El Horla y otros cuentos, de Guy de Maupassant, por Magnolia Medina
¡Qué tarde tan espléndida! No he podido salir a pasear, era preciso que escribiera esto antes de la cena. En el coche, de vuelta a casa por la larga autopista del sur, observando el azul tranquilo del mar, rumiaba para mí algunos pensamientos sobre la relación entre la locura y la creación artística. Sin querer, en un tono más alto de lo normal, recordé ese famoso verso de Baudelaire: “Te pavaner aux lieux que la Folie encombre” (‘Te pavoneas en los lugares que la Locura obstruye’), del soneto El Poseído. Fue entonces cuando sentí un ligero y fresco aliento tras mi nuca. Levanté una mano del volante y toqué mi cuello, fue una reacción mecánica que acompañé de un nervioso vistazo al retrovisor. Se me aceleró el pulso, tronaban los latidos desde mi pecho, pero no había nada ni nadie allí detrás.
Oscurecía, suaves destellos tintineaban en el océano mientras yo buscaba la forma de entender el final del cuento. Siempre rechazando las explicaciones mágicas, me parecía que el protagonista había caído en un trastorno esquizoide que explicaba el fuego apoteósico. En un instante llegaron a mi memoria las palabras que hace años, cuando cambié mi cama de posición y dormía con la cabeza hacia el sur, susurraron en mi oído: “no te preocupes, volveremos a por ti”. A la mañana siguiente, y por prescripción del feng shui, volví a colocar el cabecero hacia el norte, buscando el magnetismo que ayuda a guardar el equilibrio. Estando en este recuerdo esbocé una ligera sonrisa que envalentonó mi mirada otra vez por el retrovisor…¡nada!, suspiré y volví a sonreír, entonces levanté la mano del volante para encender la radio en la que sintonicé mi emisora de siempre y en la que escuché: “ya estamos aquí para llevarte”. Al oír esto, volví mi cabeza hacia el asiento derecho, estaba allí, era él. No estaba solo, se había traído a los mejores, yo no supe reaccionar. Fue Maupassant, el de mi derecha, en un perfecto francés, el que me dijo que no frenara ni parase, que era precisa la velocidad para hacerlos visibles. Me presentó a los dos viajeros de atrás, no los había visto, aunque sí había vuelto a sentir el aire frío en mi nuca, eran los suspiros de Alan Poe que había grabado sus ojos penetrantes en el cristal de mi espejo. A su lado, H.P. Lovecraft con su prominente mandíbula, asentía mansamente a las palabras del copiloto.
Una fiebre inmensa me recorría, conocía ese estado, hace que vea todo esponjoso, el volante se me volvió inabarcable pero sostuve la ruta. Llegando a Radazul les pedí que me dijeran adónde me iban a llevar. Entonces rieron, los tres al unísono, y repitieron la famosa frase de Shakespeare: “de lo que tengo miedo es de tu miedo”.
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