
Unión deportiva
José María Vilches
Ana e Iván compartían lugar de trabajo y su empresa decidió alquilar el campo de fútbol del barrio tres veces por semana para jugar. La idea era potenciar las relaciones amistosas con el único fin de que la empatía en la plantilla (laboral y ahora futbolística) favoreciera el producto a vender: un periódico.
Hasta entonces las relaciones extralaborales se reducían a cenas y borracheras compartidas, las mismas que hacían que los trabajadores se miraran al día siguiente de soslayo. Pero entre Ana e Iván había algo más. A punto habían estado de compartir sección, quedaban para ir al fútbol, volvían juntos, se citaban entre semana para liberar tensiones, ideaban proyectos comunes... Lunes, miércoles y viernes se verían las caras en el terreno de juego, y el hecho de que ella fuera la única chica apasionada por el mundo del balón en el periódico chocaba con el hecho de que lo más redondo que había visto él hasta entonces era un corazón... el suyo, tal vez, palpitando por su compañera.
Pasó las noches previas al primer partido casi sin poder dormir, nervioso por el ridículo que podría hacer. A pesar de todo decidió comprarse unas botas de fútbol. Cuando se las probó, parecía que llevaba tacones en vez de tacos. «Sin el miedo no habría valientes», se decía una y otra vez entre tecleo y tecleo. Cualquier compañero de redacción que le observara de lejos, pensaría que se había vuelto loco: dando patadas al aire, alzando los brazos como si hubiese marcado un gol, abrazando a un compañero inexistente, aprendiendo a celebrar goles antes de marcarlos...
- Voy a por un café, ¿quieres uno Iván?
- dijo Ana hojeando unos papeles.
- Venga, a ver si despierto de esta pesadilla.
- ¿Qué?
- Nada. Con leche el mío, gracias.
Comenzaron a hablar del partido del día siguiente. Iván le confesó que no tenía ni idea de jugar, pero que quería hacer algo de deporte «fuera de la cama» - añadió sin éxito - para ponerse en forma. Ella, para animarlo, le contó cómo comenzó su pasión por el deporte rey.
Resulta que era la única chica entre nueve primos y pasó toda su infancia rodeada de balones y porterías, de sudores y patadas, siendo cascarón de huevo, hasta que se hartó de serlo. Pronto fue de los destacados del grupo jugando. Cuando se elegían los jugadores para uno u otro equipo ya no quedaba la última, tocándose el pelo y moviéndose con una feminidad innata, sino que a veces se sentía la 'elegida'. Durante los partidos en el campo que de chicos tenían en Chiclana, al padre se le caía la baba viéndola jugar, y más de un día de Reyes pensó en regalarle a su primogénito una muñeca, como indirecta directa de su decepción. Pero es que su hijo, enamorado de su profesora a la tierna edad de nueve años, era incapaz ni de concentrarse para hacer deporte.
Ana le contó a Iván que era tanta su pasión por el fútbol que su padre le permitió probar por un equipo. Probó y fichó. Años y años estuvo jugando hasta que las notas encresparon los rizos de su madre y se escuchó en casa la típica frase de 'se acabó el furbo'.
Ahora que el periódico le brindaba la oportunidad de volver a jugar con cierta regularidad, no quería quedarse al margen. «Además, siendo la única chica, imagino que todos se hartarán de meterme mano», dijo Ana. «Yo intentaré siempre jugar en el equipo contrario», respondió Iván. Rieron juntos, con sus miradas riendo también entre ellas.
A la mañana siguiente llegaron al partido juntos en la moto de ella. El trayecto hasta el estadio se resume con las primeras palabras de Ana, porque él no abrió la boca: «Tengo ganas de verte jugar...».
Él resultó no ser tan torpe y dejó una buena impresión. Ella demostró que tenía calidad, aunque entre tanto hombre su brillo no resaltara tanto..., el brillo futbolístico, claro. Las cervezas de después de los partidos, la química que se da entre cierta gente y los masajes para relajar las piernas hicieron que Ana e Iván olvidaran sus nombres para pasar a llamarse cariño. Y es que el fútbol une, o si no que se lo digan al Cádiz tras su periplo en Segunda B.
Como pareja encontraron la felicidad que no tenían profesionalmente. Eran una auténtica sociedad como hubiera podido afirmar el propio Jorge Valdano. Cada partido era un deleite para ambos, lo daban todo, se intercambiaban miradas y balones, suspiros y gritos.
Pasó el tiempo. Iván quería formalizar su relación con Ana, era algo que tras más de dos años de noviazgo tenía muy claro. Ella era su vida y no quería dejar pasar la oportunidad de pelear por lo que verdaderamente quería. Deseaba formar una familia con forma de equipo de fútbol sala y que ellos fueran los padres, los entrenadores.
Pensó cómo declararse de mil formas posibles, pero nunca se atrevía a dar el paso. Uno de los viernes, durante un partido, se produjo una falta dentro del área y todos insistieron - él lo había organizado todo - para que ella cobrara el protagonismo desde el punto fatídico. Mientras Ana se preparaba para lanzar, Iván sacó algo de su mochila. Cuando iba a lanzar, él fue hacia ella, cogió el balón con una mano y con la otra le ofreció una cajita que contenía un anillo: «Cásate conmigo, aunque sea de penalti», le dijo.