Merced al encantamiento del sabio Frestón, Don Quijote y Sancho permanecieron dormidos durante largo tiempo. Cuando despertaron, un extraño hecho acaeció ante sus ojos: muy cerca de aquellos gigantes, convertidos de nuevo en molinos, un caballero y su escudero (a ellos semejantes en ademanes y vestimentas) narraban, con una maestría digna de encomio, las andanzas de un famoso hidalgo de esas tierras, conocido como El Caballero de la Triste Figura, a un nutrido grupo de personas extrañamente ataviadas. Don Quijote, convencido de que se encontraba ante una de las más grandes empresas nunca antes conocida, dijo:
—Amigo Sancho, el cielo nos manda ventura. ¿No ves allí dos magos embaucadores que, haciéndose pasar por nosotros, a esas criaturas tienen cautivas?
—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que, aunque en verdad sus vestidos sean los más extravagantes que yo haya visto, no parece que esa gente se halle cautiva. Acuérdese de la aventura, mejor diría desventura, de los frailes de San Benito.
—Sábete, Sancho, que el felón Frestón, grandísimo enemigo mío, puede confundir tu ingenio y hacerte ver lo que le viniere en gana.
Diciéndole esto, empuñó su espada y, con grandes zancadas, se dirigió hacia aquella gente. Los dos empleados de la agencia de viajes (que hacían de Quijote y Sancho) pensaron que se trataba de un perturbado y echaron a correr como alma que lleva el diablo.
—Non fuyades, cobardes criaturas —gritó Don Quijote.
Los turistas, creyendo que la escena formaba parte del espectáculo planeado por el tour operator , comenzaron a aplaudir. Luego sacaron sus cámaras de última generación y grabaron la secuencia para la posteridad.
Sancho, que se había aproximado sigilosamente al grupo de turistas, exclamó:
—¡Rediez! Nunca conocí unos magos tan poderosos. Tiñeron de amarillo la piel de estas criaturas y, además, les rasgaron los ojos.
Cuando les pusieron la camisa de fuerza en el Psiquiátrico, Don Quijote creyó volverse loco al reconocer, entre todas aquellas damas vestidas de blanco, a Dulcinea.