¡Hay Copiiiiiitas de Coñac!
Javier Martín

Todavía recuerdo a los chóferes de las viejas tartanas, aparcadas en hilera en Diego de León, mientras esperaba a mis amigos Alberto y Jesús en la esquina de Juan Bravo, vociferando en las tardes de domingos de cine: «¡Al... fútbol!». Los mismos que a la salida del estadio nos esperaban para devolvernos al lugar de partida, tres horas antes, pero esta vez con los gritos más roncos y con las premuras de terminar cuanto antes y así dar por terminada su jornada dominical. Y alguno, los menos, además de anunciar a gritos el trayecto de regreso, vociferaba con las cartillas en las manos los resultados habidos en la jornada futbolera, intentando vender por dos pesetas «La Goleada». Aquél era un típico cuadernillo de tardes de domingo impreso a la carrera en no sé dónde, y que era en la salida de los cines de la Gran Vía, a eso de las ocho y media de la tarde, donde más clientes encontraban los chillones vendedores. Sobre todo cuando el equipo de nuestros amores jugaba «fuera», que es como se decía antes. Sí, antes, porque ahora los comentaristas y expertos deportivos lo llaman «a domicilio».

Pero todo empezó mucho antes de que tuviera edad para ir yo solo al campo con mis amigos. Embutido en una gabardina verde tres cuartos con bolsillos para el bocadillo, gorro orejero y bufanda tapándome las narices, mi padre y yo nos encaminábamos a nuestra cita quincenal con el equipo de nuestros amores. Casi le puedo ver todavía, con sus guantes de lana grises y su abrigo de paño desabrochado, saboreando, como si fuera un placer de dioses, un largo, larguísimo puro habano que desprendía aroma de fútbol. En aquella época el humo del tabaco no molestaba a nadie, es más, si no tenías un puro entre los dedos, el vecino, que era el amigo quincenal de toda la vida aunque sólo le viéramos cada dos semanas y no supiéramos nada de él, le embutía un Farias entre los dientes y le ofrecía fuego con una sonrisa de victoria futbolística anticipada.

«¡¡Goool!!», y saltaban todos con los brazos en alto abrazándose unos a otros, aunque minutos antes, lo que ahora era un fraternal abrazo había sido una discusión apasionada sobre si el jugador tenía que haber pasado el balón en vez de chutar mal y fuera. Entonces a eso le llamábamos ser un chupón; ahora el que se emborracha de balón parece que es más fino, pero sigue siendo un chupón. Mi padre parecía que iba a estallar; enrojecía casi por asfixia cantando el gol sin respirar y terminaba doblado sobre sí mismo, no sé muy bien si para recuperar el aire perdido o paralizado por la alegría. Aunque para mi tranquilidad no sólo era mi padre el que manifestaba signos contagiosos de espasmos emocionales en el estadio. Incluso había otros que tenían que ser retirados por colapsos, aplastamientos y desvanecimientos a causa de la euforia etílica del coñac 103 que los aguadores, convertidos en licoreros en el descanso, vendían al grito de «hay copitas de coñac».

Era entonces cuando todos salían en tropel, como si no se aguantasen las ganas, hacia los urinarios; curiosa palabra, aunque entonces me parecía soez y ordinaria, ahora creo que no hay otra mejor que ésa. Colas enormes para entrar en un cuchitril franqueado por puertas de salón de western para mear, aún sin tener necesidad de ello, a causa de los nervios contenidos en la primera parte. Aunque la cosa no iba mal, ya íbamos ganando 1-0. Sí, ganábamos, porque si el resultado fuera al contrario, eran ellos los que perdían: «pierden 1-0». Curiosa manera de conjugar verbos sólo por el estado ánimo.

Los incesantes y repetitivos gritos, aspavientos, gestos y comentarios continuaban durante la segunda parte del partido como si todo el campo fuera una máquina de precisión, y los espectadores, sin conocerse, el engranaje perfecto que con sus gritos parecía mover las varillas de aquel futbolín gigante y hacer correr la bola de un lado para otro. Todos, desde los espectadores de la tribuna de preferencia hasta los contrapuestos de la tribuna lateral, y desde los fondos Norte y Sur de detrás de las porterías, se levantaban de sus asientos, se daban la vuelta al mismo tiempo para no mirar y maldecían la ocasión perdida. Y al igual que me llamaban la atención aquellas palabras «urinarios», «vomitorios» y «simultáneos». Lo de los fondos Norte y Sur me resultaba gracioso pues, curiosamente, esos fondos estaban orientados hacia el este y oeste. Pero claro, la jerga del fútbol, como en los toros, sólo la entendían los aficionados que domingo a domingo llenábamos «el cemento del rectángulo de juego», para ver correr por las «bandas» a jugadores sin el «esférico» para desmarcar a su «par».

«¡¡Goool!!», cincuenta, cien a lo sumo, eran los que imitaban a mi padre con sus espasmos, gritos y convulsiones, mientras el resto del estadio se quedaba «mudo». El rival había empatado el encuentro «a cuatro del final» y veíamos volar un punto de «casa». Antes la victoria se pagaba a dos puntos. Luego copiamos a los inventores de este «circo» y subimos el premio a tres puntos para el ganador. Segundos después del impacto del empate venían las recriminaciones, que siempre eran las mismas, contra el que menos culpa tenía, el que no jugaba: «el rencilla»: que si ese tío necesita gafas; que es un hijo de tal o un hijo de cual; que el «ariete» que nos aguó el domingo estaba en «outside» (ahora fuera de juego); o que a nuestro «guardameta» le habían pillado a contrapié. Pero sólo eran excusas, porque nuestra «zaga cantó y le ganaron la espalda» y nuestro portero «estaba cogiendo margaritas en el campo». Y a partir de ese momento todos veíamos penaltis, libres indirectos dentro del «área de castigo» y patadas de expulsión directa, no existían tarjetas multicolores de nuestros rivales que, sin remisión, nos estaban «robando el partido».

El pitido final, empatados y con un uuuy en el último seg3undo a nuestro favor, nos dejaba un mal sabor de boca, que disimulábamos con el último vistazo al «simultaneo» comprobando que nuestro «eterno rival» tampoco había podido ganar en «su casa al colista», y entonces lo dábamos por bueno aunque nos hubiese arruinado la quiniela con una X en donde habíamos puesto un 1 fijo. Aunque no sólo era ese el signo que nos privaba de acertar los catorce resultados, no pasábamos de 8 o 9 en las veces que más acertábamos; y eso que de lo que más sabíamos, deportivamente hablando, era de fútbol. Pero el balón tiene esas cosas: unas veces entra y otras no. Ya decían por entonces esas cosas los entrenadores, ahora «mister», para ocultar los errores que habían cometido antes de arremeter contra el árbitro que, igual que ahora, era el principal recurso para esconder las penurias de su equipo.

Pero al final todo seguía igual, los que tenía que ganar no ganaron y las distancias en la tabla de nuestros rivales se mantenían como habían quedado la semana anterior... y la anterior... y la temporada pasada... y la anterior también.

Desde entonces no he dejado de ir al fútbol. Primero lo hice de la mano de mi padre, luego lo hice con mis mejores amigos y ahora lo hago con mis hijos. Hay algo en ese rectángulo verde que sigue teniendo la misma magia de siempre. La misma que ahora ha seducido a mis hijos como lo hizo conmigo.
¿Saben ustedes cuál es?... Es muy sencillo. Hay que entender lo que quieren decir 80.000 mil personas cuando gritan entusiasmadas: «¡¡Goool!!».