edición personal

 

 

 

, por Magnolia Medina

La demencia, la locura y todo tipo de patologías mentales construyen el arquetipo del personaje moderno y postmoderno. Las intrigantes basuras del subconsciente se convierten en el material predilecto para la creación del nuevo “héroe”. El monólogo interior del protagonista nos sume en sus delirios y euforias incontrolables que magistralmente encuentran una representación lingüística a través de los adverbios en -mente y las continuas repeticiones de palabras e ideas. Sí, los adverbios son los verdaderos protagonistas de este relato. Magistralmente empleados para arrancar el monólogo interior que perfila la personalidad desequilibrada del protagonista, y utilizados también para finalizar, un sí termina el relato, adverbio de afirmación, después de dar un giro argumental importante justo en el momento en el que el lector ya no espera que ocurra nada trascendente más allá de la mente del narrador. El juego de Bernhard es hacernos creer que responde a esa forma terapéutica de escritura de la que abusó Bretón y todos los surrealistas, el protagonista manifiesta haber encontrado en ella el apoyo para sobrellevar su encerramiento y cumplir con los deberes de todo intelectual que, llevado por el amor al trabajo, se aísla para entregarse al estudio (pag. 17). El azar, la casualidad, le ponen delante el remedio, el antídoto a su misantropía, La Persa. El encuentro inesperado, porque en el estado en el que se hallaba ya no esperaba nada, es la sobredosis necesaria de voluntad que necesitaba: voluntad para comunicarse, voluntad para pensar en alguien que no fuera él, voluntad para desear, voluntad para vivir. Y sólo en ese momento reconoce el penoso estado en el que se encontraba, en la página 24, en una inesperada actualización del relato: "Hoy puedo describir ese estado…".Lo cierto es que su escritura lo ha descrito ya.

¿Pero cuál es en realidad el tema del libro? Si todo parece estar conscientemente dirigido hacia la reflexión de la enfermedad mental, de la curación por puro azar, poniendo en entredicho la labor de los psicólogos y terapeutas, al final resurge el tema del suicidio como expresión suprema de libertad. El trasvase de energía y voluntad dejan a la mujer del suizo en números rojos, enigmática mujer que se desmorona ante la evidencia del odio de su marido. Éste, en premio a su servidumbre y lealtad durante cuarenta años, le compra un húmedo y desolador terreno donde hacerle un búnker que la proteja de las curiosas y maliciosas miradas de los lugareños, bien perfilados estos en las conversaciones del narrador con La dueña (pág. 43). La euforia y la desesperación presentan la inevitable reflexión sobre el equilibrio, cuando alguien se salva otro se hunde, cuando alguien vive otro muere. Lo hermoso se trunca malévolo y así el fortuito encuentro de ese otro al que puedes hablar en silencio, de mente a mente, termina en dolor.