Final Copa del Mundo, 1974, ante el amenazante chutador, tras señalar el árbitro la pena máxima y hacerse un silencio helado y absoluto en el estadio de la capital alemana, como en aquel cuento de Jorge Luis Borges en el que ante el pelotón de fusilamiento el condenado a muerte detiene la bala y confecciona todos los mundos que podrían haber sido antes de que ésta le vuele definitivamente la cabeza, el portero cerró los ojos:

Agustín Fernández Mallo

Cuando Maier se despertó Neeskens todavía estaba allí

(y don Augusto Monterroso hizo sonar el silbato para descongelar al fin su trama)