edición personal

 

 

 

Bestiario de Julio Cortázar, 56 años de relecturas, por Marcelo Galliano


La novela, como símbolo representativo y abarcador de la narrativa de largo aliento, ha permitido una transformación estructural a través de los siglos. Esa amplitud de concepto  ha ramificado las originales características, ensanchando su definición prístina.

Novela es el Quijote, donde las desventuras de su protagonista forman un hilo conductor cronológico de situaciones; novela  es Pedro Páramo, donde las referencias de tiempo y espacio estiran sus límites hasta niveles improbables en un plano tridimensional; y también lo es Rayuela, donde una configuración aleatoria plantea la búsqueda de un lector dinámico; e inclusive Mrs. Caldwell habla con su hijo, donde la trama subyace en la sucesión de cartas póstumas del personaje. Podría seguir enumerando casos, podría arriesgarme a decir que hay tantas formas de novelas como títulos editados.

El cuento, con su limitada extensión,  no ha consentido semejantes libertades; a pesar de su evolución (palabra es más científica que artística) sigue siendo lo que una vez definí como  carrera anaeróbica, o un buen final con unas líneas acordes que lo preludian.

Por eso cada aportación sucedida en el relato, ha sido tomada como un elemento difícilmente prescindible en el futuro; por eso, también, cada escritor que la ha esgrimido (Poe, Kafka, Borges, Rulfo) ha sido considerado un quiebre medular en la historia del género corto.

Cortázar pertenece a ese núcleo de cuentistas.

Hablar hoy de él, implica el riesgo  de repetirse vanamente, de decir lo ya dicho en enésimas ocasiones, lo  reescrito  cada vez más vacío, más inútil, peor esbozado.

Pocos escritores en la historia han soportado más debates psicoanalíticos en torno de sus textos,  más elucubraciones de índole estilística, más adhesiones desaforadas o  críticas mezquinas a la morfología de su prosa.
Lejos aun del Cortázar público, del objeto de culto y defenestración, del intelectual de referencia, del hombre de barba rojiza comprometido con situaciones ajenas a  la literatura, se gestó Bestiario.
Este volumen de relatos –capítulo fundamental en la inocultable herencia cortaciana, legado ése que, recientemente, se ha reeditado de manera integral-, conserva  en sus páginas  la lozanía   con la que sorprendió hace más de medio siglo, su sonora prosodia, su inevitable musicalidad.

Con Casa Tomada (una de los trabajos más recordados) ese joven Julio Cortázar, ya cautivado   por Jean Cocteau, abre la apuesta con un texto seco, misterioso, pieza de relojería labrada con cuidado y de adjetivación austera. Una pareja de hermanos escriben su presente con silencios, con miedos infundados en una casa que deja de pertenecerles progresivamente.  Al margen de las diversas transliteraciones freudianas que vieron, en este cuento, un alegato político de la época, el desarrollo es de una belleza diáfana, de una prosa poética que se incrementará con el segundo relato del libro. Me refiero a Carta a una señorita en Paris. El simbolismo vuelve   a irrumpir, en este caso ejemplificado en una extraña patología que aqueja al personaje.   Lo oculto, lo no mostrable, ese aspecto oscuro que sobrepasa el normal devenir de la existencia, es una presencia constante en Cortázar, donde  el hecho fantástico vive agazapado hasta el momento justo de develarse, siempre sutil, siempre en un marco tan común como sorprendente.

Con Lejana y con Ómnibus se rompe el esquema de cuento corto, el autor da indicios de su dominio para la novelle –género que frecuentará en su posterior libro: Las armas secretas-. En esa temática se mueve Cefalea, relato en el cual  retoma la experiencia surrealista de Carta…,  y Circe en donde una neurosis se convierte en una obra de maestra.

Decididamente política es la visión de Las puertas del cielo, párrafos éstos que le valieron al escritor la diatriba de los sectores populares, aun todavía en años en que  apoyó, abiertamente,  a los movimientos de masas.

El cuento de cierre le da título al libro. Esa bestia, quizá elegantemente presente en gran parte del volumen,  camina con placidez  por las habitaciones, gracias a la condescendencia de una familia que sucumbe a ella.

Nada de todo eso  ha envejecido, quizá porque las historias recorren las aristas del universo sin caerse, tan sólo asomándose   a una realidad que nos asombra por lo fantástica, y por la naturalidad con que nos invade.

El decir de Julio Cortázar, siempre atento a la modulación oral y a la entonación humana, continúa siendo uno de sus grandes méritos, más allá de toda disección de su obra. Estas características, aun invencibles, sumadas a  su irremediable  creatividad, justifican el reencuentro con este autor, una de las plumas más originales de siglo XX.