5. El Quejote
Ángel Larena Tamaturgo (Barcelona )

 

A Juan Chinche le llamaban «El Quejote» porque siempre se estaba quejando: de los que no recogían las mierdas de sus perros para que él no pudiese pasear en línea recta; de los que alimentaban a las palomas para que se cagasen en su coche; de los que trucaban los tubos de escape para destrozarle a él los tímpanos... Durante mucho tiempo, su queja fue insolidaria; solamente se quejaba si el perjuicio le alcanzaba a él. Si no era así, decía: «¡A mí, plin!» y se quedaba tan ancho.

Juan Chinche llegó a la queja solidaria leyendo El Quijote . Para ser más exactos, llegado a la crítica literaria, al escrutinio de libros que el Cura, ayudado por el Barbero, realizan en la librería del caballero andante. En seguida se dio cuenta de que la quema de libros era para que no resultase dañado el juicio de otros crédulos como Don Quijote. «¡Coño con el Cura y el Barbero!; no pretenden evitar volverse locos ellos sino que enloquezcan los demás. Nunca se me hubiese a mí ocurrido».

A partir de aquí, El Quejote perdió la cabeza y decidió quejarse por los demás. Y no sólo eso; llegado a la conclusión de que la queja no solucionaba nada, se propuso pasar a la acción. Le empujó a ello el que, en una tertulia literaria en la radio, oyó hablar del libro como objeto de consumo y del escribir pretendiendo que la literatura se apartase de la obra de arte.

Al día siguiente, antes de la hora de apertura, Juan Chinche se plantó ante la puerta de una famosa librería. Durante el tiempo que pasó hasta que abrieron, y con el fin de que estuviese en perfectas condiciones, no dejó de agitar el spray de pintura roja que, nerviosamente, se iba pasando de una mano a otra. A todo esto, a través de la cristalera había avistado su objetivo: una enorme pila de libros coronada por un letrero que decía «BEST SELLER».

Cuando uno de los empleados se dirigió a abrir la puerta, El Quejote se las prometía muy felices: una multitud de personas se había congregado a su lado para ayudarle. «¡Caramba, caramba!; jamás hubiese dicho que el programa Letras derechas tuviese tanta audiencia. No han caído en lo del spray , pero qué más da. Son muchos a arrancar hojas y eso es lo que importa».

Juan Chinche tenía razón; eran tantos que al coger cada uno de ellos un ejemplar, le evitaron a él el trabajo de tener que rociarlos todos con pintura. «Bien mirado, mejor páginas arrancadas que tapas pintadas».

La decepción vino cuando El Quejote vio que, antes de destrozar cada uno el suyo, pasaban por caja y lo pagaban. La desilusión llegó al ver que formaban cola para que el famoso, que aparecía en la cubierta sin el negro que se lo escribió, les firmase el libro. Las risas se oyeron cuando, tras un último intento sin el resultado esperado, Juan Chinche pisoteó el spray al grito de: «Habéis tenido suerte, ¡me lo han vendido caducado!».