La portada del periódico reflejaba la muerte de la enésima mujer a manos de su compañero sentimental, en esta sociedad avanzada en la que se supone que tenemos la suerte de vivir. A medida que avanzaba más en mi lectura más terrible era mi duda, ¿la sección de sucesos es el diario entero? ¿Hay alguna noticia agradable? La paz en mi salón de lectura se vio perturbada de manera violenta, un tremendo estallido que provenía de la calle reventó los cristales de las ventanas del salón. Una banda terrorista acababa de asesinar a un pobre militar, sus tres hijos presenciaban la explosión del coche de su padre mientras le despedían desde el balcón de su casa. Mis heridas eran bastante superficiales y pude curarme yo mismo, en mis oídos un zumbido constante amenazaba con hacer estallar mi cabeza. En Irak un nuevo atentado cercenaba la vida de cientos de personas, la inútil guerra cedía el paso a una oleada perpetua de atentados terroristas. En el Sahara Occidental la muerte es la amarga compañía de cientos de personas sin que nadie tome cartas en el asunto.
No podía soportarlo más así que bajé al sótano. Con mimo desempolvé mi viejo arcón y durante horas, los recuerdos de aquella maravillosa época, me envolvieron en un delicado manto de sonrisas y de nostalgias. Durante unos minutos una idea rondaba mi cabeza, una locura, la deseché tantas veces como la acepté. Finalmente me convencí a mí mismo recuperé mi maltrecho traje, la lanza seguía reflejando mi rostro como un espejo. Quizás mi viejo escudero Sancho quisiera emprender conmigo el regreso a nuestro maravilloso mundo. Corrí a buscarlo y juntos decidimos que la mejor forma de escapar de este mundo inhumano era reemprender nuestra maravillosa cruzada contra los malditos molinos de viento de inusitada fiereza. Quizás, mis libros de caballería me estaban volviendo loco, pero al menos evocaban recuerdos de una época, en la que vivir era mucho más placentero, en la que la vida no tenía tanta prisa como ahora, en la que se podía disfrutar, de los pequeños placeres cotidianos que da la vida. Volver a ver a mi Dulcinea y cabalgar de nuevo sobre los lomos de mi fiel corcel Rocinante, volver a ser yo mismo, volver a ser Don Quijote de La Mancha.