edición personal

 

 

 

Nada de Carmen Laforet, por Carlos Chicote

1939. Barcelona. La calle Aribau. El patio mojado de la Universidad Central. La ciudad gótica que respira en las campanas de la vieja catedral. Sinfonía metálica de persianas, huyen las últimas sombras. Bosteza el menestral un buenos días cansado.

Y café de estudiantes, humo de tertulia, versos en los espejos de marcos dorados, literatura mate, que sabe a poco, que no conoce el exilio, que no ha aprendido a cruzar fronteras.

La ciudad, también, de los condes, la ciudad condal y de las batallas perdidas, dibujada en la retina virgen de la niňa Andrea, es la propia entraňa de la escritora. Al final, sí, una literatura de confesión, con sello papal (ese Nadal tan envidiado del 44) una literatura de religión primitiva, de primeras esperanzas; y una literatura, en fin, hecha por mujeres, de calidad; en esa Espaňa de posguerra que no parecía levantar cabeza.

Barcelona es el paraíso perdido de la joven Andrea; ese tiempo nunca recobrado que reseca el corazón y lo cubre de diminutos demonios. Porque ante un mundo que se consume en su propio fuego, Andrea es una reacción sensible, ingenua. Es humana porque duda, pero etérea, casi una sombra que gravita sobre las fachadas modernistas de la ciudad en ruinas.

No hay esperanza en el paisaje. En esa Barcelona miserable y resignada, triunfa el gris. Se impone esa Barcelona mezquina, ese microcosmos un poco neorrealista que es el piso de Aribau.

En ese desierto moral, donde el amor es imposible y el ser humano talla día a día los perfiles de su propia derrota, se hunden los pies de la joven Andrea.

La censura no entendió la novela. Por eso la dejó pasar. Esos cartujos de las letras eran palomos miopes y no alcanzaban según qué vuelos literarios. Luego la crítica especializada recibió unánimamente a la nueva creadora. Su éxito entre los intelectuales y el público en general fue absoluto; con varias reediciones de la novela, dos veces llevada a la pantalla y la concesión del primer premio Eugenio Nadal y más tarde el Fastenrath de la Real Academia de la Lengua.

No había duda. La postguerra literaria tenía en Carmen Laforet una nueva bandera. Nada se interpretó y reinterpretó, se le hiceron elogios desde casi todas las posiciones ideológicas. La escritora redactó artículos, dio conferencias, abrió forums sobre la novela- existencialista, tremendista, feminista o paisajista- y luego calló. Hay silencios como tempestades. Pero al final Laforet consiguió el anhelado anonimato y Nada se convertiría en una obra rara, excepcional, que uno conserva entre los volúmenes sin clasificar de su biblioteca; y en esa edición de Destino, que está perdiendo el color de sus tapas pero no la vigencia, ni la contundente afirmación de su verdad: la de esa niňa que vio el mundo con los ojos grandes y espantados.