edición personal

 

 

 

La profundidad de la simpleza

Crítica sobre la novela Querido Amigo, de Angélica Gorodischer, de Patricia Saccomano

Es difícil encontrar un libro que en cada página, en cada palabra, en cada letra, nos recuerde que si para algo sirve la literatura es para el deleite. Si lo pensamos en términos de utilidad, parafraseando a García Márquez, podemos concluir que la literatura no sirve para nada. Para nada útil, nada más y nada menos que para un esencial y único disfrute.
Esto es lo que pasa con QUERIDO AMIGO, de A. Gorodischer.

¿Será porque se trata de una novela epistolar y erótica?

¿Será porque es una novela que muestra la transformación de un hombre?

Porque si algo le pasa a Albert-George Ruthelmeyer es que su vida sufre una radical transformación, y no al modo de Gregorio Samsa precisamente.

La historia es simple: Corre el año 1809 y este diplomático inglés es enviado por Su Majestad británica a un país de Oriente a establecer relaciones comerciales y acercar ambos países. De inmediato se produce un contraste de culturas: del frío de Inglaterra al calor enloquecedor del desierto, donde la brisa tiene un efecto insospechado sobre los cuerpos y los espíritus de las personas. De los recargados terciopelos europeos a la seda blanca que apenas cubre la anatomía de hombres y mujeres -a la vez que recubre casas y calles-, porque todo está cubierto de esta seda blanca que parece tener vida al ritmo suave y ondulante de una brisa continua.

Nuestro protagonista es aceptado pero hay situaciones que no comprende bien, la casa que le otorgan para vivir es tan espaciosa y cómoda como oscura. La explicación que recibe no es menos extraña: “que en las casas no había luz porque no hacía falta, que cuando yo tomara mujer la casa se iluminaría por sí sola”. Las rarezas están a la orden del día: si bien todos los hombres son muy amables con él, nadie lo invita a sus casas y cuando lo visitan no acceden a ingresar en la suya.

Albert-George ha dejado a su esposa en la helada Inglaterra, la extraña tanto como al aire frío y a la imagen de los campos nevados entrando por la ventana de su estudio. No tiene intención de tomar mujer alguna, hasta que la ebullición de su sangre no le da tregua y pasa lo que tiene que pasar. Primero con una sirvienta, tiene varias, mudas, diligentes, serviciales, no lo sabe pero también están para calmar sus urgencias en caso de que él así lo desee. De todos modos, con mucha timidez al principio y cada vez liberándose un poco más, sus costumbres van quedando atrás y así se lo cuenta a su amigo en las cartas. Lo nuevo, lo desconocido, la posibilidad de una nueva vida le abre las puertas. Puertas que él atraviesa, no sin temor, no sin prejuicios, pero como atraído por una fuerza que le impide detenerse.

Con un lenguaje cuidado, metafórico, repleto de imágenes maravillosas, A. Gorodischer narra a través de las cartas que Albert-George le escribe a su amigo, el encuentro de este hombre con otro mundo, otra cultura, con la posibilidad insospechada, real y cierta de acceder a un nuevo modo de felicidad.

Comprueba el poder de las mujeres, efectivamente su casa se iluminará una vez que entre una mujer en ella. Sin embargo, no podrá develar el misterioso poder de las mujeres, y tal vez comprenda que gran parte de la felicidad nueva consiste en no insistir en el intento de entenderlo.

De más está decir que allí se quedará, vivirá penas y alegrías, conocerá el amor, un modo muy distinto de amor al que está acostumbrado, sabrá de la generosidad que exige ese amor, y no sospecha del dolor devastador que producen ciertas pérdidas, acostumbrado como está a vivir en la superficie, en los buenos modales y en lo conveniente de actuar del modo apropiado.

Con maestría y un disfrute que también se adivina en la escritura, A. Gorodischer nos regala un texto que se basta a sí mismo, dando más de lo que promete esta historia nada pretenciosa, con la profundidad que requiere la simpleza, con el delicado equilibrio que exige el erotismo, con la belleza de una prosa precisa de tono poético.

Una novela que nos habla de las maravillas del mundo, que nos dice que lo fantástico forma parte de la realidad de quien se atreva a descubrirlo.

Lo dice bien el protagonista: “Por eso le decía, querido amigo, al comienzo de esta carta, que cada día puede traer una nueva felicidad y que tal vez la sabiduría consista en esperar confiado puesto que si no hace su aparición, será porque se ha retrasado un día y llegará al siguiente”.

No es casual que después de semejante descubrimiento, la rotunda metamorfosis que sufre el personaje le atraviese también el nombre propio. De aquí en más firmará las cartas que dirige a su amigo como Albgeor. La condensación de aquel otro largo nombre tan pesado como los abrigos que dejó en Inglaterra. Un modo más corto, más simple de nombrarse. Como la seda que todo lo cubre, una seda blanca, sin falsos adornos, pero que en cada pliegue, en cada ondulación, parece esconder un secreto. Un nuevo nombre para un hombre nuevo, con la profundidad que exige la simpleza.