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Aurelio Arturo Martínez (Colombia, 1906-1974), autor de Morada al Sur, de J. Mauricio Chaves Bustos Con la muerte de Aurelio Arturo, se hunde por segunda vez en No ha habido en Colombia poeta de mayor significación que Aurelio Arturo, bien sea por la originalidad de su canto, sin par en las letras colombianas, bien por la evocación simbólico-metafórica del cosmos, de la naturaleza, del mundo que lo rodeó y que le fue ensoñación en la añoranza. Sin embargo, como bien lo anota William Ospina, desconocido por su pueblo, sigue siendo lo que fue en su vida: el más anónimo, el menos editado y el más importante de los poetas de Colombia. (…) Ya se encargará el tiempo de revelarnos a todos cuál es el lugar de este hombre en la gran Historia. A llegado, no tan prontamente como muchos quisiéramos, el momento en que la voz del cantor de Morada al Sur sea puesta en diáspora, para romper del círculo de unos cuantos especialistas el eco del cantor de nuestra patria, de esta Colombia que él vio poblada de libertad y ensueño en forma de viento y de hojas solas en que vibran los vientos que corrieron/ por los bellos países donde el verde es de todos los colores, / los vientos que cantaron por los países de Colombia. Habiendo saliendo el país de uno de sus más cruentos enfrentamientos, y poco antes de morir en Madrid uno de los más aviesos personajes que alimentaban la llama del encono en el sur del país durante la Guerra de los Mil Días, Ezequiel Moreno, nacía Aurelio Arturo Martínez, un 22 de febrero, en la antigua Venta Quemada –en cuyas montañas de Berruecos fueron sacrificados el Mariscal Sucre y el poeta soldado Julio Arboleda-, hoy La Unión, departamento de Nariño. No hay datos fidedignos acerca de su niñez, pero es esta época pretexto para que la añoranza se tejiera en filigrana de bellos recuerdos, especialmente esa agreste y generosa tierra nariñense, en cuyos confines se abre dadivosa a las cordilleras del país y que marcará el derrotero de su canto: No todo era rudeza, un áureo hilo de ensueño / se enredaba a la pulpa de mis encantamientos. / Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo, / al sur el curvo viento trae franjas de aroma. / Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos / de la nodriza, el sueño me alarga los cabellos. Recuerdo por demás universalizado bajo el ejido de su fantasía, llevado al mundo de las letras de manera tan singular y única que es imposible ubicarlo en uno de los tantos grupos o escuelas que copan los anaqueles de nuestra literatura, diremos, sin embargo, que históricamente se movió entre el grupo de Los nuevos y Piedra y Cielo. Bajo esa tradición humanista propia del sur del país, en 1925 ingresa a estudiar derecho en la Universidad Externado de Colombia, profesión que ejercerá hasta el final de sus días, alcanzado el más alto peldaño en la rama judicial, la de Magistrado. Habiendo ocupado algunos cargos en la administración pública, tuvo la oportunidad de viajar a los Estados Unidos, en dónde perfeccionó su inglés, el que le sirvió para conocer a escritores anglosajones y norteamericanos, a la vez que para traducirlos a nuestro idioma, y así mismo la oportunidad de conocer poetas que serían de relevancia mundial, como Yeoryos Seferis, Mijaíl Shólojov, Alexandr Solzhenitsin, entre muchos otros de igual importancia. En 1931, Rafael Maya publica en la Crónica Literaria del periódico El País sus primeros poemas, tal honda impresión causó en el poeta caucano los cantos de Aurelio Arturo, que éste se expresa así: Leí, pues, los poemas y quedé un poco perplejo. Aquello no se parecía en nada a cuanto se había escrito en Colombia hasta entonces, en el orden de la poesía. (…) Es poesía que se siente, como se siente el rumor de la yerba sacudida por el roció, el hábito de la noche plateada en el campanario o la emanación de los pinos que respiran bajo las estrellas. La poesía de Arturo es un sonambulismo luminoso, y de ahí siempre la admiración por lo novedoso de su estilo y de su estro, tanto en el escribir como en su personalidad. Aurelio Arturo rompe con el estereotipo del poeta, no es bohemio, no tiene una personalidad arrolladora, ni es taciturno o ensimismado, no rompe las reglas, sino que más bien su ética profesional le traza un sendero de pulcritud y honestidad en todas sus formas; más bien serio, formal en el vestir y por sobre todo esquivo a las multitudes, parco en el hablar, huidizo a los reconocimientos y promociones, sólo ante las insistencias de sus amigos y allegados acepta el Premio Nacional de Poesía Guillermo Valencia, otorgado en 1963, y por sobre todo sustancial en una poesía brevísima, pues poco más de 30 poemas constituye la totalidad de su obra, en un país, que como reconocen muchos, se acostumbraba a la edición anual en grueso, las más de las veces en inversa proporción a la calidad de lo publicado. Poco editado, como acota William Ospina, sin embargo los noveles escritores y poetas se preciaban de contarlo entre sus colaboradores; en 1945 Jaime Ibáñez publica 13 de sus poemas en Cántico, y la Revista de la Universidad Nacional de Colombia, año II, No. 7, publica en el mismo año el poema Morada al Sur, el mismo que dará nombre a su único libro, que sólo será publicado en 1963 por el Ministerio de Educación Nacional. Las revistas Eco, Golpe de Dados, Espiral, serán las encargadas de publicar y dar a conocer sus poemas en vida del bardo, quien falleció el 24 de noviembre de 1974 en Bogotá, la ciudad donde aprendió a amar la noche en el cansancio/ del bullicio, de las voces, de los chirridos/ en pausa de remotas tempestades. De ahí, su canto ha seguido oculto, si bien se reconoce la originalidad de su voz, pues Aurelio Arturo es el poeta del susurro, al que se escucha en el silbido casi imperceptible del viento, y a pesar de que la UNESCO lo declaró el poeta del siglo XX, y fuera de algunas ediciones de su Morada al Sur hechas en Caracas y Madrid, o de revistas que siguen publicando sus poemas, como La Horca de Lorca de la Universidad Nacional de Colombia, su voz sigue siendo desconocida. Su esencia y su sustancia nos enseñarían a revalorar nuestro sentimiento hacia nuestra doliente nación, la tierra que el vislumbró buena, murmullo lánguido, / caricia, tierra casta,(…) / Tierra, tierra dulce y suave, quizá si escuchamos atentos su canto de hojas, de vientos, de distancias, de bullicio-silencioso en sus palabras, tal vez, solo tal vez su eco murmurante se nos haga grito de encantamiento, en una sociedad que ansía estar labrada con justicia y paz. |