Comencé a creer que era un día de milagros. Desde ayer los conductores de ómnibus habían declarado el saboteo del servicio, por lo tanto trasladarse de un lado al otro demandaría horas. Con esa idea de sometimiento ante lo irremediable me dispuse a esperar pero ni bien apoyé mis pies en el refugio apareció una unidad.
Subí amontonándome ante una masa humana dispuesta a viajar de pie, pero una señora que ocupaba el primer asiento hizo levantar a su hijo pequeño ? eso no hacen las madres hoy en día ? y me ofreció el lugar.
Ya mi estado de asombro comenzaba a subir los decibeles de la perplejidad y como mejor respuesta ofrecí mi sonrisa y mi agradecimiento.
A poco subió una mujer mayor a quien se le escurrieron de la mano las monedas que debía introducir en la máquina y una joven inmediatamente las recogió del suelo solucionándole el problema; también, como supongo notó la torpeza para movilizarse debido a sus años, le cedió su asiento.
Hacía mucho tiempo que no veía tanta cortesía por lo que un regocijo me invadió pensando que, por algún motivo, los entes bípedos habían recuperado su solidaridad y sus buenos modales.
La señora que fue objeto del buen gesto no sólo no agradeció sino que comenzó a criticar al mal tiempo, a la humedad pegajosa y a algunas cosas más que no escuché porque pensé que era un pobre ente incapaz de gozar los milagros.