
Nunca fuimos los mejores
Samuel Zamorano Cauto
Nunca fuimos los mejores. Sospecho que ni siquiera lo pretendimos durante el tiempo en el que existió nuestro equipo. No nos hizo falta ganar ningún torneo ni levantar ninguna copa porque contra los fracasos deportivos levantábamos siempre el premio impagable de la amistad y del compañerismo. Nuestro equipo nunca fue el mejor, es cierto, pero contra eso siempre fuimos los más grandes amigos, los más unidos, los que se juntaban para jugar al fútbol y hacer deporte más allá de los resultados. Lo demás no nos importaba o nos importaba bien poco. Acudíamos a cada partido, sí, con la esperanza de ganar, pero siempre, o casi siempre, acabábamos perdiendo. Cosas del fútbol. La nuestra era la eterna derrota bien llevada por la amistad. El resto venía a darnos igual, porque las caras tristes de después de los partidos pronto se transformaban en sonrisas cuando ya en el bar y con unas cervezas dejábamos de ser futbolistas para volver a ser amigos.
Éramos nosotros, en fin, unos camaradas que jugaban al fútbol y no unos futbolistas camaradas, que es, me temo, bien diferente. O que no es lo mismo, como bien viene diciendo últimamente Alejandro Sanz, ese poeta que canta. Por eso nunca perdíamos, aunque en el campo siempre nos derrotaran. La amistad, esa versión del amor, siempre le ganaba al fútbol, deporte por excelencia.
Sin embargo en aquel torneo de verano, ya lejos de los largos y complicados campeonatos de liga del invierno, la suerte nos había sonreído y habíamos ido superando rondas y avanzando cruces en partidos «al K.O.», como decía la gente. Nadie daba un duro por nosotros, ni siquiera nosotros mismos, que habíamos mantenido desde el principio de aquel torneo de verano nuestra misma filosofía de siempre: la de repartir minutos y jugar para divertirnos, la de hacer deporte y pasárnoslo bien. La misma filosofía, en fin, de la amistad, que siempre nos dio tan buenos frutos interpersonales y tan malos resultados deportivos. Pero ahí estábamos y ahí seguíamos, tan intactos de moral. Tan pobres de victorias y trofeos pero tan ricos de amistad y camaradería. Como ayer, como siempre.
Mas, ya digo, la suerte, por una vez en la vida, estuvo de nuestro lado aquel verano y a base de tesón y de carreras, de esfuerzo y, cómo no, también de goles, llegamos a la final.
Nuestra ilusión había ido creciendo, claro, según iba avanzando el torneo y según iba pasando el verano. Por una vez íbamos a disputar una final, quizá por una vez llegásemos a ser los mejores. Quizá.
Cuando llegó el gran día estábamos todos nerviosos. Nadie apostaba por nosotros en aquella final y mucho menos cuando al descanso ya perdíamos por 2-0. Era normal, jugábamos contra futbolistas y nosotros éramos tan solo amigos. Pero nunca perdimos la ilusión ni la esperanza y seguimos repartiendo los minutos para que todos jugásemos el mismo tiempo. Aún así logramos recortar distancias en el marcador cuando a falta de cinco minutos nuestro compañero Amor, que lucía el dorsal número nueve, marcó el 2-1 en un tiro cruzado que batió al portero contrario. Nos dio mucha alegría, aún podíamos empatar antes de que el árbitro diera por concluido el partido. Teníamos cinco minutos más por delante para marcar otro gol y estaba claro que íbamos a darlo todo. A base de tesón y de trabajo, con más corazón que cabeza, logramos meter atrás al equipo contrario, que no hacía otra cosa sino defenderse como podía de aquellos ataques nuestros tan faltos de técnica pero tan sobrados de coraje. El poste les salvó a dos minutos del final cuando ya todos levantábamos casi los brazos festejando el empate a dos. Pero no, el balón, hechizado de mala suerte, rebotó en la madera y salió hacia un costado del campo. Estábamos volcados, queríamos el empate y lo íbamos a pelear con todas nuestras fuerzas. Hasta el final. Íbamos a vender cara nuestra derrota, allí nadie daba nada por perdido. Sólo el reloj que, cruel y ajeno a nuestras ansias y empeños, avanzaba al mismo tiempo que nosotros corríamos detrás de la pelota en busca de un empate que nunca llegaba.
Pero el último minuto del partido, o acaso ya el tiempo de descuento de la final de aquel verano, nos sorprendió con un penalti a favor, recompensa, quizá, de tanto esfuerzo, de tanta lucha, de tanta entrega. Sí, ahora sí teníamos de verdad una oportunidad clara para empatar el partido. Por una vez ?pensé? la suerte podía ponerse de nuestro lado y el fútbol podía darle una alegría al débil. Por una vez, sí, quizá la vida también fuera justa con los pobres. Merecíamos el empate, nos lo habíamos ganado y ahí teníamos nuestra última oportunidad. No había más tiempo.
Yo mismo era el encargado de lanzarlos y yo mismo fui quien lanzó también aquél, quizá el penalti más importante de toda mi mediocre carrera futbolística. El partido estaba terminado. Sólo quedaba lanzar aquella pena máxima.
Coloqué el balón y miré a los ojos al portero como quien, valiente, le mira de frente a la vida, sin miedos. De mí dependía todo, o de él. De nosotros dos dependía el partido. Yo quería meterlo y él deseaba pararlo. Cada uno luchaba por lo suyo. Pensé en aquel momento que así eran los duelos, así de trágicos. Tanto.
El árbitro pitó y yo rematé certero y convencido de gol, como quien se lo juega todo en la última apuesta de su vida antes de retirarse del juego para siempre. Lancé la pelota hacia el costado derecho de la portería y seguí su trayectoria hasta el final. Me lo paró el portero. Acertó él o fallé yo, da igual. Poco importa o ya nada importa hoy eso, porque el empate que buscamos con tanto ahínco nunca llegó.
El árbitro pitó el final y mis compañeros vinieron a animarme, como tantas veces, como siempre. El equipo contrario celebraba su victoria, no sé si justa, pero su victoria. Habían metido más goles que nosotros y eso es en resumidas cuentas lo que cuenta en el fútbol, más allá de las ocasiones y más allá de la justicia.
Fuimos a darles la enhorabuena. Al fin y al cabo, ellos habían ganado el partido, sí, pero nosotros habíamos mantenido nuestra amistad, ya para siempre. Quizá, mirado así, el resultado podía ser justo para ambos porque quizá también cada equipo buscaba cosas distintas, diferentes victorias. Sí, quizá los dos habíamos ganado, sin saberlo, aquel partido.
Nunca fuimos los mejores, pero siempre seremos amigos.