edición personal

 

 

 

Octavio Paz en su laberinto, por Rodrigo Aravena Alvarado

 

Una de las grandes tragedias de la poesía del siglo pasado fue su incapacidad para crear mitos perdurables en la imaginación de los lectores. Toda ella se debatió incesantemente en la búsqueda de nuevas perspectivas y poéticas. Entre ellas el gran hallazgo fue la poesía políticamente comprometida que junto a los innumerables “ismos” dieron una vitalidad inusitada en cuanto a matices de expresión y a temas poetizables. A pesar de esto los poetas más importantes del siglo XX no hallaron nunca la imagen memorable, ya fuera un personaje o una fábula inolvidable: su negocio era la expresión y ésta aún, supuestamente pura. Ya no cabía esperar el canto del heroísmo, la peregrinación celestial, ni un vagabundo whitmaniano, ni un grotesco Fausto. La poesía, como nunca, se ocupó de sí misma.

El valor y la miseria de esta nueva poesía se aprecia con claridad al comparar a dos poetas que al fondo se intuyen, por su principal esfuerzo y por sus resultados, como muy parecidos: Octavio Paz y Goethe. Harold Bloom ha dicho de éste último que su Fausto es una de las poesías más “inasimilables” de todo Occidente. Creo que lo mismo podría decirse de Paz: la prueba está en el desasosiego que ambos producen tras su lectura hasta en el más distraído de los lectores. Goethe intenta conciliar en su intenso poema las ideas helenas clásicas de belleza, la serenidad confiada en la sabiduría de la Naturaleza, con la exuberancia de la nueva visión romántica del mundo: el resultado tenía que ser inasimilable. Paz, por su parte, escribe en toda su obra un esfuerzo por llegar a la palabra pura, la original, y ya cuarentón, al conocer directamente la cultura de Buda y la de Rama, parece descubrir que toda su obra tendía hacia el encuentro de Oriente con Occidente. Maravilloso hallazgo. Muchos de sus poemas últimos, imbuidos de concepciones contradictorias a la luz de Occidente, gracias a su contacto con Oriente, estaban ya de algún modo presentes desde sus primeras obras. En ambos poetas se produce una síntesis cultural monstruosa y bella que desasosiega y que es difícil de asimilar para el lector en la medida en que ninguno de los dos habla de la “naturaleza de las cosas”, sea esto una mera convención forjada por la experiencia o la intuición de una verdad profunda corroborada en el tiempo, como lo hace por ejemplo William Shakespeare. Ellos postularon a cambio lo que las cosas “podrían ser”, como cree Goethe, y como ejemplo no hay mejor pasaje de su Fausto que la extraña forma en que es éste salvado del demonio, o de lo que originalmente fueron, “al principio de los principios” como espera Paz.

La obra del poeta mexicano Octavio Paz, por quien sus compatriotas celebraron en marzo juntamente los 90 años de su natalicio y los 6 de su muerte, ofrece además dos características distintivas con respecto a su precursor alemán. Primero su amplio trabajo crítico, su preocupación por la poesía en cuanto tal, por sus límites que, con una vitalidad semejante a la del sabio alemán, lo impulsó hasta sus últimos años a rebasar todas las fronteras que él mismo iba descubriendo en su poesía. Y, en segundo lugar, su esfuerzo de síntesis cultural se resuelve en el vacío de la pura expresión sin que pueda entregarnos ninguna visión, ni siquiera una imagen del mundo memorable, como es el personaje Fausto, o la ya clásica noche de Walpurgis. Lo inasimilable en Goethe cuenta quizá con la coartada del pecador redimido Fausto guiñando el ojo a sus actuales, pocos por cierto, lectores. Paz se fía en su búsqueda expresiva, que enmascara bajo el pretexto del encuentro o la síntesis cultural, y queda allí, sin que aún podamos recordar ese símbolo, esa imagen, el laberinto o la biblioteca borgiana, que permanecerá siempre. Salvo este vacío, Paz no tiene mucho que envidiarle al alemán al cual trasciende incluso en imaginación y reflexión poética. Una cosa por otra.

Pasión crítica

Octavio Paz, como ensayista, es el ejemplo de escritor que sufre en sí mismo todos los conflictos que describe y que lleva a su poesía el fruto maduro de esa reflexión. Difícilmente se hallará un volumen crítico de Paz que, describiendo una facción del mundo, no sea ilustrativo de lo que es su propia labor como poeta. Para comprender su poesía no hay mejor ni más arduo entrenamiento que leer sus ensayos. Y cuesta. Hay que interesarse por la política, la historia, la literatura, la pintura y la arquitectura, lo “otro”, sea aquello “lo femenino” o lo cultural, el budismo y, siempre, algo más.

Ahora bien: ese diálogo inmenso, sobrenatural que propicia Paz entre Oriente y Occidente, entre el budismo y la razón, lo hispano y lo barroco indio; ese vocerío inquebrantable y bello, carne de la máscara del poeta que no obstante todas estas perspectivas busca su autenticidad en la palabra cargada de significados, despojada de ideología, de falsedad, en la palabra original; esta clase de poesía de Paz, no puede sino revelar al fondo el gran vacío, la soledad del poeta y la terrible nostalgia del hombre moderno que conoce demasiada historia, que sabe muchos caminos fracasados, que tiene mucho pasado, como para poder vivir de acuerdo a un plan sencillo u “original”, de vida. Se vuelve impensadamente a la certeza pateriana o nitzscheana de la redención del hombre (¿o sólo del poeta?) a través de la belleza y sólo si ella, como la música, es pura. De ahí el desasosiego del lector al enfrentar la deslumbrante poesía de Octavio Paz: su amplia cultura, su esfuerzo de síntesis cultural y vital, sin atreverse a decir el horror del vacío en que se encuentra su voz, se reviste de una belleza, de una mascarada huera que nos obliga a preguntarnos, juntamente con la callada pregunta de Paz en todas sus obras: “¿tanta belleza para qué?”.

Octavio Paz, halla una respuesta al vacío hasta de la belleza, no en el deísmo, sino en el amor y el erotismo, que para él, si era pleno, podía llegar a constituir una auténtica religión, siempre y cuando el erotismo no fuera la sexualidad trillada que tiene por único fin la procreación o el goce bestial. Para Paz el erotismo, como lo es para una parte de Oriente, es concepto. Cada postura erótica, cada parte del cuerpo cumple una función de conocimiento de uno mismo así como del Otro. Y ese concepto no es concepto cerrado, sino que abierto infinitamente al devenir del mundo. Cada concepto tiene su correspondencia en el cuerpo. “El cuerpo, escribió John Donne, es el libro donde el alma escribe sus misterios”. Exacto. Cada parte del cuerpo, aun esas que sólo es posible presentir por el tacto de otro, por su enajenación consentida de lo propio para transformarlo en un “nuestro”, remite a la totalidad y el instante del encuentro sexual es instante de vida, de destrucción en la entrega también, de aniquilamiento del yo, que se carga de lo duradero, en lucha constante contra la angustia de no saberse, no eterno, que implica pasar por toda la secuencia de presentes por todo el tiempo, sino definitivamente arraigado a ese instante de plenitud que no quisiéramos dejar pasar y que sin embargo pasa.

Piedra de sol

Como ejemplo de todo lo expuesto, Paz escribió en 1957 Piedra de sol. Sólo cinco años antes había viajado a la India y Japón. Las ideas de esa parte de Oriente encarnan entonces en Paz y su poesía.

Piedra de sol evoca en sus 584 endecasílabos, mismo número de días que tardan el sol y Venus en entrar en conjunción, el nombre y la forma circular del calendario de piedra de los antiguos mexicanos, los aztecas. En el poema Paz no centra su erotismo en la carne de su pareja sino que hace que el mundo entero (simbólica, esotéricamente, por cierto) tenga su correlato con el acto erótico y, a pesar de todo, íntimo de la pareja. La pareja va engendrando el mundo, sacándolo de sus casillas de piedra, fuera del tiempo cronológico “asesino de eternidades”; el mundo los regenera a ellos estos renuevan al mundo que los culmina y vuelta al ciclo. Todo es a la vez opuesto y complementario desde la oposición pareja/mundo hasta los signos mismos de la escritura: el poema acaba con dos puntos y la repetición de los primeros versos que fueron su principio: el tiempo que se muerde la cola, el definitivo quedarse en ese tiempo vital que sólo en sus afanes, en sus luchas y sus ternezas, entienden los amantes. Las alusiones a espacios a tiempos, remiten a la historia de un hombre en particular, uno que nadie más puede vivir, dueño sin Yo de un solo instante. A través del cuerpo, no en él, Paz no lo canta, no lo conmueve, el poeta logra advertir la transparencia del mundo.

Lo repulsivo del poema es precisamente eso. La anulación de las diferencias individuales. Porque el poema es el encuentro armónico y esotérico de los perfectos complementarios, del hombre y la mujer. Pero ¿existe esa complementariedad perfecta? La anulación del yo y de lo otro en este éxtasis poético pleno es muy semejante a la borrachera: un instante en que se olvida todo y existe la ilusión en la verborrea o en el silencio de que el otro es perfectamente comprensible y que nos comprende; que somos hechos como cóncavos y convexos espirituales lo cual es, sin duda, una ilusión de, insisto, parte de oriente y de todo el amor en occidente.

Si se quiere ver sólo el logro estético de Paz este es de los mayores porque como muy pocos en nuestros días, como Parra, sin duda, Octavio Paz logró diluir su yo en el poema para, en su particularísimo caso, exaltar a la poesía por la poesía o, bien dicho, mediante ella. Pero Parra tuvo el valor de enfrentarse cara a cara con el horror del vacío que halló en su peculiar búsqueda de la belleza, mientras que Paz sólo nos propone una hermosa mascarada.

Julio Cortázar, en un juicio que no deja de recordar la predilección atávica de los mejores escritores argentinos por lo esotérico y lo irracional, ha escrito que Piedra de sol es el poema de amor más bello que tuvo Latinoamérica en el siglo XX. Yo sólo agregaría, sin quitarle ese mérito, que es el más representativo de las alturas y las simas tristes de la buena poesía en nuestra lengua del siglo pasado.