Mi padre era pescador; pasaba las horas en la playa arreglando sus redes; a veces daba largos paseos y se detenía de súbito mirando al mar. Mi madre me contó que un día llegó con un bulto en las manos, protegiéndolo, como si de un tesoro marino se tratase; mi padre, al ver la expresión de mi madre se lo enseñó: «Mira lo que he encontrado»; era un libro. Mi madre no le dio importancia, se encogió de hombros y se limitó a decir: «¿Qué entiendes tú de libros?». «Es el Quijote», dijo él, pero mi madre ya se había dado la vuelta y se dirigía a la cocina. El libro estaba empapado, así que mi padre lo puso a secar cerca de la chimenea.
Al poco tiempo mi madre se quedó embarazada de mí; mi padre pescaba y a la vez leía con fruición el libro que encontró en la playa, sumergiéndose en cada capítulo, en cada frase. Un día le cambió el nombre al barco llamándolo Rocinante y, según contaron sus compañeros, le vieron en la proa, blandiendo una caña como si de una lanza se tratara, gritando: «La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo, donde se descubren treinta, o poco más desaforados gigantes, con quien pienso tener batalla y quitarles todas las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra». Sus compañeros, atónitos, le miraban y se miraban entre sí preguntándose si había perdido la cordura; de pronto se volvió hacia ellos y gritó: «Allí, ¿no veis aquella sombra en el agua? Es un banco de peces, a por ellos», y empezaron todos a gritar con el mismo entusiasmo.
Mi padre se sentaba en la arena todos los días a leer el mágico libro, el mar al fondo, el sonido de las olas acariciando la orilla y el viento que revolvía su pelo proporcionándole un loco aspecto. Un día llegó a casa y le dijo a mi madre: «Nuestro hijo se llamará Sancho», a lo que ella le contestó que ese libro le estaba haciendo perder la cabeza y que de Sancho nada, que era un nombre muy feo. Él insistía todos los días para bautizar al niño (o sea, a mí) con ese nombre, pero ella no cedía: «Está bien que al barco le hayas puesto por nombre Rocinante, incluso te permito que alguna vez se te escape y me llames Dulcinea, pero por ahí no paso», y se quedaba cabizbajo mirando el fuego crepitar en la chimenea, murmurando: «Con la iglesia hemos dado, Sancho».
Un día que salieron a la mar, mi padre y sus compañeros se encontraron de pronto con una tormenta, se levantaron grandes olas que movían el barco a su antojo; todos intentaban protegerse con el fin de no caer al mar, pero mi padre gritaba: «Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas; en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza, o una oreja menos...», y dicho esto, el mar sacudió violentamente el barco haciéndolo caer y golpearse la cabeza contra el trinquete.
Estuvo un tiempo inconsciente y con una fiebre muy alta; mi madre le ponía paños húmedos en la frente y le decía al oído, sollozando, que si se ponía bien accedería a ponerle al niño el nombre de Sancho.
Y así fue pasando la noche, mi madre le vigilaba y le tomaba la mano, hasta que le oyó delirar, «Sancho, Sancho...», murmuraba.
Poco a poco se fue recuperando, pero cada vez estaba más imbuido en su papel de Don Quijote, era como si se hubiera apoderado de su alma, o al contrario.
Pasaron los años y los sábados y domingos (cuando no tenía que ir a la escuela) le acompañaba yo a la playa, me contaba historias de caballería y comparaba a su barco con un corcel y a las olas con gigantes con los que batallaba a diario.
Un día llegábamos a casa con la cesta llena de pescado; mi madre, sonriendo, nos esperaba en el zaguán de la casa. Una vez entrados y sentados a la mesa le pregunté a mi padre: «¿Me dejarás leer tu libro?», y me contestó: «Ahora digo que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho», y con estas palabras aumentó aún más mi curiosidad por el Quijote; así que se levantó nervioso, alborozado, y salió de la casa sin terminar el almuerzo en busca del libro, que guardaba a buen recaudo en el barco.
A los pocos minutos volvió a entrar en casa con el libro envuelto en un trozo de tela, se plantó en medio del comedor con aire ceremonioso y empezó a recitar: «Infinitas gracias doy al cielo, Sancho hijo, de que antes y primero que yo haya encontrado con alguna buena dicha, te haya salido a ti a recibir y a encontrar la buena ventura».
Yo sonreía, pues me parecía un actor de esos de corral de comedias; prosiguió: «Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está ¡oh hijo! Atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte; que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones».
Miraba a mi padre y comprobaba la franqueza de sus palabras que, aunque sacadas de aquel libro, eran todo un código de conducta para llevar a cabo en la vida, así que siguió con su parafernalia mientras yo le seguía embobado. «Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada»; «lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse». «Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de pescadores, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio».
Y con esto me extendió el libro, que yo recogí a le vez que me decía: «No hay libro tan malo que no tenga algo bueno, disfrútalo y aprende de él».
Entonces, mirando el libro le pregunté si él ya no lo necesitaba, me contestó colocando su dedo índice en la sien: «Está todo aquí, hijo mío», mi madre asistió a ese momento entrañable un tanto emocionada, y yo abracé a mi padre porque me había confiado algo de su ser, le di las gracias y me contestó: «El hacer el padre por su hijo es hacer por sí mismo».
Han pasado muchos años, mi padre murió, y tengo la certeza de que el Quijote se metió dentro de mí, gracias a mi padre más que a su autor; la primera vez que empecé a leer este libro me di cuenta de que llevaba parte de su esencia pues empezaba así: «En un lugar de la Playa, de cuyo nombre no quiero olvidarme...».