Cordura aconseja, locura obliga, y por eso nada pudo detenernos, nada: ni los falsos molinos, ni los poderosos soldados disfrazados de ovejas y carneros, ni el gigante que sangraba ríos de agua, ni todas las batallas, manteos y azotes a los que nos vimos sometidos. No pudo detenernos tampoco la fiera persecución de quienes censuraban los códigos de la caballería, ni los encantamientos que hubimos de soportar durante toda nuestra aventura, ni la huidiza mirada de Dulcinea. Pasamos por encima del filo de la espada del fingido Caballero del Bosque, de los hechizos de la cueva de Montesinos, de las mil falsedades de Avellaneda e, incluso, de la cruel derrota ante el Caballero de la Blanca Luna. Cordura aconseja, locura obliga. Y por eso nada pudo detenernos, nada, ni tan siquiera la muerte, que llegó finalmente, irónica y serena, para inmortalizarnos.