Un día en la trigésimo tercera feria del libro de Buenos Aires, por Carlos Schulmaister
Era en fin de semana y se cobraba entrada. Adentro la muchedumbre recorría los pasillos pesadamente en todas las direcciones, orillando los variables contornos de los stands editoriales, que radiantes de luces, colores, formas y volúmenes connotaban grados de importancia diversa en proporción a sus dimensiones, por más que en su interior sobrara espacio para la gente, poco interesada en los infinitos títulos y diseños de tapa.
La gente prefería los pasillos para circular, para mirar lo que aparecía a medida que caminaba, aquello que se alzaba por encima de los ojos imponiéndose a éstos en un flash, como los nombres breves y reconocibles de marcas industriales o de editoriales, pero sobre todo porque ellos enmarcaban una cómoda aunque aparente neutralidad que no los comprometía más allá del hecho de ser testigos –y sólo formalmente- de lo que aparecía.
Por eso era posible recorrer en un lapso mínimo de dos horas todos los pabellones, aunque se tardara otro tanto en desandar el trayecto.
Era la celebración de la apariencia, de lo externo y ajeno, de lo que no supone ni busca una experiencia sino sólo la contemplación pasiva, un no lugar, la fotografía que congela una distancia insalvable entre uno, o entre cada uno de los unos allí presentes y lo externo que no logra convertirse en realidad real.
La mercancía principal a transar era el propio espectáculo, más que los múltiples formatos de contenidos simbólicos como el viejo libro impreso o el novedoso DVD. Imagen, no mensaje; representación, no realidad.
Los infinitos universos simbólicos de contenidos yacían apilados, indescifrables e insospechables mientras los libros no fueran abiertos y recorridos por una mirada conectada al cerebro de un ser vivo, plenamente vivo.
No había curiosidad por tomar un ejemplar y abrirlo al azar o deliberadamente buscando algún azaroso dato, una anécdota recordable o siquiera una imagen procaz, no ya por necesidad sino tan sólo para justificar el movimiento del brazo y de la mano.
No había alegría alguna en las facciones repetidas de los escasos sujetos con un libro en sus manos al que miraban intentando vanamente que les devolviera una imagen especular.
Lo que menos existía allí era el encuentro entre dos mundos, el de autores y lectores en torno a una obra cualquiera, salvo algunas verdaderamente escatológicas y muy buscadas. Los escasos paneos visuales sobre mesas y estantes, tan meticulosos como inútiles, equivalían a los de los lectores universales de las placas de bronce de los nichos de los cementerios.
¿Obedecería tanta prescindencia generalizada a la flojera de las manos de los visitantes en ese día (hacía mucho frío)? No lo creo. ¿Acaso era compensada por la profundidad de las miradas? Tampoco lo creo. La mayoría miraba sin ver, sin aprehensión de nada salvo la noción de la fugacidad, y esto aun grosera y superficialmente. Las escasas manos y ojos mirando la variopinta gama de diseños de tapas actuaban mecánicamente, ritualmente, previsiblemente, sin comprometer el interés ni la voluntad de sus dueños.
Si bien las múltiples conferencias a cargo de estrellas rutilantes en el firmamento cultural parecían escapar a la caracterización precedente constituían más espectáculo aún: intelectuales de mercado con hábil manejo tanto de claves y frases altisonantes del pensamiento políticamente correcto volcado a la izquierda nostálgica como de los silencios connotados; que utilizaban lenguajes especializados pero hacían guiños y concesiones de complicidad populachera a públicos heterogéneos, demasiado cholulos, a menudo absortos pero no necesariamente por el impacto de la experiencia personal del eventual diálogo, tácito o implícito con el disertante. Aunque, como siempre, hubo honrosas excepciones.
En suma, lo cultural no estaba en los libros ni en las conferencias como fenómeno de expresión personal destinado al enlace comunicativo con imprecisos y potenciales otros desconocidos en busca de su propia revelación, la de si mismos.
No, lo cultural era el espectáculo mismo, ajeno a todos los si mismos reales y potenciales presentes en esa relación mediada por imágenes. Socialización aparente, falsa culturización, festival publicitario de industrias culturales y mediáticas cada vez más integradas y concentradas entre si y con el resto del campo industrial para soportar semejantes gastos. Gastos que no pagarán ellas, por cierto. Y que los gobernantes ayudarán a reducir gastando el dinero de los contribuyentes: montaje de escenarios, transportes, seguros, viajes, honorarios de conferencistas, tarifas de gráfica, radio y televisión, todo lo cual será propaganda política oficial disfrazada de “inversión estratégica del Estado”.
La única inversión económica genuina fue la de las familias que pagaron los viajes de ida y vuelta en colectivo hasta la Feria y algún refresco en cuya propiedad participa aquella concentración financiera que reproducirá esos espectáculos año tras año, acá, allá y acullá, en coordinación con los organismos oficiales de cultura, para solaz adicional de autores y gestores culturales invitados, y de los funcionarios políticos oficialistas.
Pero, ¿acaso los libros no se vendían? Sí, algunas editoriales vendían, otras no. ¿Qué clase de libros se vendían? De autoayuda, de esoterismo, novela pasatista, libros de cuentos del tipo que Pérez Reverte dice que sirven para estupidizar a los niños, cancioneros, guías turísticas, etc. Y muchas ventas fueron subsidiadas por el gobierno.
Algunos dicen que eso no tiene mayor importancia, que lo importante es leer, pero ocurre que una vez que se aprendió a leer hay que levantar la puntería porque si no…¿de qué sirve haber aprendido? ¿O acaso se aprende sólo para leer los cárteles de tránsito, las boletas de impuestos, las electorales o las consignas del capataz o del patrón? En caso afirmativo se comprende la necesidad de saber leer cuando el individuo se halla solo, porque si está en lugares públicos con mucha gente saldría más barato para todos repetir una letanía de deberes para todos los gustos y necesidades por medio de altoparlantes.
Ironías aparte, no creo que el ejercicio de la razón sobre la base de proposiciones absurdas, delirantes, falsas, irracionales, estúpidas, inocuas, inmorales, amorales o ilegales sea de igual valor que el que se realizara con proposiciones exactamente opuestas. Y no lo creo aunque aparezcan propuestas teóricas y prácticas de vanguardias en todos los campos impugnando la realidad teóricamente con la excusa colectivista y simultáneamente afirmándola mercantilmente con la individualista. Esos mediadores son el equivalente exacto de todo aquello y aquellos que pretenden impugnar.
La hiperproducción de mensajes que no serán leídos ni comprendidos nunca no hace sonrojar a ningún productor de los mismos, incluyendo los mensajeros religiosos actuales, poseídos por idénticas crisis de identidad y de mercantilismo.
No sólo existe exceso sino también enfermedad en tanta emisión degradada de mensajes y discursos variados que provocarán rechazos y parálisis tanto como desvaríos y desvíos de la razón, muchos de los cuales ya tienen jerarquía universitaria.
Por cierto, la solución no es el orden del silencio ni la agitación convulsiva impuestas por la violencia fascista, nazi o comunista, con sus obligadas lecturas de catecismos políticos e ideológicos que de paso servirán para aprender a leer desde las más tiernas edades.
Hoy tampoco se dan los supuestos de Fahrenheit 491: al contrario, hoy “todo vale, todo es posible, y vale igual”, de modo que los libros ya no se queman. Por tanto, el camino más creíble es la deslectura de la hipocresía instituida, del orden de las certezas apoyadas en la dominación y la explotación tanto colectiva como individual, avalada por los indiferentes, los silenciosos, los meticulosos, los ubicuos y los obedientes de toda laya que transversalizan el campo oficialista en todas partes del mundo.
Falsa realidad, pero realidad al fin que pasa como real. Cultura artificial para relleno de vacíos previendo los peligros de la experiencia sin teoría previa en una sociedad global harta de teoría. Cultura-espectáculo, pasatista, de entretenimiento, para relleno del tiempo libre con oquedad intelectual, sin brindar a los consumidores nada bueno ni conveniente a su desarrollo integral pero sí sacando provecho económico de su aglutinamiento festivalero: una vez más la importancia de la escala independientemente del motivo y del producto.
Innumerables seres humanos aislados entre sí, alienados y uniformizados por el espectáculo que constituye esa realidad. Por más que se ponga bajo la advocación de fetiches de época como la solidaridad, la patria, el pueblo, la cultura, la identidad, la memoria… en este caso sloganes mistificados manipulados a piacere desde el gobierno de turno para obturar la emergencia de sus homónimos reales y verdaderos. |