BIOGRAFÍA
Nací en Guadalajara un 20 de mayo de… hace muchos años. (No es coquetería; es que me sabe mal recordarlo: 1928). Soy, por tanto, un niño de la posguerra. Uno de los muchos que no pudieron estudiar carrera, lujo reservado a los «pudientes». Hube de limitarme, por ello, a aprender por libre todo cuanto pude. De la misma forma que en el sentir religioso hay vocaciones tardías, en la literatura también puede ocurrir. Siempre se ha dicho que el escritor precisa de soledad. Puedo certificarlo. La soledad llegó a mí hace varios años. Entonces, necesitaba de un «algo» que robase lugar en mi mente al hecho causante. Fue cuando empecé mi andar en el campo de la novela; andar corto y tardío que he tratado de no desaprovechar. Si habláramos de teatro, mi biografía podría ser extensa. Desde la interpretación, pasando por la lírica, la adaptación, la dirección y el montaje, muchas han sido las obras, tanto clásicas como contemporáneas, llevadas por mí al escenario. Pero… ¡otros tiempos y otra vida! El teatro es acción, voces, órdenes, nervios: movimiento.
La novela es quietud, silencio, imaginación reposada, concentración… es la soledad del autor con sus brotes imaginarios. Soy consciente de no haber construido un monumento literario. De la misma forma y con igual honestidad, soy consciente de que el relato es entretenido, y de que, sin gran esfuerzo, tú, lector, lo seguirás hasta el punto y final. Al menos, eso espero.
SINOPSIS
No había hecho sonar el reloj del consistorio las ocho campanadas matutinas, cuando Paco, sepulturero y guarda del campo santo, y Javier, un muchacho del pueblo, se encontraban con que las férreas puertas enrejadas del cementerio estaban extrañamente abiertas de par en par. Paco se adelantó. Oteó inquisitivo buscando al madrugador que se les podía haber anticipado en la visita. No vio a nadie. No había nadie. Cuando juntos alcanzaron la sepultura, vieron con asombro que la tierra echada la tarde anterior en la cárcava había sido extraída. Quedaba al descubierto el féretro. La bruñida tapa, sin duda levantada, estaba desencajada y dejada caer con descuido presuroso, esquinada sobre la caja mortuoria. Dentro, aun cuando no se viera, el joven cuerpo inerte de la fallecida. No se atrevieron a bajar al foso. ¿Quién habría sido capaz de cometer tan morboso delito?