendí esta veloz carrera hacia el marco rival, aprovechando el amplio pasillo que me dejaba la defensa contraria... ...pero un futbolista no es sólo técnica, es también intuición, valor, solidaridad y sudor. Es coraje, tenacidad, sentimiento y experiencia. Es comienzo y fin. Es un centauro. Es sufrimiento, dolor y entrenamiento. Es corazón. Llevo toda mi vida dedicado a esto y lo sé bien. He pasado por momentos maravillosos pero también por momentos amargos. El fútbol quedará ligado a mí para siempre porque lo llevo metido en la sangre. La camiseta, las botas, el linimento, el balón, la ducha, el calentamiento, la alineación, la táctica, la lluvia, el barro, el sol, la hierba, la arena, las gradas...
Todo eso jamás podré olvidarlo, pero a todo el mundo le llega la hora de hacer balance y a mí me ha tocado hoy. Éste es mi último partido. Lo acabo de decidir. Cuando el árbitro pite el final habré terminado y colgaré las botas. El mes que viene finaliza mi contrato con el club. Ellos no lo saben, pero esto es el fin. Les agradezco su intención de renovarme por una temporada más, pero hay que saber retirarse a tiempo y ésta es la ocasión. He leído que cuando uno agoniza es como si viese una película con los momentos más trascendentes de su vida. Quizá sea verdad, porque en esta agonía futbolística estoy recordando decenas de imágenes de mi vida profesional. Desde un gol que marqué con la izquierda bombeando la pelota, hasta aquel partido en el que salvé tres goles cantados bajo los palos. Me acuerdo de Lindbergh, Charles Lindbergh, ese aviador que cruzó el Atlántico por primera vez. Sin paracaídas, sin radio, confiando en su avión y en sus fuerzas. Y tan inmensamente solo como yo estoy ahora, a escasos metros ya del área rival...
Así son las cosas. Mi jugada no tendría mayor trascendencia en un partido de liga de Segunda División, pero todo ha sido dispuesto para que este momento sea especial, porque estamos empatados a cero, porque corre el minuto 90 y porque este encuentro es la FINAL DEL CAMPEONATO MUNDIAL DE FÚTBOL. Y además estoy en mi país. Mi país. ¿Soy acaso responsable de la imagen de toda una nación ante el mundo? ¿Soy quizá, por unos segundos, el yo verdadero de millones de personas? ¿Puede un mediocre futbolista que fue expulsado del colegio por enfrentarse al director convertirse en un héroe, una leyenda o un símbolo? ¿Puedo yo representar todo eso, aunque hoy esté jugando por vez primera en todo el campeonato a consecuencia de la intoxicación sufrida por siete de mis compañeros tras tomar mahonesa en mal estado?...
No, yo no represento a nadie. Yo no puedo vivir por los demás. Puedo, eso sí, ofrecer mi esfuerzo y mi sudor por una causa, pero nada más. Me he pasado la vida viviendo para una camiseta en vez de hacerlo para mí mismo. Lo veo todo tan claro como esos tres palos que tengo en frente. El portero avanza hacia mí tapando huecos y sé que ha llegado el momento decisivo. Nunca se me dio bien el regate así que haré las cosas a mi manera. Miro a la portería por última vez, después miro al balón. Le pego con todas mis fuerzas y cierro los ojos. La suerte está echada...
El árbitro ha pitado el final. Camino con tranquilidad hacia los vestuarios. Vosotros tenéis lo que queríais y yo lo mío. Ahí está, pero nunca olvidéis que lo hice yo, un mediocre futbolista que tardó treinta y cinco años en tener su oportunidad. El bullicio que viene a continuación no me importa, es más, casi me sobra. Ahora, sólo quisiera desaparecer....