28. Una especie en extinción
Sergio Miguel Hernández

 

Donoso y grande escrutinio fue el que realizaron el cura y el barbero en la casa de nuestro hidalgo durante el capítulo VI de la también donosa y grande obra de Cervantes. Consistió en un juicio que condenaba a la hoguera a los causantes de la ensoñación de Don Quijote y salvaba a los que tenían la suficiente calidad literaria como para merecer la absolución como, por ejemplo, el «Amadís de Gaula».

En nuestros días no cabría en la cabeza de ningún habitante de la Castilla descrita por Cervantes la condena de los libros a la hoguera por considerarlos culpables de la enajenación de cualquier mortal. Por suerte, los libros ya no son los culpables de nada. ¿Por suerte o por desgracia?

La lectura se está extinguiendo progresivamente, con los inconvenientes que eso conlleva. Para Luis de catorce años leer se transforma en un acto casi subversivo. ¿Se imagina alguien a un niño diciéndole a sus amigos de ojos rojos por culpa de las videoconsolas que no va a jugar esta tarde al videojuego de moda porque está preocupado por el devenir de un caballero de los de lanza en astillero? Probablemente no. La razón: que sus amigos no tardarán en recriminarle su actuación y en burlarse de él. Incluso tal vez lleguen a decir que los libros le han vuelto loco a Luis, trazando de paso un paralelismo con la que para muchos es la mejor obra de la literatura universal, porque prefiere quedarse en el sofá de su casa con 625 páginas de aventuras en lugar de leer las 625 líneas que proyecta su televisor.

El ser humano ha vuelto a dar un paso atrás en la Historia. Después de los esfuerzos realizados para que una gran parte de la población pueda leer (no olvidemos que en algunas partes del Planeta todavía no tienen ese «privilegio»), de nuevo nos encontramos con una barrera que impide la materialización del sueño en una hoja de papel. Hoy no son los gobernantes temerosos de que el pueblo sepa ni el Tribunal de la Santa Inquisición los que le cortan las alas de los libros. Hoy es, por ejemplo, una pequeña caja negra la que condena a los libros a la hoguera más candente de todas, el fondo de la estantería donde sólo el polvo pone sus manos sobre las tapas de los volúmenes.

Sin embargo, la Historia le dará la razón a Luis cuando su pasión por los libros le convierta en un ser extraordinario, en alguien lo suficientemente inteligente como para gobernar el mundo. Si Luis no domina el mundo, al menos podrá soñar que lo hace, la mejor manera de ser libre y no ser esclavo de él, ya que los sueños nunca se extinguen. En cambio, la libertad de sus amigos está condicionada a la corriente eléctrica que alimenta su televisor; viven esclavos de esa caja negra cuando está encendida y no viven cuando está apagada.

La esperanza de un mundo mejor, más justo y más libre pasa por las manos, o por los ojos, de nuevas generaciones capaces de encontrar en los libros todo aquello necesario para crear ese mundo. Difícilmente se podrá construir una sociedad mejor si nadie la imagina antes. ¿Y qué mejor manera de ejercitar la imaginación que leyendo un libro? Tal vez Cervantes escribiría hoy lo siguiente: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un joven de los de mirada sincera, ideas brillantes, noble espíritu y a veces soñador. Esperemos que este joven no se extinga de la misma manera en que lo hicieron los caballeros andantes.